Este 27 de julio de 2012 se anunció de manera oficial la suspensión de la Supercopa de Cataluña que debían disputar el FC Barcelona y el RCD Espanyol.
La falta de efectivos del club azulgrana y su intención de jugar el encuentro con futbolistas del filial provocó una cancelación que va mucho más allá de lo estrictamente deportivo.
El encuentro se había programado como un complemento a la final de la Copa Catalunya, que este año debían disputar el Manlleu y el Gimástic de Tarragona.
El Estadio Olímpico de Montjuic había sido la sede designada para lo que debía ser una fiesta del fútbol catalán.
Los beneficios obtenidos por la Federación Catalana de Fútbol a través de la venta de entradas y otros conceptos relacionados con el partido se iban a destinar al fútbol base catalán, una iniciativa que ambas entidades habían respaldado en la presentación de la competición, que debía celebrarse por vez primera.
Finalmente, no se celebrará ninguno de los dos partidos previstos, suponiendo un notable perjuicio para los intereses del fútbol catalán.
Como explica ‘El Economista’, tradicionalmente, esta autonomía había enarbolado su bandera deportivamente con motivo de la Copa Catalunya, que ahora la decisión del Barça obliga a suspender.
De este modo, quedan en entredicho los intereses de una entidad que, históricamente, se ha mostrado cercana a las posturas catalanistas, y que ahora, de forma casi inexplicable, renuncia a formar parte de la fiesta futbolística de esta comunidad y deja muy tocada, si no herida de muerte a una competición ‘santo y seña’ del deporte catalán.


