La cuenta atrás: la cohesión de un futuro social que se resquebraja

(PD).-Los economistas lo llaman el efecto Modigliani. Ciclos estables de ahorro creciente y consumo desahogado que se quiebran de golpe con una intensidad dramática provocando una profunda sensación de shock social. Prepárese porque la crisis será larga y el Gobierno ZP, paralizado por el miedo, no tiene la menor idea de cómo salir del pozo mientras echa balones fuera culpando a Europa.

Ahora, simplemente, se oyen lamentos por la inacción del Gobierno ante la productividad perdida, quejas por el colapso de las ventas y vagas preocupaciones por el maltrecho crédito industrial. El malestar contra la situación se ha trasladado a otro segmento social, menos pudiente pero más numeroso y, por lo tanto, socialmente mucho más significativo, escribe Ignacio Camacho en ABC.

Basta recorrer unos kilómetros, carretera arriba o abajo, para tomar el pulso de esa deriva de decepciones. Pasear por Fuengirola, por Denia, por Matalascañas, cambiar la teka impermeable de los pavimentos y los suaves emparrados de jazmines y damas de noche por la solería áspera de los chiringuitos y los sombrajos de lona. Pegar la oreja entre las sillas de plástico de las terrazas populares y escuchar a los padres de familia eligiendo las raciones más baratas o clausurando con prudencia la tentación de una segunda botella de vino.

Oír las conversaciones que hablan del gasto inminente del nuevo curso, de la sombra de incertidumbre que planea sobre el contrato temporal de los hijos, de la angustia del vecino recién desempleado que ha suspendido su veraneo al recibir la carta de despido. La clase media zozobra ante la perspectiva de un otoño de cinturones prietos e hipotecas vencidas, que aguarda más allá de la luna llena, en el cuarto menguante de los salarios y las expectativas, al otro lado de las inminentes maletas cerradas camino de un septiembre incierto.

Los economistas lo llaman el efecto Modigliani. Ciclos estables de ahorro creciente y consumo desahogado que se quiebran de golpe con una intensidad dramática provocando una profunda sensación de shock social. Este verano, planificado sobre los postreros rescoldos del ciclo alcista, actúa aún como el espejismo amortiguador de un batacazo presentido, cuya inminencia amarga los últimos sabores del esplendor envueltos en el vapor contenido de una obligada prudencia de gasto.

Como los cohetes de las fiestas de agosto, cuya humareda se disipa en el cielo con los ecos del estallido más sonoro, las vacaciones se extinguen en un vacío incierto de tribulaciones en el que la breve retórica optimista del Gobierno se confunde con el brillo efímero de alguna perseida consumida en el fulgor de su propia estela. En el reloj de la burguesía trabajadora, cada noche de agosto es una vuelta en la cuenta atrás hacia el encuentro con una realidad amarga, amenazante y desesperanzadora.

La confusa alarma por la nación que se partía ha dado paso a la inquietud, mucho más densa, viscosa y extendida, por la cohesión de un futuro social que se resquebraja.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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