OPEN DE AUSTRALIA

Un Djokovic feroz destroza el sueño australiano de Rafa Nadal

El serbio atropella al español y suma ya su séptimo título de Australia, su decimoquinto grande

Un Djokovic feroz destroza el sueño australiano de Rafa Nadal
Novak Djokovic. EP

Como subraya Enrique Yunta en ‘ABC’, este 27 de enero de 2019, no era el sitio y no ha sido el momento (El maestro Rafa Nadal da una lección de tenis a Stefanos Tsitsipas).

En Australia, en donde tantos sin sabores ha tenido, castigado en ese cemento repetidamente, Rafael Nadal volvió a quedarse a las puertas del cielo, anulado por un tenista sencillamente indomable (El feroz Djokovic apaliza a Pouille y jugará la gran final de Australia ante Nadal).

Otra vez Novak Djokovic, otra vez el serbio, campeón por séptima vez en Melbourne sin oposición, tan superior que la pelea fue mucho más fácil de lo esperado y duró un suspiro. El número uno lució galones y se llevó un torneo con unas formas estupendas, capaz de reducir a la mínima expresión a todo un titán como Nadal.

Es su ogro, no hay duda, y un campeón excepcional que ya cuenta 15 Grand Slams, a dos de su enemigo y a cinco de Roger Federer.

Es excepcional porque le ha tumbado en 28 ocasiones ya de 53 combates, que son muchísimas. De un tiempo a esta parte, Djokovic ha moldeado su juego y se sabe de carrerilla el patrón de Nadal, al que tortura cada vez que se cruzan en una pista rápida como la de Melbourne. Los ocho últimos partidos en dura entre estos dos tenistas han terminado de la misma manera, y ya se sabe cómo.

No habrá foto de portada para Nadal, ni se acercó a ello. Combatía contra la historia, que le hacía un guiño y le indicaba que podía convertirse en el único tenista de la era Open con, al menos, dos trofeos de todos los grandes, algo que solo Emerson y Laver lograron en tiempos de blanco y negro.

Sin embargo, a la hora de la verdad fue Djokovic el que destrozó la estadística y ya puede exclamar, con todo el derecho del mundo, que es el mejor, que en Australia nadie ha logrado tanto premio (siete copas, una más que Roger Federer y el mencionado Laver), que es casi imposible encontrarle un defecto cuando se emplea como lo hizo este domingo en las antípodas. Es una pasada, algo indescriptible.

Fue mejor, mucho mejor, y se benefició del bloqueo de un Nadal desconocido, al que le faltó chispa, sin gasolina misteriosamente. Saltó frío el español a la Rod Laver Arena y en un periquete vio cómo se le iba la final de manera irremediable, pues su rostro delataba un complejo impropio para alguien tan fuerte mentalmente.

Le llegaban bombas por todos lados y él no era capaz de desactivar ni una, llegando tarde a todas las bolas y a merced de lo que le proponía el balcánico. Fueron 36 minutos de primer set y cuesta recordar un parcial con tan poca oposición por parte del mallorquín.

Más que nada porque las cifras, que muchas veces son incuestionables, dicen que en ese tramo al resto solo hizo un punto, solo uno. No entendió nada Nadal, y tampoco su saque brilló como en las rondas anteriores, en las que cargó la mochila de autoestima y se le vació en diez minutos.

Cuando abrió los ojos, ya iba 3-0 abajo y soltó su primer «¡Vamos!», por orgullo e intimidar más que otra cosa, al cuarto de hora.

Djokovic completó un partido excepcional sin la necesidad de artificio, segurísimo desde el primer intercambio, terrorífico desde el fondo de la pista. Fue abriendo brecha, ahogó a su timorato enemigo y ni siquiera esta vez necesitó ese repertorio de gestos, muecas y gritos. Fue coser y cantar, un paseo sin precedentes que repitió guión en los capítulos posteriores.

El segundo set fue más de lo mismo, si bien es cierto que Nadal tuvo un arreón, casi milagroso, y llegó al iguales en un juego al resto. Fue lo más cerca que estuvo de quebrar el saque de Djokovic, siendo generosos, pero incluso tuvo un efecto adverso ya que el serbio, al verse por primera vez achuchado, despertó con una violencia descomunal. Prueba de ello es que se escapó de nuevo y, en 39 minutos, se puso a tiro de Grand Slam.

Le quedaba rematar, y no le costó demasiado. Buscaba la grada algo en Nadal, alentando por inercia para que la final tuviera algo de gracia, y al campeón de 17 grandes se le escurría su energía entre los dedos. Ni saque, ni derecha, ni dejadas, ni revés, ni aproximaciones a la red, ni variedad en los puntos, ni nada de nada. Si ya de por sí es complicado, con Djokovic es imposible.

En el tercer juego de la tercera manga se consumó el desastre. Perdió el saque Nadal por cuarta ocasión y tuvo unas consecuencias definitivas, desquiciado mientras golpeaba con el puño su raqueta y miraba sin consuelo y sin respuesta a su palco, igualmente hundido. Sin apenas aliento, y concediéndole únicamente algo de esperanza por tratarse de quién es, Nadal agonizaba irremediablemente.

Tuvo un soplo de aire fresco algo ficticio en el sexto juego, cuando dispuso de su primera oportunidad, la única de hecho, para romper a Djokovic, 30-40 para aspirar a algo. Sin embargo, un revés cruzado a la red terminó por confirmar que no era el día, al menos no el suyo. Estallido del serbio, brazos al cielo y directo al triunfo, puede que el más sencillo de todos los que ha firmado en sus ya 15 grandes.

Queda el consuelo de pensar en el buen torneo que ha hecho después de cuatro meses de parón, pero es una derrota de las que duelen porque en ningún momento fue Nadal. Con 13 puntos al resto no se puede aspirar a nada, es obvio, y tampoco con tan pocos recursos. Con todo, ya sabe, si es que no le quedaba claro, que Djokovic es su límite y que tendrá que remar lo indecible para acercarse a él. Conociendo al personaje, que nadie le dé por muerto. Por algo es Rafael Nadal.

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