El Papa preside la Vigilia Pascual animando a "resucitar nuestra esperanza y creatividad"

Francisco: «Celebrar la Pascua es volver a creer que Dios irrumpe en nuestras historias, desafiándonos»

"¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?"

Francisco: "Celebrar la Pascua es volver a creer que Dios irrumpe en nuestras historias, desafiándonos"
El Papa preside la Vigilia Pascual animando a "resucitar nuestra esperanza y creatividad" Osservatore Romano

Francisco bautizó a 8 adultos, 3 mujeres y 5 hombres, de edades comprendidas entre 28 y 52 años: 4 italianos, un albanés, un nigeriano, un estadounidense y un peruano

(Jesús Bastante).- Silencio, grito, vida. «¡No está aquí! ¡Ha resucitado!«. Las palabras del Papa en una breve pero intensa homilía sirvieron de pórtico para que de la Vigilia Pascual en la basílica de San Pedro surgiera, na vez más, entre las velas encendidas, el tañido de las campanas, las miradas cómplices…. que Jesús vive, que vence a la muerte, que la salvación es posible en los ojos de quien se atreve a creer… y a comprometerse. «¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?«, preguntó el Pontífice.

La liturgia de esta noche es una de las más bellas e intensas de todo el calendario. Comienza afuera, en plena oscuridad. La procesión se va iluminando con la luz que surge del cirio pascual. Después, la liturgia de la Palabra, y posteriormente la del Bautismo, en la que Francisco bautizó a 8 adultos, 3 mujeres y 5 hombres, de edades comprendidas entre 28 y 52 años: 4 italianos, un albanés, un nigeriano, un estadounidense y un peruano.

En su homilía, Bergoglio destacó el silencio de los discípulos, «enmudecidos frente al dolor que genera la muerte de Jesús». Una situación en la que los amigos de Cristo «se quedan sin palabras», de una manera cruel. «Frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron».

 

 

 

«Durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de «jugársela» y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron», recordó el Papa. Discípulos, también hoy, «entumecidos y paralizados, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean». Y, lo que es peor, creyendo «que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos».

«Y en medio de nuestros silencios -prosiguió Bergoglio-, cuando callamos tan contundentemente, entonces las piedras empiezan a gritar, y a dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: «No está aquí, ha resucitado»».

La piedra gritó, porque «fue la creación la primera en hacerse eco del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del evangelio». Tabién las mujeres, que contemplaron la tumba vacía y al ángel pidiendo: «No tengáis miedo… ha resucitado».

 

 

«Palabras que quieren tocar nuestras convicciones y certezas más hondas, nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás», destacó el Pontífice, quien señaló que el sepulcro vacío «quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia».

Jesús resucitó, y esa «es la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad».

«¡No está aquí…ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad», explicó Francisco. Un anuncio actual, hoy que «Él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos».

 

 

Y es que, recalcó el Papa, «celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos». Es «dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza».

Y, también, una invitación, «a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la «cuota de poder» que poseemos. ¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?».

 

 

 

 

Homilía del Papa:

 

Esta celebración la hemos comenzado fuera… inmersos en la oscuridad de la noche y en el frío que la acompaña. Sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que
cada uno de nosotros puede reconocerse y cala hondo en las hendiduras del corazón del discípulo que ante la cruz se queda sin palabras.
Son las horas del discípulo enmudecido frente al dolor que genera la muerte de Jesús: ¿Qué decir ante tal situación? El discípulo que se queda sin palabras al tomar conciencia de sus reacciones durante las horas cruciales en la vida del Señor: frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron. Durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de «jugársela» y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron (cfr. Jn 18,25-27).
Es la noche del silencio del discípulo que se encuentra entumecido y paralizado, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean. Es el discípulo de hoy, enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos.
Es el discípulo atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al «siempre se hizo así». Es el discípulo enmudecido que, abrumado, termina «normalizando» y acostumbrándose a la expresión de Caifás: «¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no perezca la nación entera?» (Jn 11,50).

 

Y en medio de nuestros silencios, cuando callamos tan contundentemente, entonces las piedras empiezan a gritar (cf. Lc 19,40)[1] y a dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: «No está aquí ha resucitado» (Mt 28,6). La piedra del sepulcro gritó y en su grito anunció para todos un nuevo camino. Fue la creación la primera en hacerse eco del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del evangelio. Fue la piedra del sepulcro la primera en saltar y a su manera entonar un canto de alabanza y admiración, de alegría y de esperanza al que todos somos invitados a tomar parte.
Y si ayer, con las mujeres contemplábamos «al que traspasaron» (Jn 19,36; cf. Za 12,10); hoy con ellas somos invitados a contemplar la tumba vacía y a escuchar las palabras del ángel: «no tengan miedo… ha resucitado» (Mt 28,5-6). Palabras que quieren tocar nuestras convicciones y certezas más hondas, nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás. La tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia. Resucitó de la muerte, resucitó del lugar del que nadie esperaba nada y nos espera -al igual que a las mujeres- para hacernos tomar parte de su obra salvadora.

 

 

Este es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad. ¡No está aquí…ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad. ¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio! Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos.
Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza.
La piedra del sepulcro tomó parte, las mujeres del evangelio tomaron parte, ahora la invitación va dirigida una vez más a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la «cuota de poder» que poseemos. ¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?
¡No está aquí ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: No tengas miedo, sígueme.
_________________________
[1] «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

 

 

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído