¿Entierra internet a los periódicos impresos?

¿Entierra internet a los periódicos impresos?

(PD).- En todos los sitios cuecen habas. Como casi todo, en España todavóa no se nota el impacto en toda su crudeza, pero a la vista de lo que ocurre en Estados Unidos, algunos tendrían que poner ya las barbas a remojar.

Los periódicos impresos norteamericanos han perdido el 42% de su valor de mercado en los últimos tres años. Websites como Craiglist y eBay ya dominan los anuncios por palabras. ¿Hay otras amenazas más grandes y en la sombra?… Si.

Tras varias experiencias fugaces, no fue hasta 1721 cuando James Franklin (hermano mayor de Benjamin) lanzó el New England Courant, que hoy podría ser reconocido como un verdadero periódico. Ahí se atacaba constantemente a los poderes establecidos de Nueva Inglaterra, con independencia editorial y éxito comercial.

Franklin llenaba su publicación con cruzadas (hasta contra los piratas), ensayos literarios, esbozos de personajes y variados rumiares filosóficos.

Tres siglos después, pensamos en quién tendrá la dudosa distinción de publicar el último periódico impreso y genuino. Porque hoy se duda de que los periódicos impresos sobrevivirán. Las empresas periodísticas están perdiendo avisos, lectores, valor accionario y, en algunos casos, su sentido de misión, a una velocidad jamás pensada hace sólo 4 años.

Bill Keller, editor del New York Times, dijo hace poco: «En los lugares donde se reúnen editores e impresores, hay ambiente funerario, como quien está saliendo de rehabilitación o un difícil divorcio.» Su discurso apareció en el websitio de su patrocinante, The Guardian, bajo el título «NOT DEAD YET» (no muertos aún).

El caso es que el auge de Internet ha hecho que los diarios impresos parezcan lentos e insensibles, próximos al conocido «The End». Pocas corporaciones han sido tan castigadas en Wall Street como el negocio de los impresos periodísticos. La McClathchy Company compró la cadena Knight Ridder en 2005 por $6.5 billones, y el valor de sus acciones han caído en 80%; en el mismo año, las acciones de Lee Enterprises ha bajado en tres cuartos desde que compró la mayoría de la cadena Pulitzer. Las más preciadas posesiones periodísticas parecieran ser una pesada carga. En vez de competir en una era de inmisericorde transformación, las familias que eran dueñas de Los Angeles Times y el Wall Street Journal vendieron la mayoría de sus posesiones.

La New York Times Company ha visto declinar sus acciones en 55% desde finales de 2004, la mayor parte el año pasado. El Washington Post ha evitado un destino similar sólo redefiniéndose como «compañía de educación y medios»; su compañía prevista al bate, Kaplan, proporciona ahora al menos la mitad de los ingresos. Hasta hace poco, los periódicos impresos operaban como monopolios de alto margen. Ser dueño del periódico dominante en una ciudad mediana fue, por muchas décadas, una especie de licencia para imprimir dinero. En la era de Internet, sin embargo, nadie ha encontrado la fórmula para rescatar al periódico impreso en Estados Unidos o en el extranjero. Los periódicos han creado websitios que se benefician del crecimiento de la publicidad en línea, pero las sumas no se acercan lo suficiente para reemplazar las pérdidas por circulación y avisos impresos.

La reacción ha sido cortes de presupuesto, cierre de burós, ventas, despidos y reducciones de tamaños de páginas y centímetros por columna; hacer el producto más pequeño y menos interesante. Son menos también los lectores que compran y pasan tiempo leyéndolos; el promedio es menos de quince horas al mes; sólo el 19% entre 18 y 34 años confiesa leer el periódico diariamente; la edad promedio de los lectores es 55, y subiendo.

Philip Meyer, en su libro «The Vanishing Newspaper» (el periódico impreso en desaparición, 2004), predice que la copia final del último periódico aparecerá en algún día de 2043. Y todo esto coincide con la apertura, esta primavera, del Newseum en Washington, D.C., museo que tiene un costo de $450 millones; el adorable montón de tinta y celulosa comienza a sentirse como un artefacto listo para exponerse bajo vidrio.

El auge digital
Tomando el lugar, por supuesto, está Internet, a punto de superar a los impresos como fuente de noticias políticas para los lectores. Para la gente joven, y para la mayoría de los comprometidos políticamente, ya lo hizo; son los menos preferidos de los jóvenes. La injusticia irónica es que cuando un lector surfea la Web buscando noticias políticas termina frecuentemente en un websitio que meramente agrega trabajos periodísticos originados por el periódico impreso, aunque no salva empleos ni incremente el valor e las acciones.

Entre la transición de periódicos («árboles muertos») a un mundo de información digital está la naturaleza de las «noticias» mismas. El periódico impreso (y el noticiero nocturno) está diseñado para atraer a una audiencia amplia, con valores y opiniones conflictivas, por virtud de su compromiso con la meta de la objetividad. Muchos impresos, ansiosos por el balance y la imparcialidad, prefieren que sus reporteros no divulguen públicamente sus opiniones, que no marchen en concentraciones, que no sean voluntarios en campañas políticas ni se peguen chapas en el pecho o calcomanías en los carros.

Pero reporteros y editores, en conversaciones privadas, conceden que la objetividad es un ideal, un horizonte inalcanzable, aunque los periodistas pertenecen a una notable fraternidad de piel fina, poco ideologizante, y pocos de ellos admitirán públicamente que traicionan algún rasgo de predilección o prejuicio; y descartan la noción de que sus creencias pudieran interferir con la habilidad para reportar una historia con perfecto balance.

Pero mientras tanto, la confianza pública en los periódicos se ha estado deslizando hacia abajo; sólo uno de cada cinco personas creen todo o la mayor parte de lo que leen impreso; no hay más confianza en CNN que en Fox, o en ABC que en NBC; el periódico local no es visto tan diferente al New York Times. Muchos más americanos creen en platillos voladores y teorías de conspiración del 9/11 de lo que creen en la noción de unos medios principales balanceados, u objetivos. Nueve de cada diez americanos creen que los medios buscan influenciar crecientemente en las políticas públicas, aunque no concuerdan sobre si la predilección es liberal o conservadora.

No menos retadora es la rápida transformación que se ha sucedido en la comprensión pública, y la demanda, de las «noticias» mismas. Rupert Murdoch, en 2005, dos años antes de su compra por $5 billones de Dow Jones & Co. y el Wall Street Journal, advirtió a los grandes editores e impresores de la industria que los días en que «noticias e información eran apretadamente controladas por pocos editores, que se atrevían a decirnos lo que podíamos o no podíamos saber, se acabaron.» Ya no más aceptaría la gente «una figura tipo Dios desde arriba» presentando las noticias como «evangelio». Los consumidores de hoy «quieren noticias por demanda, continuamente actualizada. Quieren un punto de vista no sólo sobre lo que pasó sino por qué pasó… Y finalmente, quieren estar capacitados para utilizar la información en una comunidad más grande, hablar, debatir, cuestionar, y hasta conocer a la gente que piensa sobre el mundo de maneras similares o diferentes.»

Un mes después de este discurso de Murdoch, John Peretti, geniecillo computacional de 39 años, y Kenneth Lerer, ex ejecutivo de A.O.L., se unieron a la ubicua comentarista-candidata-activista Arianna Huffington para lanzar un nuevo sitio Web, que llamaron el Huffington Post. Visto primero como una alternativa liberal al Drudge Report, el Huffington Post comenzó agregando noticias políticas y chismes, también organizó un blog grupal. Y casi por accidente, los dueños descubrieron una fórmula que capitalizó sobre los problemas confrontados por los impresos en la era Internet, y están convencidos de estar listos para reinventar los periódicos. Y eso era «aprovechar a nuestra comunidad. Y la clave era pensar en lo que estábamos haciendo a través de los ojos de la comunidad.»

