Hablamos tan mal como lo hace la televisión

(PD).- La pantalla de televisión pastorea hipnóticamente nuestras videomentes mientras algo pasado por el microondas nos satura el cuerpo de calorías. Dicho de otro modo: acabamos hablando como se habla en la televisión.

Escribe Valentí Puig en ABC que ahora decimos «!Excusez-moi!», por ejemplo, porque lo dice Jesús Quesada, el gamberro-estrella de la magnífica serie de humor «Cámara café». Es un «Excusez-moi» pronunciado marcando las sílabas y en francés macarrónico: sirve para disculparse cuando en realidad estamos replicando a la susceptibilidad excesiva de alguien. Le pedimos perdón así porque no vale la pena pedirlo de otro modo.

Tantas frases y expresiones recibimos de series y anuncios, de programas de éxito, de Tip y Coll a Chiquito de la Calzada, de «Un millón para el mejor» a «Había una vez un circo». La tonada de «Vamos a la cama» marcó la divisoria entre el día y la noche para cientos de miles de españoles que ahora miran la NBA hasta la madrugada.

Triunfan hoy series que los sociólogos identifican con la época zapaterista, con el contacto ocular de nuevos contravalores. Responden falsamente a la vida real, a un mundo de vecinos sin vida privada, de jóvenes sin roles a imitar, de desprestigio de la idea de esfuerzo y de cenar de tapas si es que se cena.

Los verdaderos intelectuales orgánicos del zapaterismo son los guionistas de algunas series, mientras los intelectuales orgánicos de la derecha siguen empeñados contra la Institución Libre de Enseñanza como fábrica de valores negativos, como si no fuese parte del patrimonio colectivo de 1978. Hay quien busca las fuentes intelectivas del zapaterismo sin percatarse de que la masa encefálica de la nueva ruptura es un puñado de actores en busca de subvención.

Zapatero sabe que la magia catódica convoca a la tribu electrónicamente y le pasa la mano por la espalda como los terapeutas que tutean a los ancianos y les masajean el hombro en un clímax de lenguaje corporal.

El medio es la metáfora y el zapaterismo es el mensaje. La televisión del zapaterismo nos mira y gusta de lo que quiere ver: no es el «Gran Hermano» de Orwell. No, «Excusez muá». Interactuamos por zapeo con el escáner televisivo, le rendimos tributos durante largas horas, nos dejamos seducir, entregamos nuestra intimidad en el «life show» y acabamos hablando como Aída.

Cuando en los Estados Unidos había poca matrícula en las facultades de Medicina, Washington sugería a Hollywood que produjera series como el «Doctor Kildare» o «Marcus Welby, médico de cabecera». Daba para varias promociones universitarias de doctores dispuestos a curar las enfermedades de la humanidad. La imagen mediática de una profesión calibra su estatus en la sociedad, hasta el punto de que una serie de televisión prestigia o desprestigia -por ejemplo- el rol de las enfermeras de hospitales.

Al ver la televisión inducida tan hábilmente por los brujos del zapaterismo, uno se pregunta cuáles son las profesiones o actividades humanas que se quiere aureolar y no hay fácil respuesta. En general, sus personajes viven de trapicheos, de un cierto parasitismo, con escasa vida privada, carentes de ambición e incentivo, con una extremada promiscuidad en la que los valores de la familia y del rol paterno alcanzan el grado cero. Un padre con autoridad resulta ser un facha. Eso queda en la retina del telespectador como las tablas del monte Sinaí.

No existía la televisión cuando Albert Camus dijo que un país vale lo que vale su prensa. Aunque el sistema educativo no daba cobertura universal, el lenguaje público no era tan vulgar ni tan inarticulado.

Cierto: la trivialización no es un delito, y a quien no le guste un programa de televisión sólo tiene que pulsar el mando, pero la resonancia de lo trivial-cutre asalta cualquier frontera. Los haces electrónicos propagan maneras de conocer sin vínculo con la realidad. Para eso estamos.

Como dicen los teóricos de la cosa, la televisión prefiere la repetición al análisis, y los mitos a los hechos. En procesos semejantes se niega la crisis económica o se propugna una Alianza de Civilizaciones.

Ya no se trata de generar opinión: basta con considerar opinión pública lo que hablan dos descerebrados en la barra del bar de la esquina. Ya es de hace tiempo el réquiem por la mente tipográfica. Descanse en paz.

VÍA ABC

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