A solo semanas del arranque del Mundial 2026, el entusiasmo en México no termina de despegar. Aunque el país figura como coanfitrión, su participación se percibe limitada frente al protagonismo absoluto de Estados Unidos, que concentrará la mayor parte de los encuentros y el control del evento.
El reparto de partidos evidencia el desequilibrio: de los 104 previstos, 78 se disputarán en territorio estadounidense, mientras que México y Canadá albergarán apenas 13 cada uno. Esta distribución ha alimentado la sensación de que el torneo gira en torno a los intereses de Washington.
A este contexto se suma la influencia política del presidente Donald Trump, cuya retórica contra México y endurecimiento en materia migratoria han generado un ambiente incómodo. Sus recientes declaraciones, en las que volvió a vincular al país con el control del narcotráfico, han avivado la tensión diplomática.
Desde el Gobierno mexicano, la presidenta Claudia Sheinbaum respondió reafirmando la cooperación bilateral en la lucha contra el crimen, pero insistiendo en la necesidad de respeto a la soberanía nacional.
En el plano social, el clima tampoco favorece. Analistas coinciden en que el torneo no despierta la emoción de otras ediciones históricas. La combinación de factores políticos, deportivos y económicos ha enfriado el ambiente en un país que, aunque apasionado por el fútbol, no termina de conectar con esta edición.
Además, el nuevo formato del Mundial apunta a un evento más exclusivo. El incremento en el precio de las entradas y la fragmentación de las transmisiones, ahora en plataformas de pago, refuerzan la percepción de un torneo menos accesible para el público general.
En lo deportivo, la selección mexicana tampoco logra ilusionar. Bajo la dirección de Javier Aguirre, el equipo llega con dudas y sin el impulso necesario para encender el fervor nacional.
Pese a todo, el Estadio Azteca volverá a hacer historia al albergar el partido inaugural el próximo 11 de junio, en el que México se medirá ante Sudáfrica. Será uno de los cinco encuentros que acogerá el mítico recinto, mientras Guadalajara y Monterrey completarán la limitada presencia del país en el calendario.
México se prepara así para su tercer Mundial como sede, tras los de 1970 y 1986. Sin embargo, lejos de repetir la euforia de aquellas ediciones, el país encara esta cita con una mezcla de escepticismo, tensiones políticas y un papel que muchos consideran secundario.

