Jugó 47 partidos con elo equipo de España y nunca marcó un gol

El ‘indepe’ catalán Pep Guardiola apoya a Argentina y no a España en la final del Mundial

El posicionamiento político y deportivo del ahora entrenador del Manchester City reabre un debate antiguo sobre identidad, memoria y selección española.

El 'indepe' catalán Pep Guardiola apoya a Argentina y no a España en la final del Mundial
Pep Guardiola. PD

Tonto no es, pero bueno tampoco. Y es una de las pruebas vivas, Pep Guardiola, de que se puede ser listo, culto, chic y cosmopolita y un sectario de mierda.

La final del Mundial 2026 ha puesto en el centro de atención no solo los aspectos deportivos, sino también algunos políticos.

Con la cuenta atrás en marcha hacia el partido que determinará a la nueva campeona del mundo, las palabras de Guardiola han irritado, como n0o puede ser de otra manera, a una parte de la afición española.

El contexto no contribuye a disminuir la tensión. España alcanza la final del Mundial 2026, que se celebrará este domingo 19 de julio de 2026, tras una trayectoria histórica y un estilo de juego que ha convencido tanto a aficionados dentro como fuera del país.

Al mismo tiempo, la figura de Guardiola, emblemático tanto del Barça del tiqui-taca como del independentismo catalán, irrumpe con fuerza en debates y redes sociales. Esto alimenta un intercambio que mezcla nostalgia, reproches y una incómoda pregunta: ¿qué le debe un exinternacional a la selección que le brindó su primera oportunidad?

De ícono de La Roja a voz crítica incómoda

Uno de los aspectos que más sorprende a los seguidores es el contraste entre la trayectoria de Guardiola como futbolista y su actitud actual. El técnico jugó 47 partidos con la selección española absoluta, participando en Mundiales y Eurocopas, además de representar al país en categorías inferiores. Formó parte esencial de la selección en los años noventa, durante la gestación de un estilo que luego sería heredado por el Barça y, más tarde, por la Roja que se coronó campeona en 2010.

Sin embargo, en la actualidad su discurso es considerablemente distinto. En sus recientes intervenciones, Guardiola ha dejado claro que no apoya ni a España ni a Argentina en la final del Mundial, e indica que su lealtad se divide entre aquellos jugadores que ha entrenado a lo largo de su carrera. Ha llegado a afirmar: «yo voy a ganar el Mundial», dirigiendo su atención hacia sus pupilos y no hacia símbolos como banderas o himnos. Este enfoque encaja con su trayectoria ideológica, pero choca con la percepción que una parte del público tiene de él como exinternacional español.

Otros medios también han recordado que, en fechas recientes, Guardiola manifestó abiertamente su preferencia por que Inglaterra fuera la ganadora del Mundial antes que España, lo que ha sido interpretado como un gesto antiespañolista, avivando así titulares polémicos. Tras una década en la Premier, construyendo un proyecto exitoso con el Manchester City, su conexión emocional con el fútbol inglés parece hoy más sólida —al menos en el ámbito de la simpatía pública— que la que mantiene con la selección que en su momento lo lanzó al escaparate internacional.

Un Mundial 2026 que también mide el pulso emocional

La final del Mundial 2026 llega con España en racha: ha cosechado una serie impresionante de partidos oficiales sin derrota, sobrepasando ya la treintena y poniendo en riesgo los registros legendarios de porteros como Iker Casillas o Walter Zenga. El equipo ha sabido manejar situaciones de gran tensión, como demostró en la semifinal ante Francia, resuelta con un contundente 0-2, lo que ha reforzado la percepción de un bloque sólido, maduro y competitivo. En el plano deportivo, la narrativa es casi de ensueño: generación renovada, fútbol combinativo, seguridad defensiva y una candidatura firme al título.