En el Huffington Post, explica Peretti, las noticias no son algo que se baja desde arriba sino «una iniciativa compartida entre su productor y su consumidor.» Reflejando a Murdoch, dice que Internet le ofrece a los editores «información inmediata» sobre qué historias le interesan a los lectores, que provoquen comentarios, que sean compartidas por los amigos, y que generen el más grande número de búsquedas Web. Un sitio de noticias basado en Internet, sostiene Peretti, es por lo tanto «vivo de una manera que es imposible para papel y tinta.»

La mayor parte del contenido de Huffington se origina más allá de su personal mínimo. Está en impresos, televisión, la video cámara de alguien, o el teléfono celular. Los editores se linkean a lo que creen el mejor tópico en boga; luego re-versionan con titulares liberales pegajosos y proveen una sección de comentarios debajo, donde los lectores campanean sus cotorras; los artículos noticiosos son posts (correos, servicio y correspondencia) altamente opináticos de un aparente ejército sin fin de «celebridades» o no celebridades: blogueras, casi 1800, no pagos. El efecto pareciera caótico y confuso pero, argumenta Lerer, «esta nueva manera de pensar y presentar las noticias está transformando a las noticias, tanto como lo hizo CNN hace 30 años.»

Huffington y sus socios creen que hacia allá va el negocio de las noticias. «A la gente le encanta hablar de la muerte de los periódicos, como si fuera una conclusión sacada de antemano. Creo que eso es ridículo», dice ella. «El medio tradicional sólo necesita comprender que el mundo en línea no es el enemigo. De hecho, es la cosa que los salvará, si lo adoptan totalmente.»

Con sólo 40 empleados a tiempo completo, jovencísimos, 11 millones de dólares a su disposición y alrededor de $11 millones anuales de ingresos publicitarios, lo que más impresiona a los publicistas –y deprime a los ejecutivos de impresos- es el crecimiento de los números de Huffington. Con la excitación de las primarias Demócratas, los «visitantes únicos» del sitio –eso es, computadoras individuales que cliquean en una de sus páginas- saltaron a más de 11 millones, haciéndolos más populares que todos los websitios de periódicos impresos, menos 8.

Si un buen periódico es «una nación hablando consigo misma», es sólo en este sentido que Huffington Post es un gran periódico. No es raro que un corto blog inspire miles de correos de los lectores; los posts pueden despegar en sus propias direcciones, y llevar a argumentar y a conversaciones no relacionadas con el tópico que los inspiró. Ocasionalmente, estos comentarios presentan perspectivas y argumentos originales, pero muchos representan a los grafitis de las paredes que vemos en orinales públicos.

La noción de que Huffington va a competir, mucho menos desplazar, a los mejores periódicos tradicionales también es discutible en otras áreas. La fuentes de reporte originales son minúsculas; no hay deportes ni cobertura de libros, la sección de entretenimiento es una bolsa basurienta de chismes de Internet no comprobados. Y, mientras se ha posicionado como el lugar donde los políticos progresistas y las luminarias liberales de Hollywood colocan sus sentimientos anti-Bush, mucho de lo que publica ni merece menear el ratón.

Profundizando un poco
Las tensiones entre los líderes de los medios principales y los retadores de la Web fueron presagiadas entre 1920 y 1925, cuando el joven Walter Lippmann publicó tres libros investigando la relación teórica entre la democracia y la prensa, incluyendo «Public Opinion» (1922). Lippmann identificó una brecha fundamental entre lo que esperamos naturalmente de la democracia y lo que sabemos como verdad sobre la gente. La teoría democrática exige que los ciudadanos sean conocedores sobre las temáticas, y que estén familiarizados con los individuos puestos para liderarlos. La sociedad capitalista contemporánea, según Lippmann, se había vuelto más y más grande y compleja como para que los eventos cruciales fuesen dominados por el ciudadano común.

El periodismo funciona bien, escribió Lippmann, cuando «puede dar los resultados de un juego, la hora de un vuelo trasatlántico o la muerte de un monarca.» Donde la situación es más complicada, «como, por ejemplo, en materia del éxito de una política, o las condiciones sociales entre gente foránea, eso es, donde la respuesta verdadera no es si o no, sino sutil, y una materia de evidencia balanceada», el periodismo «causa un sin fin de trastornos, incomprensiones y hasta tergiversaciones.»

