¿Quién rescata a los parados?

(PD).- Para evaluar con honestidad una circunstancia política conviene a veces proyectarla en el espejo de la simetría. No se trata tanto de un ejercicio de ficción estéril -¿qué pasaría si tal cosa ocurriese al revés o con otros protagonistas?- como de una reflexión para objetivar el criterio más allá de los prejuicios.

Escribe Ignacio Camacho en ABC que, así, por ejemplo, se puede especular qué habríamos dicho y/o pensado si, en vez de Rajoy, hubiese sido Zapatero el que expresara ante un micrófono indiscreto su verdadera opinión sobre el desfile del 12 de octubre; hay que convenir con honradez intelectual que al presidente le habría caído encima la del pulpo. O la del tigre, cuestión de gustos.

Del mismo modo es posible -y aconsejable- plantearse lo que ocurriría con el plan de rescate de los bancos en el caso de haberlo planteado un gobierno del PP.

Con toda certeza tendríamos a los socialistas desmelenados en la denuncia de un obsceno contubernio entre la derecha y el capitalismo financiero, siguiendo la ruta abierta por el odioso George W. Bush.

Los sindicatos ahora silentes promoverían una movilización contra semejante complot de los ricos contra los pobres, y la intelligentsia de izquierdas predicaría con énfasis retórico sobre la eterna y pervertida dualidad del dinero y el poder. Seamos sinceros: cualquiera albergaría siquiera en su fuero interno severas dudas sobre la ética social de una operación semejante.

Sin embargo he aquí que en realidad ha sido el Gobierno del PSOE el que ha seguido la receta del presidente americano, y la derecha la que, en su papel de oposición, ha proclamado en voz no muy alta sus reparos a que el mermado dinero de los contribuyentes sirva para reparar el agujero de una banca que se nos presentaba como fuerte, rocosa e impávida.

Tan elemental crítica ha provocado una reacción mayoritariamente escéptica, como si la derecha, por serlo, tuviese que defender automáticamente los intereses de las altas finanzas.

En la opinión pública española han sonado más raras las objeciones de los conservadores que el solícito amparo de los socialistas. Lo de los primeros es torpe populismo, lo de los segundos, un pragmatismo oportuno.

¿Doble rasero o más bien un sesgo viciado por la costumbre de las percepciones superficiales?

No estoy diciendo que el rescate de la deuda bancaria sea una medida incorrecta; existe consenso en que probablemente fuese la única posible para tratar de evitar males mayores. Pero resulta evidente que estamos ante una flagrante paradoja política, ante cuyas contradicciones más hirientes el Gobierno recibe -¿por ser de izquierdas?- el beneficio de la anuencia.

Y queda flotando la cuestión de cómo debe comportarse la derecha cuando la izquierda suplanta desde el poder su teórico discurso.
También queda pendiente otro plan de rescate: el de los ciudadanos en apuros, los parados y demás víctimas de la crisis.

Esta petición tan demagógica la ha formulado en España González Pons, uno del PP, pero antes se le había oído en los Estados Unidos… a un tal Barack Obama.

¿Relativismo? No, quizás algo mucho más simple: la elemental y cínica dialéctica entre quien tiene que gobernar y quien aspira a hacerlo.

VÍA ABC

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