En el Metropolitano no hubo simple partido de Liga, sino una de esas noches en las que el fútbol se disfraza de combate y cada llegada vale como un directo a la mandíbula. El Atlético y la Real se midieron a cara descubierta, intercambiando golpes hasta que, ya en la recta final, apareció Nico para dejar a los donostiarras en la lona con un doblete que le cambia el relato a su temporada.
El contexto invitaba al cálculo: los dos equipos venían de dejar el alma en la Copa y de mirarse de reojo al calendario, con la final de Sevilla brillando en neón al fondo. Simeone y Matarazzo, conscientes del peaje físico, movieron medio once de cada lado respecto a la cita copera, porteros incluidos, en busca de aire nuevo en las piernas y chispa en la cabeza. Sin embargo, lo que se vio desde el primer minuto fue un arranque desatado, de ida y vuelta, impropio de quienes supuestamente llegaban con la reserva encendida.
Otra tarde de kétchup. pic.twitter.com/geJheT5Sxi
— Atlético de Madrid (@Atleti) March 7, 2026
El primer rugido llevó la firma de un viejo conocido de la parroquia txuri-urdin. Un saque de banda larguísimo de Giuliano Simeone, un peinado de Giménez en la frontal y Sorloth, delantero al que le sienta especialmente bien cruzarse con la Real, se adelantó a todos para poner por delante a los rojiblancos. El gol, lejos de amedrentar a los de Matarazzo, activó su orgullo: Sucic encontró el resquicio entre líneas y sirvió a Carlos Soler, que se inventó un zurdazo seco a la escuadra, imparable, para restablecer el equilibrio y recordar que aquello no iba a ser una velada plácida para Oblak.
Tras el fuego inicial, el duelo entró en una fase más espesa, con el Atlético mandando en territorio pero sin filo en los últimos metros. Hubo incluso tiempo para una escena insólita: una paloma maltrecha interrumpiendo la batalla, recogida finalmente por Giménez entre aplausos, mientras el público aprovechaba ese paréntesis para tomar aire. En lo futbolístico, apenas un cabezazo desviado del propio central a la salida de un córner se acercó al gol antes del descanso, mientras Simeone intentaba agitar el tablero moviendo a Almada y Lookman por la izquierda sin encontrar la tecla. Al otro lado, la Real, paciente, esperó su momento y amenazó en el tramo final del primer acto con llegadas de Sergio y Sucic, justo cuando una lesión de Mendoza dejó a los colchoneros provisionalmente en inferioridad y a su entrenador contando los segundos para que el colegiado pitara el descanso sin gastar más cambios.
La reanudación fue otra historia. Con el partido abierto y las reservas mermadas, los banquillos se convirtieron en factor decisivo. Simeone tiró de munición pesada y puso en escena a Julián Álvarez y Griezmann; Matarazzo respondió con Guedes y Oyarzabal. El resultado fue un intercambio de golpes de alto nivel, una guerra de bandas y mediapuntas en la que cualquier desajuste se pagaba con ocasión clara.
Ahí emergió la figura de Nico. Recién salido de la enfermería, con su futuro contractual aún en el aire, el argentino aprovechó la primera gran conexión con Griezmann: el francés, libre entre líneas, se inventó un tacón de esos que valen el precio de la entrada y habilitó la carrera del ‘23’, que definió con frialdad para poner por delante al Atlético. Apenas hubo tiempo para saborear la ventaja, porque Oyarzabal, siempre con instinto de capitán, cazó un balón en la frontal y lo convirtió en un disparo imparable que volvió a congelar al Metropolitano. Otro mazazo, otro empate, otro examen a la resiliencia rojiblanca.
El Atlético, lejos de derrumbarse, apretó el acelerador. Con las líneas adelantadas y la grada empujando, los de Simeone cercaron a Remiro a base de centros y segundas jugadas. Hasta que Nico, en una faceta menos habitual de su repertorio, se elevó en el área para conectar un cabezazo seco, preciso, tras un envío medido desde la banda. Ese 3-2, su segundo tanto de la tarde, tuvo sabor a sentencia: la Real, que había respondido a todos los golpes anteriores, ya no encontró fuerzas para una tercera reacción.
El partido se cerró como lo que era: un ensayo general con tensión de estreno grande. El Atlético se marcha de esta especie de primer asalto con un triunfo sufrido que le mantiene en pie antes de la final copera, pero el horizonte no da tregua. En apenas un mes asoman un doble duelo con el Tottenham, un derbi en el Bernabéu, otra cita con el Barça, visitas a estadios calientes y, al final del camino, Sevilla. La buena noticia para Simeone es que puede mirar al banquillo y ver algo más que piernas cansadas: ve soluciones, ve socios para Griezmann y, sobre todo, ve a un Nico dispuesto a que su nombre deje de ser secundario en las noches grandes.