Lippmann comparaba al americano típico –el «outsider», como lo llamaba- con un espectador sordo en la última fila de un evento deportivo. «No sabe lo que está sucediendo, por qué está sucediendo, qué debería suceder», y «vive en un mundo que no puede ver, no comprende y es incapaz de dirigir.» Veía a un público que «es lento para despertar y rápidamente desorientado… e interesado sólo cuando los eventos han sido melodramatizados como un conflicto.» Como elitista comprometido, Lippmann no veía por qué alguien debía impactarse con estas conclusiones. Los ciudadanos típicos no tienen por qué dominar las partículas físicas o el post-estructuralismo. ¿Por qué debemos esperar que entiendan las políticas del Congreso, o el Medio Oriente?

La solución preferida de Lippmann era, en esencia, basurear completamente a la democracia. Justificaba esto argumentando que los resultaos era lo que importaba. Aun «si hubiera un prospecto» de que la gente se hiciera suficientemente bien informada para gobernarse sabiamente a sí misma, «es extremadamente dudoso que muchos de nosotros quisiéramos ser molestados». Lippmann sugirió elevar el estatus del periodismo hacia las profesiones más respetadas. Luego concluyó que el periodismo nunca resolvería el problema con meramente «actuar sobre todo durante 30 minutos en 24 horas.» Lippmann proponía la creación «burós de inteligencia», con acceso a toda la información que necesitaran para juzgar las acciones gubernamentales sin preocuparse mucho con las preferencias democráticas o el debate público.» Lippmann nunca explicó qué papel jugaría el público en este proceso.

John Dewey calificó a «Public Opinion» como «quizás la más efectiva denuncia de la democracia actual jamás escrita», y pasó los próximos 5 años contrariándola. El resultado fue el tendencioso, denso e importante libro «The Public and Its Problemas» (el público y sus problemas, 1927). Para Dewey, las curas de Lippmann eran peores que la enfermedad. Lippmann veía a la opinión pública como poco más que la suma de los puntos de vista de cada individuo, en mucho como una encuesta, y Dewey la veía más como «focus groups». El fundamento de la democracia para Dewey era menos información que conversación. Los miembros de una sociedad democrática necesitaban cultivar «ciertos hábitos vitales» de la democracia; la habilidad de discutir, deliberar y discutir perspectivas para llegar al consenso.

Dewey también criticó la confianza de Lippmann en el conocimiento de las elites. «Una clase de expertos está tan inevitablemente alejada de los intereses comunes que se hace una clase con intereses privados y conocimiento privado», argumentó. «El hombre que calza el zapato sabe mejor que le aprieta y dónde le aprieta, aun cuando el experto zapatero es el mejor juez de cómo se ha de remediar el problema.»

Lippmann y Dewey dedicaron mucho del resto de sus vidas a los problemas que diagnosticaron, Lippmann como el arquetípico experto interno y Dewey como el profeta de la educación democrática. Si la posteridad declaró algún ganador en esta materia, el futuro resultó mucho más cercano al ideal de Lippmann. La confianza de Dewey en la democracia estaba en significativa medida sobre su «fe en la capacidad de los seres humanos para el juicio y la acción inteligentes si se suministraban las condiciones apropiadas.» Pero nada en sus voluminosos escritos da la impresión de que creía que estas condiciones -que él definió expansivamente para escuelas, fábricas, asociaciones voluntarias y, particularmente, medios impresos democráticos- jamás se cumplirían durante su vida. (Dewey murió en 1952, a los 92 años.)

La historia de la prensa americana demuestra una tendencia hacia exactamente el tipo de profesionalización que argumentó Lippmann inicialmente. Cuando Lippmann escribía, muchos periódicos permanecían comprometidos hacia el modelo partidario de la prensa americana de los siglos 18 y 19, donde editores e impresores se veían a sí mismos como apéndices de uno u otro poder político o máquina patrocinante, e inclinaban sus ofertas noticiosas en concordancia. El modelo del siglo 20, donde los periódicos se esmeran por la independencia política e intentan actuar como referís entre partidos diferentes para bien de lo que perciben como el interés público, estaba en su infancia en los tiempos de Lippmann.

