Gorriarán contesta a Suso de Toro

(PD).- Suso de Toro es el lamedor oficial de La Moncloa. En un reciente artículo en El País, el escritor gallego criticaba el «nacionalismo madrileño», y lo asimilaba al resto de nacionalismos periféricos. Carlos Martínez Gorriarán, voz destacada de UPyD contesta al hagiógrafo de Zapatero.

Recogemos a continuación el texto que publica en su blog.

Es un tema rancio, pero las musas y musos del zapaterismo lo están resucitando: el nacionalismo madrileño, viejo esqueleto del museo imaginario de fantasmas patrios. Se refería a la cosa Suso de Toro hace nada, e incluso alguien tan apartado de eso como Rajoy despachaba a Esperanza Aguirre el otro día hablando de los que confunden España con 25 señores de Madrid. Como lo dijo en Elche, tuvo aplauso entusiasta. En efecto, en la España periférica todo sarcasmo contra “Madrid” lo tiene asegurado (debate de ideas, ya se sabe).

Pero vayamos a la tesis de Suso y las otras musas del mester de progresía (que no progresismo): en Madrid hay un nacionalismo peculiar y poderoso que sólo cabría entender como negación de la España plural y cosas semejantes. Lo demuestran el éxito electoral del PP o la irrupción de UPyD (ahora resulta que sólo somos un partido madrileño, hay que vivir para ver). Naturalmente, lo que aletea al fondo de este florigeo, dolido por tanta incomprensión de las maravillas políticas y culturales de la periferia, es la crítica al nacionalismo. O algo más: la indiferencia hacia o por el nacionalismo, si uno se molesta en conocer la sociedad de Madrid, que poco tiene que ver con el establishment de “Madrid” (ese sí filonacionalista, por sus negocietes). Para decirlo sencillo: a la mayor parte de la gente de Madrid los nacionalismos se la sudan, se la soplan, se la refanfinflan. Los encuentran ridículos, insoportables o peligrosos. Y tienen razón, son esas tres cosas.

La razón básica de esta elogiable indiferencia es que en Madrid, precisamente aquí -esto está escrito en Madrid, donde uno es semiresidente-, vive gente de todas las procedencias imaginables, nacidas en el seno de familias que a la vez combinan todas las procedencias enunciables de la España cañí y sus archipiélagos más plazas africanas. El hecho de tener un abuelo o abuela de cada esquina de la piel de toro lleva a relativizar como pocas experiencias la supuesta importancia determinante de los “hechos diferenciales” que separarían Galicia de Murcia o Cataluña de Extremadura. Tener un par de apellidos vascos en la orgullosa ristra de los mismos que vamos acumulando generación tras generación es una magnífica vacuna para darse cuenta de hasta qué punto patinaba y deliraba Sabino Arana (según un estudio que ahora no consigo localizar, nada menos que un 20% de los españoles tienen al menos un apellido vasco; para completar la cosa, el 80% de los vascos tenemos alguno de otras partes de España…) Y así. Pero, con 48 años de mili vasca y un buen montón de viajes por los hispánicos andurriales, puedo dar fe de que en ninguna parte como en Madrid los delirios identitarios indispensables para el nacionalismo son acogidos con tanto sano sarcasmo, incomprensión preocupada o profunda indiferencia. Madrid es nuestro Nueva York, el melting pot de la España real. Casi nada.

Hablar por tanto de nacionalismo madrileño es un oxímoron tan estirado como hacerlo de capitalismo socialista o vegetarianismo carnívoro. La condición mezclada de la sociedad de Madrid no impide que muchos de sus habitantes suspiren por vivir en otra parte debido al estrés, el tráfico infame o el calorazo del estío, y de que la mayoría huya en masa lo más lejos posible en cada puente, si puede permitírselo. Es, también, una prueba añadida -me lo van a contar a mi, que conozco abertzales de Eibar que veranean en Zarauz: 10 minutos de autopista- de que el “nacionalismo madrileño” no es otra cosa que la proyección calenturienta de quien vive ceñido al viejo principio: cree el fraile que todos son de su aire.

Lo incomprensible para los nacionalismos periféricos es que un Estado tan descentralizado como éste haya catapultado a Madrid a cotas de poderío, influencia y atractivo que nunca tuvo desde Felipe II. No comprenden, precisamente, que el secreto de la prosperidad madrileña es el escaso peso y el casi nulo aprecio por el nacionalismo que, en cambio, ha hundido Barcelona en la aridez y precipitado a andaluces, gallegos y tantos otros a reconcentradas y ridículas cogitaciones identitarias, cuando no en la violencia y el destrozo de la convivencia social que arruina moral y políticamente a la sociedad vasca. Esta diferencia, por cierto, hace Madrid adorable a tantos y tantos “refugiados” de la periferia, pese al estrés, el tráfico infame y el calorazo del estío. Me lo dijo hace nada un vecino donostiarra con el que me encontré en un tren: -Yo voy a Madrid cada quince días por lo menos, me dijo -¿Por cosas de trabajo?, pregunté -No, para respirar, para cosas como hablar con perfectos desconocidos en la terraza de un bar sin temer que estés hablando de algo peligroso con el tipo equivocado.

En fin, que llaman “nacionalismo madrileño” a algo tan simple como admirable: la vida corriente en un clima social de libertad que sólo proporciona una ciudad abierta (y mejor si es una ciudad grande). Ya lo enunciaba un dicho medieval alemán: el aire de la ciudad te hace libre. Aunque demasiadas veces sea un aire reseco, recalentado y ruidoso, pero ¿quién dice que la libertad no tenga siempre un precio?

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído