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Corrupción en la cúpula del fútbol español

Ángel María Villar ha convertido la Federación en un auténtico cortijo manejado a su antojo, con su hijo como cooperador imprescindible

Corrupción en la cúpula del fútbol español
Ángel María Villar, presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). FB

Gorka Villa, abogado de formación, desde finales de 2014 ocupa el cargo de director general de la confederación sudamericana (Conmebol)

LA detención, este 18 de julio de 2017, del presidente de la Federación Española de Fútbol, inexplicablemente perpetuado en ese cargo desde hace veintinueve años, convulsionó ayer al deporte español y arrastró por el barro la imagen de nuestro fútbol en todo el mundo.

Villar, su hijo Gorka, el vicepresidente de la Federación, Juan Padrón, y otros directivos están siendo investigados por la Audiencia Nacional por diversos fraudes y un presunto enriquecimiento ilícito procedente del desvío de fondos de la Federación y de comisiones ilegales.

Aún es pronto para determinar las cuantías económicas investigadas y, desde luego, debe regir el principio de la presunción de inocencia.

Sin embargo, durante lustros han sido muchos los indicios acumulados de que la Federación se había convertido en un estercolero de influencias, intercambio de favores, «pucherazos» electorales y nepotismo, en el que la opacidad en la gestión económica era absoluta.

Muchas han sido las denuncias y querellas sorteadas por Villar, cuya detención representa un salto cualitativo para un personaje que ha llegado a convertir la Federación en un cortijo, con su propio hijo como cooperador imprescindible de aparentes fechorías a la hora de tejer redes clientelares sin rubor alguno.

Las acusaciones indiciarias de la Fiscalía Anticorrupción -administración desleal, falsedad documental, corrupción entre particulares y apropiación indebida- son muy graves y, ocurra lo que ocurra con una sombra tan densa de sospechas, a Villar no le cabe otra opción que dimitir.

O en su defecto, que quienes tan irresponsablemente lo auparon a la poltrona federativa asuman su obligación moral de inhabilitarlo.

La Federación es además uno de esos casos de gestión privada de una organización que, pese a percibir ocasionalmente fondos públicos, carece de la más mínima transparencia, porque la supervisión y fiscalización de sus cuentas es muy deficiente.

Negociar el cobro de cantidades por la celebración de partidos amistosos o benéficos de la selección, percibir comisiones por la organización de encuentros, chantajear a entidades futbolísticas iberoamericanas, escándalos con el manejo de dietas, amaños con presidentes de equipos españoles para falsear su financiación, o incluso la presunta desaparición de dinero recaudado para las víctimas del terremoto de Haití…

Se trata de durísimas acusaciones contra Villar, basadas en una madeja cuidadosamente liada durante tres décadas. Este caso alimenta, además, el debate sobre la limitación de mandatos.

Veintinueve años ejerciendo el control absoluto de una organización son demasiados como para no crear una atmósfera tóxica en la que el riesgo de contaminación por corrupción es muy alto. En supuestos como este, la limitación se convierte en una necesidad inexcusable.

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