A medida que la profesión se hizo más sofisticada y respetada, debido en parte al ejemplo de Lippmann, los grandes reporteros, anclas y editores crecieron naturalmente en estatus hasta el punto en que algunos llegaron a ser considerados iguales sociales de los senadores, ministros de gabinete y presidentes de empresas sobre los cuales reportaban- Tan naturalmente, estos mismo reporteros y editores a veces llegaban a identificarse con ellos, en vez de con sus lectores, como predijo Dewey. Al margen de elecciones bienales protagonizadas por porciones del electorado más y más pequeñas, la política se volvió más crecientemente un negocio para profesionales y un deporte de espectador para los grandes no preparados, como Lippmann había esperado que sucediera y Dewey temía. Más allá de la publicación de una ocasional carta al editor, el papel del lector fue definido como puramente pasivo.

El modelo de Lippmann recibió su reto inicial desde la derecha política. Muchos conservadores consideraban a las grandes redes, periódicos y semanarios -los medios principales: mainstream media- como árbitros liberales, incapaces de cubrir sin predilección/prejuicio el movimiento de los derechos civiles del Sur o la campaña presidencial de Barry Goldwater. Respondieron construyendo «think tanks» (tanques de pensar, literalmente) y salidas mediáticas diseñadas para retar y bypasear a los medios principales. La revolución Reagan tenía sus raíces no sólo en el atractivo personal como «gran comunicador» sino en una campaña de décadas de espadachines ideológicos efectuada en revistas como National Review y Commentary, y en las pugnaces páginas editoriales del Wall Street Journal. El auge del «contra- establecimiento» conservador, tanto en radio y televisión por cable, puede ser visto en términos de comunidad deweyana intentando capturar las riendas de la autoridad e información democráticas de la elite tipo Lippmann.

Una versión liberal de la comunidad deweyana se demoró más en formarse, en parte porque los liberales se demoraron más en encontrar fallas en los medios. Hasta 1970, muchos en los medios principales exhibieron, de hecho, «predilección liberal», con lo cual los conservadores continuaron acusándolos, en cuanto a su creencia en un gobierno fuerte y activista, y en su responsabilidad moral para asegurar la expansión de los derechos de la mujer y de minorías étnicas y raciales. Pero un esfuerzo concertado para reclutar expertos del nuevo contra-establecimiento conservador, acoplado con ricos activistas de la derecha y hombres de negocios en una entrelazada telaraña de think tanks contra-establecimiento, grupos de presión, periódicos, estaciones de radio y redes de televisión, operaron como una especie de pelotón gravitacional derechista sobre el reportar principal, y ayudaron a crear un contexto de mucha más empatía para los candidatos conservadores.

Duncan Black, ex profesor de economía que escribe un blog popular progresista bajo el nombre de Atrios, explica que él también creyó en lo que llama «el mito de los medios liberales». Y continúa: «Pero viendo el comportamiento colectivo de la prensa durante la saga impugnadora de Clinton, la campaña de Gore, , la era post-9/11, la continuidad de la guerra de Irak, y las absurdas y peligrosas demandas de poder ejecutivo de la Administración Bush, tal creencia se convirtió en absurda. El 65% del público americano desaprueba de la Administración Bush, pero esa perspectiva, aun ahora, tiene muy poca representación en cualquier parte de los medios principales.»

El nacimiento de la blogsfera liberal, con su habilidad de bypasear a las grandes instituciones mediáticas y conducir conversaciones dentro de una comunidad similar, representa un renacimiento del reto de Dewey para la comprensión lippmanniana de qué constituye «noticias» y, al hacerlo así, pareciera revivir la visión del filósofo de un genuino discurso democrático. La Web ofrece una poderosa plataforma que habilita la creación de comunidades; la distribución no tiene fricciones, es veloz, y barata. El viejo modelo democrático era una nación de pueblos de Nueva Inglaterra llenos de bien intencionados y bien informados pequeños terratenientes granjeros. Gracias a la Web, podemos todos unirnos en un debate deweyano sobre presidentes, políticas y propuestas. Todo lo que se necesita es una conexión decente a Internet.

Equilibrando conclusiones
El Huffington Post no fue el primer websitio en tropezar con la técnica de nivelar el conocimiento de sus lectores para retar la narrativa de los medios principales. Por ejemplo: Joshua Micah Marshall inició su websitio, llamado Talking Point Memo, con la intención de llevar sus historias mucho más allá de lo que hacían los periódicos principales, confiando a menudo en investigaciones voluntarias y datos informativos oportunamente suministrados por lectores ávidos. Su sitio comenzó durante la controversia de re-conteo de Florida en el 2000, generando otros sitios relacionados, que son colectivamente conocidos como TPM Media, y que son financiados a través de una combinación de donaciones de lectores y publicidad. Talking Point Memo fue responsable del escándalo que finalmente terminó con la renuncia del Fiscal General Alberto González, y obtuvo el Premio George Polk para Marshall, el primero que se le dio a un bloguero. De acuerdo con Marshall, «el aspecto colectivo» de su sitio «se sucedió completamente por accidente.». Su intención original era sólo ofrecer a sus lectores «transparencia», para que su «fuerte punto de vista» fuese distinguible de los hechos que presentaba. Con el tiempo, sin embargo, encontró que la fuerte respuesta que engendraba su trabajo le ofreció acceso a «una inmensa cantidad de información valiosa», información que no siempre estaba disponible para los reporteros principales, que hablaban más con «fuentes profesionales». Durante la crisis del Katrina, por ejemplo, descubrió que algunos de sus lectores trabajaban con el gobierno en infraestructuras relacionadas con el clima, quienes le daban información que no existía en ninguna otra parte.

Pese al innegable logro de Marshall, los hombres y mujeres de los periódicos tradicionales tienden a no impresionarse por el estilo periodístico practicado en los websitios políticos. Operando sobre la base de una reverencia tipo Lippmann por el conocimiento interno y con desdén por quienes carecen de ello, muchos miran a estos sitios de la manera en que los autores de ficción seria podrían ver a las «novelas» que ven los pasajeros de tren japoneses en sus teléfonos celulares. El reporterismo real, especialmente el de investigación, es caro, nos recuerdan. Agregación y opiniones es barato.

Y es verdad: ningún websitio gasta nada remotamente parecido a lo que gastan los mejores periódicos para reportar. Aun después de efectuar los recortes y las ventas, el Times retiene un núcleo de más de 1200 empleados en la sala de noticias, o aproximadamente cincuenta veces más que el Huffington Post. El Washington Post y el Los Angeles Times mantienen entre 800 y 900 empleados editoriales cada uno. Y mientras el Huffington comparte los beneficios de estas inversiones, no paga ningún costo.

A pesar de las muchas fallas en los periódicos, la vasta mayoría de los reporteros y editores han dedicado años, hasta décadas, para entender los temas de sus historias. Es difícil nombrar a blogueros que puedan igualar la experticia profesional de los impresos. Bill Keller se queja de los blogueros por meramente «reciclar y mordisquear las noticias», contrastando con el énfasis del Times en «la verificación periodística», en vez de la mera «aseveración.»

«Los blogueros no están mordisqueando las noticias. La están escupiendo», protestó Arianna Huffington en un blog del Huffington Post. Como la mayoría de los blogueros liberales, ella se hace una excepción a la presunción de los tantos periodistas tradicionales sobre que su trabajo es superior al de los blogueros cuando se trata de averiguar la verdad. La habilidad de los blogueros para encontrar las fallas en los reportes de los medios principales sobre la guerra en Irak «exaltaba el absurdo en la comparación de la relativa credibilidad de los medios principales y la blogsfera», dijo ella, y siguió: «En el seguimiento de la guerra de Irak, muchos de los medios principales, incluyendo el New York Times, perdieron su revestimiento de incuestionable confianza para muchos lectores y veedores, y se hizo claro que las fuentes de los nuevos medios pueden ser confiable, y sin duda son a menudo mucho más rápidas en corregir errores que las viejas fuentes mediáticas.»

Pero Huffington falla en hablar de la relación parasitaria que virtualmente todos los sitios de noticias en Internet y los blog-comentaristas disfrutan con los periódicos. El Huffington Post dio un paso en la dirección de reportar originalmente y con profesionalismo el año pasado, cuando contrató a Thomas Edsall, veterano del Washington Post y otros medios, como editor político. Antes de ello, Edsall sintió que el Washington Post se había vuelto «crecientemente impulsado por el miedo, el miedo en la baja de lectores, el miedo de perder anunciantes, el miedo a la disminución de ingresos, el miedo a ser ahogado por Internet, el miedo a la irrelevancia. El miedo maneja al periódico, de arriba a bajo, para corromper a toda la operación noticiosa.» Unirse al Huffington Post, dijo Edsall, era similar «a salir de la cárcel», y ha escrito desde entonces con un sentido de liberación. Pero tales ejemplos son raros.

Y aun cuando uno esté de acuerdo con todos los ganchos de Huffington al Times, y la crítica de Edsall al Washington Post, es imposible no preguntarse qué será no sólo de las noticias sino de la democracia misma, en un mundo en el que ya no podamos depender de los periódicos para invertir sus inigualables recursos y orgullo profesional en ayudar al resto de nosotros para aprender, aun imperfectamente, lo que necesitamos saber.

En un episodio de Los Simpsons, Nelson grita que los medios impresos están muriendo, y hay verdad en ello. La evidencia de la disminución de vitalidad económica, calidad editorial, profundidad, personal y periódicos está por todas partes. Lo que esto representa para el futuro es complicado. Hace tres años, Rupert Murdoch advirtió a los editores: «Muchos de nosotros hemos sido notable e injustificadamente complacientes… esperando silenciosamente que esta cosa llamada revolución digital comenzara a cojear.» Hoy, casi todos los periódicos impresos buscan adaptarse a las oportunidades tecnológicas y de construcción de comunidades ofrecidas por el suministro de noticias digitales, incluyendo blogs individuales, video reportes y oportunidades de «chat» para lectores. Algunos, como el Times y el Post, seguramente sobrevivirán a este momento de transformación tecnológica en forma diferente, recortando personal e incrementando su profundidad y presencia en línea. Otros buscarán enfocarse en sí mismos localmente. Los editores ahora dicen que «captan» la cosa. Pero los periodistas tradicionales pestañean por su inversión emocional en su estatus tipo Lippmann de «insiders». Tienden a rechazar no sólo las críticas de la blogsfera sino también el desaliñado fermento democrático de donde emanan estas críticas.

Arianna Huffington cree que el periódico en línea y el periódico impreso están comenzando a converger: «A medida en que los dólares publicitarios continúen moviéndose en línea -como lenta y ciertamente lo hacen- HuffPost agregará más y más reportes, y el modelo del Times y del Post continuarán con el tipo de reportes que hacen, pero harán más de eso originalmente en línea.» Ella predice un «más vigoroso reportar en el futuro que incluirá periodismo distribuido, reportar de la sabiduría de la masa, del tipo que fue responsable por exponer el escándalo que hizo renunciar al Fiscal General.» En cuanto a lo que pueda perderse en el camino: «Mucho del reportar actual se amontona en la sabiduría convencional, con historias muriendo en la primera página del New York Times.»

Los supervivientes entre los grandes periódicos impresos no estarán sin apoyo del sector sin fines de lucro. ProPublica, patrocinado por los billonarios liberales Herb y Marion Sandler y encabezado por el ex editor del Wall Street Journal Paul Steiger, espera proveer a los medios principales valores de investigación. Se está creando una familia de sitios blog-noticiosos que recoge personal ahora libre con la esperanza de expandirse por todas partes. Pero la filantropía no llenará las grietas que se abren con los recortes periodísticos.

