El estribillo de Davos: “¿Cómo pudimos ser tan idiotas?”

El estribillo de Davos: “¿Cómo pudimos ser tan idiotas?”

(David Ignatius).- “¿Cómo pudimos ser tan idiotas?” Ese fue el estribillo de varios ponentes en la sesión del Foro Económico Mundial celebrada la semana pasada en torno a «lo que salió mal» para dar lugar a la crisis financiera global. No es que ellos se hayan equivocado, conste. En el caso de Davos, los ponentes escogidos habían acertado en su mayor parte al alertar hace varios años del desastre que se avecinaba. Pero por lo menos hubo un matiz de admisión colectiva de culpa.

Davos normalmente no muestra humildad. Después de todo, estos son los amos del universo, cuya reunión celebrada cada invierno se ha convertido en el símbolo del proceso de la globalización económica. Pero este año, con la economía global en la picota, hay una sensación de examen colectivo de conciencia corporativa. Más allá de los paneles de debate, se podía escuchar un suspiro colectivo de «¡Ahí va!» y el socorrido «¿ahora qué?”

Un motivo del tono de autorreflexión de este año es que los funcionarios estadounidenses, que parecen no poder resistirse a ocupar el papel protagonista en estas cumbres globales, en su mayoría han permanecido al margen. La ausencia de la administración Obama dio una sensación «post-estadounidense» a la sesión, pero conduce a error. La Barack-o-manía es igual de fuerte entre los titanes globales que en cualquier parte.

Las previsiones más optimistas aquí vinieron de los capitalistas «novatos,» el Premier chino Wen Jiabao y el Primer Ministro ruso Vladimir Putin. Wen dijo ver pequeñas señales de «esperanza» en el incremento del consumo nacional y de préstamo bancario en China. Putin habló como un capitalista renacido, diciendo que Rusia había sido testigo de los daños provocados por un exceso de control público de la economía, y que no volvería nunca a las políticas de la Unión Soviética. Sonó entusiasta sobre todo al hablar de las bajadas de los impuestos en Rusia.

Putin no pudo resistirse a la tentación de lanzar unas cuantas soflamas contra Estados Unidos por crear «la tormenta perfecta» que azota la economía global — citando comentarios informales de funcionarios estadounidenses en Davos hace un año y «la pobre gestión practicada» en los bancos estadounidenses. “Tal pirámide de expectativas debía venirse abajo,» decía el ex comunista, un verdadero creyente ahora de la disciplina del mercado.

Wen y Putin parecían sentirse por completo como pez en el agua dentro del club de directivos de Davos. El líder chino, vestido con un traje azul oscuro, hasta parecía haber dominado el vocabulario del presidente ejecutivo moderno de afectada ausencia de sinceridad, sazonando sus comentarios con frases como «Sólo quiero decirle que francamente,» o » con mi corazón en la mano.” Habló varias veces de “la apertura y la transparencia de China,» rasgos que no se atribuyen a menudo a la República Popular.

Putin, vestido con corbata roja y un traje a medida cortado a la última, mostró la delicadeza del ex agente del KGB ante las preguntas de los líderes empresariales. Rechazó una oferta con buenas intenciones de Michael Dell encaminada a ayudar al mercado ruso a vender sus habilidades informáticas, con un gesto rudo: «No somos inválidos… Los pensionistas son los que necesitan ayuda. Los países en vías de desarrollo son los que necesitan ayuda.” Putin y Wen hablaron igual que hombres que, si acaso, manifiestan más confianza ahora de la que mostraban hace unos años en que el mundo se mueve a su favor.

¿Cómo pueden haber sido tan idiotas los gigantes del capitalismo? Esa es la pregunta que recorrió Davos toda la semana, y la crudeza de los ponentes fue, a su manera, tranquilizadora. La economía global se puede haber ido al cuerno, pero la gente no ha perdido la capacidad de pensar críticamente en ello. Una de las críticas más elocuentes fue la de Niall Ferguson, profesor de historia en Harvard, que repitió una explicación que ha expuesto en varios libros recientes en torno a que «el deudosaurio» estadounidense va detrás de Gran Bretaña en el camino al declive y caída imperiales.

Los amos de la fiesta este año, rodeados de entusiasmados hinchas, fueron dos analistas económicos, Nouriel Roubini y Nassim Nicholas Taleb, que vieron venir el desastre antes que muchos.

Roubini sostuvo que los incentivos sesgados del viejo sistema habían garantizado casi la debacle eventual. Las hipotecarias habían ofrecido cuestionables hipotecas de riesgo; los bancos las habían respaldado, a cambio de un porcentaje; los bancos de inversión las habían convertido en valores exóticos, a cambio de una prima; las agencias de calificación de riesgos los evaluaron al alza artificialmente, a cambio de una retribución. El sistema «funcionó,» un rato.

Taleb, un ex corredor autor del libro «El cisne negro,» defendió que los grandes de Wall Street — que en teoría evitaban que los banqueros corrieran riesgos excesivos — fueron en la práctica una parte sustancial del problema, puesto que generaron la falsa impresión de confianza en el futuro. En lugar de buscar garantías en los referentes, aconsejó a los inquietos agentes echarse una caña o sumarse a alguna religión.

«Es más fácil decir ‘que sea lo que Dios quiera,’ que decir ‘ no tengo ni idea,’” decía Taleb en lo que podría haber sido el lema de la cumbre de Davos de este año.

© 2009, Washington Post Writers Group

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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