Los toros no son algo ajeno a Cataluña

Enrique Ponce y Serafín Marín abren la puerta grande en la Monumental

Enrique Ponce y Serafín Marín abren la puerta grande en la Monumental
Enrique Ponce y Serafín Marín. EFE

Enrique Ponce y Serafín Marín a hombros hasta la Gran Vía barcelonesa en otra tarde, que Angel González Abad define en ABC de «desesperanza».

Las siete mil almas que se dieron cita en la Monumental catalana clamaron por el milagro de la libertad cuando en el ruedo habían vivido el rito y el milagro del toreo.

«¡Al cielo con ellos!» y el valenciano y el catalán, como dos pasos en la penitencia que viven desde hace años los aficionados de esta tierra, a hombros. Gloria para los toreros y una sombra más en este rosario de libertades cercenadas.

Y es que este 17 de julio de 2011 un torero catalán volvió a recordar a ese nacionalismo oficial de moqueta y escaño que los toros no son algo ajeno a su Cataluña feliz.

Y el espigado mozo demostró que por su venas corre sangre brava. Sustituía al lesionado Cayetano y salió dispuesto a todo.

Espléndido con el capote toda la tarde, con el tercero montó un alboroto de los grandes. Con la muleta en la derecha templó y se gustó ante un público que agradecía la entrega.

Dos trofeos se llevó también Ponce del cuarto. Con el que abrió plaza había pasado sin pena ni gloria y no quiso irse de vacío.

El cuarto, el más aparente de la muy pobre corrida de Juan Pedro Domecq, le permitió gustarse en un prometedor comienzo de faena. Muy despacio toreó con la derecha, aunque a algún espectador le pareció que le faltaba ajuste.

La increpación espoleó al torero, que sacó raza, se metió con el toro y cuajó momentos de gran vibración. Torerísimo Ponce, entregado, cruzado siempre, desafiante ante los pitones, convenció a todos. La faena tuvo el mérito de ir ganando en intensidad y con el público totalmente entregado, tras un pinchazo y una estocada, le pidieron con fuerza las dos orejas.

El tercer hombre, Morante, no tuvo un lote propicio. Lo intentó con los dos y dejó pinceladas de su personalidad que los aficionados saborearon.

Así, mientras Ponce y Serafín Marín acariciaban el cielo de esa anhelada Barcelona taurina y libre, también quedaba la sombra de una corrida muy pobre de presentación. En esta cruzada no todo vale, y menos utilizar la lucha por la Fiesta como un coladero. «¡Al cielo con ellos!», toreros.

 

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