Uan jornada de toreo grande y plena comunión artística

Tarde genial de Morante y magistral de Manzanares en el Puerto

Tarde genial de Morante y magistral de Manzanares en el Puerto
Morante y Manzanares a hombros. EP

El viernes 5 de agosto de 2011, Ponce y El Cid se la jugaron frente a una imponentísima corrida de Torrestrella en la que solo el tercer toro resultó bravo y noble, propiciando al de Salteras la faena más inspirada de su vida.

El valenciano dio una magistral y valentísima exhibición de técnica y poderío. Este festejo nocturno, celebrado el viernes 5, fue un emotivo homenaje a don Fermín Bohórquez Escribano, finalmente sacado a hombros por su propio hijo que triunfó con segundo toro de la ganadería familiar.

Y a hombros Morante y Manzanares en su apasionante mano a mano de ayer sábado con una buena corrida de Núñez del Cuvillo.

La primera de estas dos corridas se celebró a partir de las 11 de la noche de anteayer y apenas atrajo público, quizá por lo reacio a esta clase de espectáculos mixtos celebrados a una hora tan intempestiva. Ni los que estuvimos presentes podíamos imaginar que un festejo planteado cual acontecimiento festivalero, iba a consistir en un tremendo y a la postre dificilísimo compromiso para los dos matadores actuantes. Ambos lo afrontaron con un espectacular derroche de entrega e incondicional valor que se tradujo en tres importantes faenas, dos de ellas memorables.

De su primer toro, El Cid cortó una rácana oreja, y al sexto ninguna por pinchar tras otro trasteo de singular emotividad por llevarlo a cabo tras sufrir una espeluznante cogida.

E impresionante faena de Enrique Ponce frente al quinto, uno de esos toros que solamente él es capaz de someter y luego torear por enrevesadamente descompuesto tras una lidia ejemplar que llevó a cabo el propio matador hasta llegar el tercio de banderillas, momento en que el toro empezó a ponerse imposible.

Ver a Ponce hacer lo que hizo ante tan pocos testigos fue algo insólito porque, lo normal, hubiera sido aliñar a la fiera sin ninguna contemplación. Nadie se hubiera atrevido a reprochárselo.

Los testigos del portento muletero de Ponce, extasiados, agradecidos, rendidos a lo que estaba llevando a cabo, no tomaron en cuenta para pedir trofeos que la estocada con que mató a un animal que, en ese momento, se había rajado aculado a tablas por sometido y vencido, resultara tan defectuosa aunque eficaz.

La presidencia se agarró a la colocación de la estocada y resistió la prolongada petición de trofeos para, finalmente, negarse a conceder una oreja que, si se hubiera otorgado, hubiera sido una de las más valiosas entre las muchas que este gran torero ha conseguido en su larga vida profesional. De ahí el broncazo que siguió tras la vuelta al ruedo que dio Ponce, sencillamente orgulloso de lo que acababa de hacer.

Por lo que respecta a El Cid, que llegó a El Puerto en un helicóptero desde Huelva en donde había actuado por la tarde, su jornada portuense también resultó memorable. Y es que como le veníamos viendo últimamente algo alicaído, resultó reconfortante verle tan inspirado, encajado, creativo y torerísimo mientras duró la que, posiblemente, haya sido la faena más bella que ha llevado a cabo en toda su vida. Pero es que, a este particular renacimiento del sevillano de Salteras, sucedió otra faena en la que El Cid sacó fuerza de flaquezas tras la terrible cogida que sufrió en el recibo de capa a otro marrajo que, desde que salió, se comportó alocadamente. Forzosamente desigual resultó el trasteo que finalizó con una gran tanda por el lado derecho y, desgraciadamente, con tres pinchazos previos a la que fue la estocada de la noche.

En la parte ecuestre, también hubo emoción de carácter familiar por cuanto bueno hizo Fermín Bohórquez hijo sobre sus maravillosos corceles en honor de su padre al que sacó de la plaza sobre sus hombros, después de que, tanto los matadores de a pie como las autoridades de la ciudad, de la empresa, y los presentes, le rindiéramos el merecido homenaje.

Y al día siguiente, con la plaza a rebosar – gentes de todas partes habían elegido el mano a mano entre Morante y Manzanares como una de las grandes citas de la temporada tras el grandioso triunfo del alicantino en Sevilla – el festejo tardó 15 minutos en comenzar en medio de la consiguiente impaciencia del público.

Y tanto desasosiego, para mal empezar el duelo porque Morante tuvo que contentarse con pegar cuatro y media verónicas de las suyas y, después, abreviar porque el primer toro de Núñez del Cuvillo, bien presentado, como sus demás hermanos, y noble pero muy débil, quedó con los viajes muy cortos y echando la cara arriba. Finiquitó con medio espadazo en los bajos y varios descabellos. Primeros pitos para el gran artista. Menos mal que los gitanos apuestan por los malos principios.

Despegado veroniqueó Morante al suelto tercero. Empezó acelerado la faena por bajo. Y, acto seguido, ya atemperado al natural. Excelente toro. Redondos sedosos y un cambio de mano sensacional.

Más naturales y trincheras de cartel. De nuevo acelerado y atropellado, no soltó la muleta para el de pecho y volvió a acelerarse con la zurda, arreglándolo con preciosos remates. Faena muy desigual. Algo por bajo del toro, pues. Pinchazo y estocada. Dos orejas excesivas. Y vuelta para el toro.

Réplica por chicuelinas a las de Manzanares en el quinto que banderillearon los dos. Lo nunca visto. Mejor Morante. Pero juguetearon con el toro y el de La Puebla casi resultó herido. Pese al percance, Morante continuó en la arena y pidió una silla para empezar la faena sentado.

La genialidad encantó al respetable. Y más su faena con la silla al lado primero y fue materialmente bordada después.

Manzanares bregó al segundo con precisión. Alegre en el caballo, esperó a que el toro se fijara y, sin que le importaran los amagos de caída, lo templó con la derecha con el rango que le honra. Fórmula infalible. Y lo mismo al natural en toda su inmensidad. Adrede pausada la obra, como no le sirvió del todo la estrategia, decidió entrar a matar, esta vez a volapié. Primera oreja de la tarde.

Manso el tercero, costó lidiarlo. Y sujetarlo. Manzanares lo consiguió con preciosas chicuelinas, una media y otra genuflexo arrebatada.

Cumbre Curro Javier en palos. Manzanares tuvo que hacer al toro antes de explayarse por completo y colosal con la derecha aunque el toro quiso irse siempre sin lograrlo. El delirio del gentío junto al pasodoble «Suspiros de España» nos puso lo bellos de punta.

Toreo eterno, catedralicio e imperial. Y sin una sola concesión a la galería. Y otra estocada recibiendo para la historia. Pero tuvo que descabellar. Segunda oreja de verdad.

 

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