Todos estaban avisados de que iba a reproducirse la pitada mientras se interpretara el himno

Al final, siempre pierde el fútbol y ganan los borricos

Pero, a pesar de estar avisados, nadie ha hecho lo que tenía que hacer

Una parte de la afición del F. C. Barcelona aprovechó de nuevo la final de la Copa del Rey para mostrar su absoluta falta de respeto por el himno nacional, la bandera de España y la persona de Su Majestad el Rey

Una parte de la afición del F. C. Barcelona aprovechó de nuevo la final de la Copa del Rey para mostrar su absoluta falta de respeto por el himno nacional, la bandera de España y la persona de Su Majestad el Rey.

Todos estaban avisados de que iba a reproducirse la pitada mientras se interpretara la Marcha Real, que compartió espacio y tiempo con las ovaciones de los seguidores sevillistas y las banderas españolas que exhibieron, gracias a las cuales la ofensa tuvo sordina. Pero, a pesar de estar avisados desde el pasado año, nadie ha hecho lo que tenía que hacer.

La Federación Española de Fútbol dejó olvidado el expediente sancionador por los incidentes de 2015. Un juez de la Audiencia Nacional se empeña en archivar la causa penal por esos mismos hechos. Otro juez anula la prohibición ordenada por la Delegación del Gobierno en Madrid de exhibir banderas «esteladas» en el Vicente Calderón.

Y el Gobierno hoy en funciones dejó pasar la oportunidad -y la responsabilidad- de modificar la normativa deportiva para incluir una previsión muy sencilla: el equipo cuya afición falte al respeto a los símbolos nacionales perderá el partido.

De esta forma, se evitan prohibiciones legalmente arriesgadas, se soslaya la intervención de unos jueces imprevisibles -o quizá demasiado previsibles- y se traslada la carga de la responsabilidad íntegramente a los verdaderos culpables de unos hechos que ningún Estado debe tolerar.

La primera condición para que un Estado, sus instituciones, sus símbolos y su Constitución sean respetados es que se hagan respetar. Sin autoestima no es posible esperar respeto.

Las apelaciones a la moderación y a la separación de deporte y política son pueriles cuando quien está animado a ofender se envalentona ante la debilidad del ofendido.

Los que se alegran de que un juez permita la exhibición de banderas separatistas son normalmente los mismos que justifican que la Generalitat de Cataluña incumpla las sentencias del Tribunal Supremo sobre bilingüismo. Los que invocan su derecho a la libertad de expresión con la «estelada» se solazan con el acoso a los que quieren reciprocidad con la bandera nacional en Cataluña.

La moderación es inherente al cumplimiento de la Ley, al respeto a las instituciones, a la marginación de los extremistas. Ser moderado, en un Estado de Derecho, es hacer valer las reglas de la convivencia, no contemporizar con quienes las infringen. Ser moderado es ser firme en cumplir con las propias responsabilidades y exigir a los demás las suyas, empezando por respetar los símbolos constitucionales de la nación.

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