José Tomás se consagra en Barcelona y derrota a los antitaurinos

José Tomás se consagra en Barcelona y derrota a los antitaurinos

(PD).- La Fiesta de los toros no morirá nunca en Cataluña mientras haya toreros como José Tomás. Cuando se cumplían trece meses justos desde que electrizara el impávido coso de Las Ventas con dos faenas memorables, José Tomás agrandó ayer en la Ciudad Condal la leyenda que se teje cada tarde en torno a su figura.

Habría que remontarse muchas décadas atrás, tal vez a la época de Manolete, para encontrar un fenómeno taurino y social parecido, capaz de arrastrar multitudes, levantar pasiones y provocar encendidos debates, sin limitación de fronteras.

A diferencia del resto del escalafón él no necesita competir con El Juli, Ponce o Perera, él marca su propio ritmo, sus retos y sus tiempos.

José Tomás trasciende los alberos y emerge como un poderoso monarca llamado a capitanear la reivindicación y defensa de la fiesta de los toros. Sin él, sin su muleta prodigiosa y su verticalidad de vértigo, los activos enemigos de estos festejos ganarían terreno.

La fascinación que emana su figura no cesa de crecer entre gentes de todo tipo, edad y condición, alimentada por decenas de libros, documentales televisivos y caudales inagotables de tinta. La gran expectación que levantó su corrida de ayer, con reventa de entradas que alcanzaron precios inverosímiles, resume nítidamente las dimensiones del fenómeno.

José Tomás, en suma, es hoy un mito viviente en torno al cual se teje la supervivencia de la cultura taurina. No es casual que haya elegido la Monumental de Barcelona para encerrarse con seis toros.

A pesar de que la capital catalana posee una larga y relevante tradición taurina, de la que se nutrieron artistas como Picasso, existe en Cataluña un movimiento antitaurino alentado por independentistas, radicales de izquierdas y ecologistas, que consideran la Fiesta como una expresión «española» contraria a la identidad catalana.

La inconsistencia de esta campaña, ofensiva al sentido común además de a la historia, parece encajar muy bien con la demagogia de algunos políticos, que echan la caña allí donde olfatean votos fáciles. De ahí que persigan convertir Cataluña en «zona libre de toros» por imperativo legal, con lo cual los miles de aficionados catalanes tendrían que viajar a las múltiples plazas de Francia o a Madrid para cultivar su pasión.

No obstante, cabe esperar que el buen sentido de la sociedad catalana frene a los demagogos y oportunistas. Cuenta, sin duda, con el argumentario irrebatible de José Tomás. Naturalmente, hay muchas pesonas, algunas de gran talla intelectual y moral, que critican con energía las tradiciones taurinas por considerarlas crueles e indignas de una sociedad avanzada.

Y no cabe duda de que, en efecto, entre los miles y miles de festejos que en casi todos los pueblos tienen al toro como protagonista hay algunos que deberían erradicarse porque repugnan al sentido común y desprestigian a quienes los mantienen.

Pero son los menos, una ínfima minoría. Los buenos y auténticos defensores de la Fiesta son los primeros en velar porque no se desvirtúe con espectáculos bochornosos e inaceptables, carentes del más elemental respeto al animal.

El mundo del toro y la industria que gira en torno a él emplean a doscientos mil trabajadores, mueven miles de millones de euros, aprovechan cientos de miles de hectáreas en dehesas, contribuyen decisivamente a la supervivencia del toro bravo y mueven a más espectadores que cualquier otro espectáculo, sólo superado por el fútbol.

Nada de todo esto sería posible si no estuvieran incardinados en la tradición tras superar toda suerte de obstáculos, desde prohibiciones eclesiásticas y aun papales, hasta persecución gubernativa. Hay muchas razones que explican la hondura de esta raigambre popular, pero tal vez la más verídica sean los muletazos, lentos como siglos, de José Tomás.

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