Cientos de miles de polacos se echan a la calle para acompañar al Papa en Czestochowa

Francisco: «Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto»

Llama a la Iglesia a "escuchar, compartiendo las alegrías y las fatigas de la gente"

Francisco: "Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto"
Baño de masas del Papa en Czestochowa

"Dios se sienta a la mesa con nosotros, sueña la comunión con nosotros"

(Jesús Bastante).- «Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto«. Estas han sido las tres claves de la homilía que el Papa Francisco acaba de pronunciar en la explanada del santuario de Czestochowa. Ante la «Virgen Negra», tan venerada por san Juan Pablo II, Bergoglio ha apuntalado la misión de la Iglesia: «escuchar, comprometernos y hacernos cercanos, compartiendo las alegrías y las fatigas de la gente, de manera que se transmita el Evangelio de la manera más coherente y que produce mayor fruto: por irradiación positiva, a través de la transparencia de vida».

«Obrar en la pequeñez y acompañar de cerca, con corazón sencillo y abierto», pidió Franciso a los cientos de miles de fieles que se echaron a la calle en el primer baño de masas de este Papa en Polonia. Rodeado por la gente, el Papa se dirigió al santuario de Jasna Gora, donde se venera la imagen de la Virgen, tan querida por San Juan Pablo II. Bergoglio celebró con toda la nación polaca los 1050 años del Bautismo de Polonia. Y lo de «toda la nación», en este caso, resulta casi literal: el gentío llegaba hasta donde se perdía la vista. Toda Czestochowa estaba allí, junto al Papa Francisco.

Antes de la misa, el Papa se detuvo a visitar a las hermanas de la presentación en su convento de Cracovia, y al arzobispo emérito de Cracovia, cardenal Franciszek Macharski, que se encuentra en el hospital. Ya en Czestochowa, el Papa se detuvo a orar ante la Virgen Negra, antes de arrancar la multitudinaria celebración. El primer baño de masas de Bergoglio en Polonia, a la espera de que esta tarde se reúna, por fin, con los jóvenes, en el Campo de la Misericordia de Cracovia.

El pasaje de las bodas de Caná fue el texto evangélico elegido por Francisco para señalar el «hilo divino» que teje la historia de la Salvación. «Dios mandó a su hijo nacido de mujer, ese es el gran plan de Dios».«Cuando Dios se hizo hombre, la humanidad no estaba bien preparada, no había una edad de oro», apuntó el Papa, quien recordó cómo la venida de Dios al mundo «fue un acto de amor, de la manera más simple, como la más pequeña de las semillas que germinan y crecen».

Y es que contrariamente a lo que se esperaba, «el Reino de Dios no viene imponente, para llamar la atención, sino desde la pequeñez, desde la humildad». Un anuncio que se cumple en Caná de Galilea. «No es un gesto grandioso, ni una intervención que resuelve una cuestión política importante, como la sumisión del pueblo al dominio romano… Viene en un pequeño, en un simple milagro, que alegra a los novios de una familia anónima. El agua que se torna en vino en la fiesta es un gran signo, porque revela a un Dios que se sienta a la mesa con nosotros, que sueña la comunión con nosotros«.

 

 

Porque, señaló el Papa, «Dios no mantiene las distancias, es un Dios cercano y concreto, sin decidir nuestro puesto y sin ocuparse de cuestiones de poder«. «Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto». Pequeño, porque es a los pequeños a los que se les revela el Reino de Dios. «Ellos son considerados grandes a sus ojos. Se oponen a la soberbia de la vida, que viene del mundo. Los pequeños hablan su misma lengua, el amor humilde, que es libre. Dios llama a personas simples, disponibles, a ser sus portavoces».

«Pensemos en tantos hijos e hijas de vuestro pueblo. Hay mártires que han hecho resplandecer la fuerza del Evangelio», subrayó Bergoglio, quien agradeció «a las personas simples, pero extraordinarias, que han sabido testimoniar el amor de Dios en las grandes pruebas».

 

«Del mismo modo, Dios es cercano, y su reino está cerca. El Señor no quiere venir al mundo como un soberano potente y distante, no quiere estar en un trono con un libro de historia, sino que ama entrar en nuestro día a día, y caminar con nosotros», añadió el Papa, quien recordó «el don de un milenio abundante de fe, es bello agradecer a Dios, que ha caminado con vuestro pueblo, tomándolo por la mano, como un papá al niño, y acompañándolo en tantas situaciones».

«Como Iglesia estamos llamados siempre a escuchar, a envolver, a estar cerca de las fatigas de la gente, para que el Evangelio sea más coherente y dé mayor fruto, a través de la transparencia de la vida», recordó.

Finalmente, «Dios es concreto». De la lectura de hoy emerge que todo lo que hace Dios es concreto. La sabiduría divina obra como artífice…el Verbo se hace carne, nace de una madre, y nos hace partícipes de una fiesta. «Con personas y situaciones concretas, aunque vuestra historia, empastada de Evangelio, cruz y fidelidad a la Iglesia, transmitida de familia en familia, de padres a hijos y sobre todo de las madres y las abuelas...», apuntó el Papa, y la multitud prorrumpió en una larga ovación.

Texto de la homilía

Las lecturas de esta liturgia muestran un hilo divino, que pasa por la historia humana y teje la historia de la salvación.
El apóstol Pablo nos habla del gran diseño de Dios: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Ga 4,4). Sin embargo, la historia nos dice que cuando llegó esta «plenitud del tiempo», cuando Dios se hizo hombre, la humanidad no estaba tan bien preparada, y ni siquiera había un período de estabilidad y de paz: no había una «edad de oro». Por lo tanto, la escena de este mundo no ha merecido la venida de Dios, más bien, «los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). La plenitud del tiempo ha sido un don de gracia: Dios ha llenado nuestro tiempo con la abundancia de su misericordia, por puro amor ha inaugurado la plenitud del tiempo.
Sorprende sobre todo cómo se realiza la venida de Dios en la historia: «nacido de mujer». Ningún ingreso triunfal, ninguna manifestación grandiosa del Omnipotente: él no se muestra como un sol deslumbrante, sino que entra en el mundo en el modo más sencillo, como un niño dado a luz por su madre, con ese estilo que nos habla la Escritura: como la lluvia cae sobre la tierra (cf. Is 55,10), como la más pequeña de las semillas que brota y crece (cf. Mc 4,31-32). Así, contrariamente a lo que cabría esperar y quizás desearíamos, el Reino de Dios, ahora como entonces, «no viene con ostentación» (Lc 17,20), sino en la pequeñez, en la humildad.
El Evangelio de hoy retoma este hilo divino que atraviesa delicadamente la historia: desde la plenitud del tiempo pasamos al «tercer día» del ministerio de Jesús (cf. Jn 2,1) y al anuncio del «ahora» de la salvación (cf. v. 4). El tiempo se contrae, y la manifestación de Dios acontece siempre en la pequeñez. Así sucede en «el primero de los signos cumplidos por Jesús» (v. 11) en Caná de Galilea. No ha sido un gesto asombroso realizado ante la multitud, ni siquiera una intervención que resuelve una cuestión política apremiante, como el sometimiento del pueblo al dominio romano. Se produce más bien un milagro sencillo en un pequeño pueblo, que alegra las nupcias de una joven familia, totalmente anónima. Sin embargo, el agua trasformada en vino en la fiesta de la boda es un gran signo, porque nos revela el rostro esponsalicio de Dios, de un Dios que se sienta a la mesa con nosotros, que sueña y establece comunión con nosotros. Nos dice que el Señor no mantiene las distancias, sino que es cercano y concreto, que está en medio de nosotros y cuida de nosotros, sin decidir por nosotros y sin ocuparse de cuestiones de poder. Prefiere instalarse en lo pequeño, al contrario del hombre, que tiende a querer algo cada vez más grande. Ser atraídos por el poder, por la grandeza y por la visibilidad es algo trágicamente humano, y es una gran tentación que busca infiltrarse por doquier; en cambio, donarse a los demás, cancelando distancias, viviendo en la pequeñez y colmando concretamente la cotidianidad, esto es exquisitamente divino.
Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto. Ante todo, Dios se hace pequeño. El Señor, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), prefiere a los pequeños, a los que se ha revelado el Reino de Dios (Mt 11,25); estos son grandes ante sus ojos, y a ellos dirige su mirada (cf. Is 66,2). Los prefiere porque se oponen a la «soberbia de la vida», que procede del mundo (cf. 1 Jn 2,16). Los pequeños hablan su mismo idioma: el amor humilde que hace libres. Por eso llama a personas sencillas y disponibles para ser sus portavoces, y les confía la revelación de su nombre y los secretos de su corazón. Pensemos en tantos hijos e hijas de vuestro pueblo: en los mártires, que han hecho resplandecer la fuerza inerme del Evangelio; en las personas sencillas y también extraordinarias que han sabido dar testimonio
del amor del Señor en medio de grandes pruebas; en los anunciadores mansos y fuertes de la misericordia, como san Juan Pablo II y santa Faustina. A través de estos «canales» de su amor, el Señor ha hecho llegar dones inestimables a toda la Iglesia y a toda la humanidad. Y es significativo que este aniversario del Bautismo de vuestro pueblo coincida precisamente con el Jubileo de la Misericordia.