Sin embargo, en el ámbito social el tema se complica. Una parte de la opinión pública considera que la postura de Guardiola es irrelevante, defendiendo que un exjugador tiene derecho a apoyar a quien desee o incluso a no respaldar a nadie desde una óptica nacional. Otros, en cambio, encuentran incoherente e incluso despectivo que alguien que llevó la camiseta de la selección española rechace alinearse con ella en el evento más visible. El hecho de que Guardiola haya sido un símbolo del estilo que en su momento llevó a la Roja a la gloria añade una capa adicional de ironía al debate.

Desde las casas de apuestas, el enfoque es más directo: otorgan una ligera ventaja a España frente a su oponente en la final —las cuotas reflejan una victoria española por debajo de 2.50 en varias plataformas—, mientras que las redes se llenan de comentarios sobre a quién estará «animando» Pep: a sus exjugadores, a Inglaterra o al buen fútbol en general. El escepticismo es palpable; pocos creen que sus palabras sobre selecciones sean neutrales, y muchos las interpretan desde una perspectiva política, lo que convierte cada intervención suya en un caldo de cultivo emocional.

Antecedentes, identidad y pronósticos: un cóctel intrincado

El desencuentro entre Guardiola y parte de los aficionados españoles no es un fenómeno nuevo. Sus declaraciones a favor de la independencia de Cataluña y su participación en actos soberanistas han contribuido a crear una imagen de él como figura distante respecto a la selección y al concepto de España como proyecto común. Su silencio o indiferencia al hablar de la Roja contrasta con el entusiasmo que muestra al referirse al Barça, a la cantera catalana o incluso a la selección inglesa.

En el ámbito exclusivamente deportivo, su legado es indudable: el fútbol de posición, la salida desde atrás, la presión tras pérdida y el afán por mantener la posesión son ahora parte del ADN del equipo que se presenta en la final del Mundial. Varios jugadores de la Roja se han formado en escuelas que absorben las ideas que Guardiola llevó a su máxima expresión en Barcelona y Manchester City. Surge así una paradoja curiosa: una España que despliega conceptos y métodos hijos de la escuela Guardiola, mientras su principal impulsor se mantiene emocionalmente alejado de la camiseta roja.

De cara a la final, los pronósticos combinan análisis objetivo y emocional. En términos de juego, España parece ligeramente favorita por su continuidad, su estado físico y la madurez de su plantilla; en el plano emocional, el equipo llega en un clima menos tóxico que en torneos anteriores, a pesar de debates paralelos como el que rodea a su técnico. En el ámbito social, la imagen de exjugadores distanciados de la selección invita a reflexionar sobre hasta qué punto la identidad nacional en el fútbol sigue tan nítida como hace dos décadas, o si, por el contrario, las lealtades se han desplazado hacia clubes, estilos y figuras concretas.

Curiosidades en torno a Guardiola y la selección española

Guardiola disputó 47 encuentros con la selección española absoluta sin marcar un solo gol, pese a su papel crucial en el desarrollo del juego. Participó en dos Mundiales como jugador —los de 1994 y 1998—, en una etapa de transición generacional para la selección, aunque sin lograr alcanzar las rondas finales anheladas, y formó parte del equipo que logró el bronce olímpico en los Juegos de 1992, justo antes de su despegue definitivo en el Barça.

Como entrenador, ha alcanzado la cifra de 1.000 partidos oficiales dirigidos entre Barça, Bayern y Manchester City, club al que le vincula un contrato hasta 2027. En intervenciones recientes ha expresado que le gustaría que Inglaterra conquistara el Mundial, país donde ha desarrollado la parte más significativa de su carrera como técnico. Y, a pesar de sus reservas hacia la selección española, muchas de las estructuras de juego de la actual Roja siguen los patrones que él popularizó: posesión alta, presión intensa y una defensa que se mueve como centrocampistas.

El debate, de hecho, es recurrente: cada Eurocopa y cada Mundial desde hace más de una década reabre el diálogo sobre la relación de Guardiola con España, una historia que parece tan interminable como el toque distintivo de su fútbol.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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