Así es que se está a punto de entrar en un mundo de noticias fracturado y caótico, caracterizado por una superior conversación comunitaria pero en un nivel decididamente disminuido en cuanto a periodismo de primera línea. La transformación de los periódicos impresos de empresas dedicadas al reportar objetivo a un racimo de comunidades, cada cual comprometida en su propio tipo de «noticias», y cada cual con su propio juego de «verdades» para basar el debate y la discusión, implicará la pérdida de una sala narrativa nacional, y un acordado juego de «hechos» por los cuales conducir nuestras políticas. Esto no es totalmente nuevo. Antes de que Adolph Ochs tomara las riendas del Times, en 1896, y de hacer su famosa declaración «sin temor o favor», la escena americana estaba dominada por calientes periódicos activistas. Y las culturas de noticias de muchas naciones europeas hacía rato que habían adoptado la noción de narrativas competitivas para diferentes comunidades políticas, con periódicos individuales reflejando los puntos de vista de cada facción. No es totalmente coincidente que estas naciones disfrutan de un nivel de compromisos políticos que enanizan a los Estados Unidos.

La transformación también engendrará pérdidas serias., al proveer lo que Bill Keller, del Times, llama «encuentros serendipitosos que son difíciles de replicar en el más rápido formato manejado por el lector de un sitio Web», una diferencia que compara lo que está «entre un reloj y un calendario», donde los periódicos han ayudado a definir el significado de America a los ciudadanos.

Escogiendo una fecha al azar, digamos lunes 11 de febrero, el papel y la tinta del New York Times traía historias que se encontraban en todas partes -Obama derrotando a Hillary otra vez y la decisión de la Administración Bush de buscar la pena de muerte para seis detenidos en Guantanamo- y la primera página tenía una combinación única de artículos, historias que podrían desaparecer de la conciencia colectiva de no haber ya más alguna institución que las generara y publicara. Entre ellas estaban: un reporte de Nairobi del efecto de la violencia en Kenya sobre la clase media del país; un despacho de Doha sobre el crecimiento de ciudades universitarias americanas Qatar; y, en primicia que salió en la página política del Huffington Post y que excitó mucho a la blogsfera ese día, sobre la existencia de un estudio de la RAND Corporation que ofrecía una áspera crítica de la Administración Bush en Irak. La disposición de estos diferentes tópicos forma una base de conocimiento para los lectores del periódico y un retrato del mundo que habitan. En «Imagined Communities» (comunidades imaginadas, 1983), un influyente libro sobre los orígenes del nacionalismo, el científico político Benedict Anderson recuerda la comparación de Hegel entre el ritual del impreso matutino y la oración matutina: «Cada comunicante está muy consciente de que la ceremonia que ejecuta está siendo replicada simultáneamente por miles (o millones) de otros en cuya existencia tiene confianza, aunque de cuya identidad no tiene la menor noción.» Es al menos parcialmente a través de la «comunidad imaginada» del diario impreso, escribe Anderson, que las naciones se forjan.

Finalmente, consideremos qué será de esa gente que depende en casa y en el extranjero de las empresas periodística para mantenerlos resguardados de las formas de tortura, opresión e injusticia. «La gente se hace cosas horribles unos a otros», dice el veterano fotógrafo George Guthrie en «Night and Day», la obra de teatro de Tom Stoppard sobre corresponsales extranjeros. «Pero es peor en lugares donde todo el mundo es mantenido en la oscuridad.» Desde que el New England Courant de James Franklin salió de las prensas, el periódico diario, más que ningún otro medio, ha entregado la información que la nación necesitaba si se iba a mantener fuera de la «oscuridad». Sobre cómo una cultura de noticias puede diseminar el tipo de «luz» que es necesaria para impedir cosas horribles, sin los ejércitos de reporteros y fotógrafos que los periódicos han empleado tradicionalmente, es un asunto que hasta el más ardiente demócrata en la tradición de John Dewey podría no querer ver respondido.

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