Además, Dios es cercano, su Reino está cerca (cf. Mc 1,15): el Señor no desea que lo teman como a un soberano poderoso y distante, no quiere quedarse en un trono en el cielo o en los libros de historia, sino que quiere sumirse en nuestros avatares de cada día para caminar con nosotros. Pensando en el don de un milenio abundante de fe, es bello sobre todo agradecer a Dios, que ha caminado con vuestro pueblo, llevándolo de la mano y acompañándolo en tantas situaciones. Es lo que siempre estamos llamados a hacer, también como Iglesia: escuchar, comprometernos y hacernos cercanos, compartiendo las alegrías y las fatigas de la gente, de manera que se transmita el Evangelio de la manera más coherente y que produce mayor fruto: por irradiación positiva, a través de la transparencia de vida.
Por último, Dios es concreto. De las Lecturas de hoy se desprende que todo es concreto en el actuar de Dios: la Sabiduría divina «obra como artífice» y «juega» con el mundo (cf. Pr 8,30); el Verbo se hace carne, nace de una madre, nace bajo la ley (cf. Ga 4,4), tiene amigos y participa en una fiesta: el eterno se comunica pasando el tiempo con personas y en situaciones concretas. También vuestra historia, impregnada de Evangelio, cruz y fidelidad a la Iglesia, ha visto el contagio positivo de una fe genuina, trasmitida de familia en familia, de padre a hijo, y sobre todo de las madres y de las abuelas, a quienes hay mucho que agradecer. De modo particular, habéis podido experimentar en carne propia la ternura concreta y providente de la Madre de todos, a quien he venido aquí a venerar como peregrino, y a quien hemos saludado en el Salmo como «honor de nuestro pueblo» (Jdt 15,9).
Aquí reunidos, volvemos los ojos a ella. En María encontramos la plena correlación con el Señor: al hilo divino se entrelaza así en la historia un «hilo mariano». Si hay alguna gloria humana, algún mérito nuestro en la plenitud del tiempo, es ella: es ella ese espacio, preservado del mal, en el cual Dios se ha reflejado; es ella la escala que Dios ha recorrido para bajar hasta nosotros y hacerse cercano y concreto; es ella el signo más claro de la plenitud de los tiempos.
En la vida de María admiramos esa pequeñez amada por Dios, que «ha mirado la sencillez de su esclava» y «enaltece a los humildes» (Lc 1,48.52). Él se complació tanto de María, que se dejó tejer la carne por ella, de modo que la Virgen se convirtió en Madre de Dios, como proclama un himno muy antiguo, que cantáis desde hace siglos. Que ella os siga indicando la vía a vosotros, que de modo ininterrumpido os dirigís a ella, viniendo a esta capital espiritual del país, y os ayude a tejer en la vida la trama humilde y sencilla del Evangelio.
En Caná, como aquí en Jasna Góra, María nos ofrece su cercanía, y nos ayuda a descubrir lo que falta a la plenitud de la vida. Ahora como entonces, lo hace con cuidado de Madre, con la presencia y el buen consejo; enseñándonos a evitar decisionismos y murmuraciones en nuestras comunidades. Como Madre de familia, nos quiere proteger a todos juntos. En su camino, vuestro pueblo ha superado en la unidad muchos momentos duros. Que la Madre, firme al pie de la cruz y perseverante en la oración con los discípulos en espera del Espíritu Santo, infunda el deseo de ir más allá de los errores y las heridas del pasado, y de crear comunión con todos, sin ceder jamás a la tentación de aislarse e imponerse.
La Virgen demostró en Caná mucha concreción: es una Madre que toma en serio los problemas e interviene, que sabe detectar los momentos difíciles y solventarlos con discreción, eficacia y determinación. No es dueña ni protagonista, sino Madre y sierva. Pidamos la gracia de hacer nuestra su sencillez, su fantasía en servir al necesitado, la belleza de dar la vida por los demás, sin preferencias ni distinciones. Que ella, causa de nuestra
alegría, que lleva la paz en medio de la abundancia del pecado y de los sobresaltos de la historia, nos alcance la sobreabundancia del Espíritu, para ser siervos buenos y fieles.
Que, por su intercesión, la plenitud del tiempo nos renueve también a nosotros. De poco sirve el paso entre el antes y el después de Cristo, si permanece sólo como una fecha en los anales de la historia. Que pueda cumplirse, para todos y para cada uno, un paso interior, una Pascua del corazón hacia el estilo divino encarnado por María: obrar en la pequeñez y acompañar de cerca, con corazón sencillo y abierto.

 

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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