Fue una de esas noches en las que el fútbol parece multiplicar los milagros. Apenas habían pasado quince minutos y el Metropolitano ya rugía con un 3-0 que dejaba a los Spurs tambaleándose. Un debutante bajo palos, dos errores consecutivos del joven guardameta inglés y un resbalón del Cuti Romero bastaron para que Lookman, Julián Álvarez y Llorente hiciesen trizas la defensa visitante.
Pero los fallos garrafales de Ántonín Kinský tuvieron ese extraño poder que tienen algunas noches de fútbol: activar recuerdos que muchos preferían mantener bien guardados en un cajón. De repente, como si el destino tuviera un peculiar sentido del humor, volvió a la memoria aquella inolvidable —y para algunos traumática— velada de Loris Karius con el Liverpool FC frente al Real Madrid. Sí, esa misma noche en la que el balón parecía tener vida propia y la portería, un imán para los infortunios. Porque el fútbol, además de goles y gloria, también tiene esa capacidad única de recordarnos —con una ironía casi cruel— que algunas historias nunca terminan de irse del todo.
Griezmann, mientras tanto, se encargaba de congelar el tiempo con su magia. Simeone, como pocas veces, parecía disfrutar desde la banda.
El técnico argentino se sorprendió desde el principio: Le Normand, habitual suplente, apareció en el once inicial, desplazando a Pubill al lateral y Llorente al doble pivote junto a Cardoso. Un plan “muy Premier” para medirse a un equipo inglés: músculo en el centro, velocidad por las bandas. Sin embargo, cuando todo indicaba que el Atlético se llevaba una ventaja histórica, apareció el instinto suicida del rival… y un exceso de confianza rojiblanco.
El Tottenham, herido y sin nada que perder, encontró oxígeno gracias a una combinación entre Richarlison y Pedro Porro. De repente, los hinchas londinenses que ya abandonaron sus asientos regresaron al partido y al sueño de una remontada improbable. Pudo ser peor para el Atleti si Cuti no hubiera estrellado su cabezazo en el poste. Aun así, Lookman y Llorente tuvieron el cuarto y el quinto antes del descanso. Todo podía pasar, y casi todo pasó.
En la reanudación, el técnico Tudor buscó aire nuevo con Gallagher y Solanke. El juego bajó de ritmo, pero las emociones, no. Richarlison tuvo una clarísima… y la historia se dio la vuelta: contraataque, jugada de Julián y el 4-2 que se sintió como un 5-1, coronado por una joya de Griezmann y una parada prodigiosa de Oblak. El Atlético goleaba sin que Lookman o Giuliano brillaran demasiado, algo que dice mucho del espíritu colectivo que Simeone quiere recuperar.
Pero el guion aún guardaba un giro final: una descoordinación entre Oblak y Nico Ruggeri permitió a Solanke recortar distancias. El 5-2 dejó un sabor agridulce: ventaja clara, sí, pero con manchas de desatención que en Londres pueden salir caras. El Metropolitano despidió a los suyos entre aplausos, consciente de que la historia aún no está escrita.
En esta Champions, el Atlético volvió a ser un volcán. Resta ver si en la vuelta puede mantener el fuego encendido sin quemarse.

