La exministra de Zapatero demonizaba su producción tirando de argumentaciones maniqueas

Nuclear, un futuro sin complejos, a pesar de Cristina Narbona

Evita la emisión de 60 toneladas de CO2 al año, mantiene la producción eléctrica estable durante todo el año y es la industria más supervisada e inspeccionada de las existentes

Nuclear, un futuro sin complejos, a pesar de Cristina Narbona
Cristina Narbona PD

Cristina Narbona, la que fuera ministra de Medio Ambiente, ha vuelto a sacudir a la energía nuclear aún a pesar de demostrarse sus beneficios económicos y energéticos. Una vez más la ideología va por delante del sentido común.

La energía nuclear no se ha sacudido el estigma que arrastra dese hace 35 años de Chernóbil. Pero conviene pasar a limpio lo que conocemos de ella y darle contexto. Pocas industrias como la nuclear están sometidas a tantos controles de seguridad, tanto de la propia empresa explotadora, como de los mecanismos reguladores y administraciones.

Chernóbil fue un lamentable accidente que nació de un país que comenzaba a dar muestras de desmoronamiento, al que se le veían las costuras cuanto más intentaba echarle el guante a su principal enemigo, Estado Unidos. A mediados de los 80 -Chernóbil se produjo el 26 de abril de 1986- la URSS daba muestras claras de agotamiento. Se encontraba en sus estertores que se confirmarían tres años después, en 1989, con la caída del muro de Berlín.

La central de Chernóbil ni el país tenía ni las medidas de seguridad, la preparación técnica de los expertos ni los avances tecnológicos y económicos para acoger a la nuclear. Fukushima no dejó de ser un lamentable accidente que se controló con celeridad.

Frente a lo que se puede pensar, la historia ha demostrado que es una fuente de energía segura. En Estados Unidos hay 98 centrales; Francia tiene 58; Japón, 42; Corea, 24… Lo datos avalan la argumentación de que es una energía segura y se ha demostrado como la mejor alternativa a los combustibles fósiles. En total, evita la emisión a la atmosfera de 60 millones de toneladas al año.

Por ello, cuando este pasado fin de semana, la ex ministra de Medio Ambiente de Zapatero y presidenta del PSOE, Cristina Narbona, demonizaba su producción tirando de argumentaciones maniqueas, lo único que hacía era reafirmar sus virtudes. Por lo pronto, el volumen de producción eléctrica es enorme, lo que permite abaratar sus costes y llegar a un segmento de población mayor. Democratiza el precio de la electricidad, especialmente, en las zonas muy frías. Así, lo ha entendido incluso la Comisión Europea que el pasado 1 de enero lanzó una propuesta para que sea reconocida como una fuente vital para la transición hacia un futuro sin emisiones de C02.

Baste dar un solo ejemplo reflejado en nuestro país vecino. Francia, el país europeo con más plantas nucleares, que realizó una apuesta decidida por esta fuente energética hace unos 30 años, el resultado es que la red eléctrica actual del país está prácticamente exenta de emisiones de carbono. Además, tiene las tarifas eléctricas más bajas de Europa.

Las centrales nucleares tienen una producción constante. Están funcionando el 90% del año. Solo realizan un parón técnico para mantenimiento, para comprobar que se cumplen todas las medidas de seguridad. Además, no depende de cuestiones geoestratégicas o políticas. Tenemos el ejemplo actual de Ucrania y de cómo la tensión en ese país ha disparado los precios del gas en toda Europa. Esta circunstancia ha disparado, a su vez, el precio de la electricidad, ya que tira de esta fuente cuando hace falta complementar la demanda. A diferencia del petróleo, el precio de la energía nuclear no sufre oscilaciones, se mantiene constante en el tiempo. Asimismo, representa una fuente de energía casi ilimitada, frente a los combustibles fósiles que ha empezado a descontar horas al reloj.

Tampoco tienen comparación las emisiones de efecto invernadero que genera la energía fósil y la nuclear. La quema de petróleo y gas produce enormes cantidades de CO2 y dióxido de azufre que es el causante del efecto invernadero. La consecuencia, la crisis climática en la que nos encontramos. El humo blanquecino que sale de las chimeneas de las centrales no son gases se trata, en realidad, de vapor de agua.

Desde luego, sería absurdo pensar que su producción es inocua. Claro que está sometida a riesgos pero estos, como se han demostrado a lo largo de los años, son ínfimos y los beneficios son mucho mayores.

De igual forma, nada tiene que ver la gestión de los residuos que se hacían hace 20 o 30 años a la que se realiza ahora. Quien piense que, simplemente, se hace un hoyo en el suelo y se les entierra o se les hace desaparecer en bidones rellenos con cemento en alta mar, se equivocan. Hay todo un elaborado sistema de seguridad ideado para perdurar y evitar que afecte al entorno. Se puede alegar, también, para posicionarse en su contra que la construcción de una planta nuclear es muy cara y que su mantenimiento tampoco es barato. Eso es cierto, pero no lo es menos que durante el periodo de vida útil de la central rentabiliza con creces cualquier inversión que se haya hecho.

Por todo ello, descartar una fuente de energía como la nuclear es negarnos nuestro futuro, sobre todo, ante lo incierto futuro de la producción de los combustibles fósiles que se ha revelado como incompatible con el futuro de nuestro planeta y de la vida.

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