La tecnología del sector de la automoción está experimentando tales avances que hoy en día un coche ya podría circular por la carretera sin que nadie se sentase tras el volante

La conducción autónoma llama a la puerta

Para que esto se produzca de manera legal y generalizada pueden no quedar más de 5 años, y el principal escollo para su éxito será la reticencia de las personas

La conducción autónoma llama a la puerta
Intelligent Drive interior The Motor Lobby - S.H

Los coches sin conductor no son cosa del futuro. Son el presente. Imagina que coges tu teléfono y pides un taxi sin conductor. Abres una app y usas tu huella dactilar para autorizar el pago. No hay dinero en metálico de por medio. El taxi llega al punto de recogida usando los datos de GPS que le proporciona tu teléfono. Indicas cuántas personas te acompañan y si llevas equipaje. Tu huella dactilar te facilita la entrada y el taxi sólo arranca cuando te has abrochado el cinturón de seguridad y has cargado el equipaje. El vehículo ya sabía cuál era tu punto de destino y cuánto iba a tardar en alcanzarlo antes de llegar a recogerte.

 Te recuestas en tu asiento mientras el coche se desliza ágilmente entre el tráfico, mientras comprueba en todo momento si la ruta elegida es la más rápida y eficiente. Llegas a tu destino. Sales del coche y las cámaras y sensores detectan que no hay nadie dentro y que has recogido tu equipaje. La transacción se completa. El móvil registra el pago y el taxi parte a por su siguiente cliente o hacia su estación de carga.

Hace un par de años, este sería un relato de ciencia-ficción. Hoy es una realidad mucho más cercana de lo que parece. De hecho, Elon Musk, CEO de Tesla y uno de los involucrados de lleno en el proyecto de lanzar al mercado un coche sin conductor, se atreve a decir que faltan cinco años como mucho.

Y cinco años no son nada. Todavía quedan algunos problemas por resolver antes de que sean baratos, lo suficientemente rápidos (desde el punto de vista de su velocidad de procesamiento de datos en tiempo real) y lo suficientemente atractivos como para convertirse en una alternativa comercial. Los pioneros tendrán que conformarse con coches lentos y caros. Pero el ritmo de evolución será altísimo.

La mayoría de los artículos que se encargan de hablar del desembarco masivo de los coches sin conductor hablan de la comunicación M2M (machine-to-machine): los coches serán capaces de avisar a otros coches de peligros que no están viendo, como obstáculos en la vía, badenes o carreteras resbaladizas. También pueden comunicar su velocidad e intenciones de maniobra –si tu coche quiere cambiar de carril podrá indicárselo al vehículo que te antecede, que a su vez reducirá su velocidad para facilitar la maniobra–. Las comunicaciones M2M a alta velocidad permitirán que un grupo de coches tenga un comportamiento colectivo, como el de una colmena. De este modo, podremos viajar mucho más deprisa y mucho más juntos de lo que como humanos podemos hoy. Los coches así coordinados acelerarán y frenarán de una manera tremendamente eficiente, reduciendo atascos, consumo de combustible y emisiones.

La liberación de las congestiones

Sin embargo, esta no es la clave principal que hará que disminuyan los atascos. En la mayoría de las grandes ciudades, casi todos los semáforos están conectados y se coordinan a través de un sistema centralizado de gestión del tráfico. Estos sistemas cuentan con una red de sensores construida para medir volúmenes de tráfico en tiempo real y conseguir que ese tráfico sea capaz de fluir de la manera más ágil posible. En su configuración actual, se basan en datos históricos para intentar predecir dónde se van concentrar los atascos e intentan tomar medidas para que eso no ocurra.

¿Cuál es el fallo más grande de los actuales sistemas de gestión de tráfico? Que no saben dónde quiere ir cada conductor. Si en una ciudad llena de coches pudieras saber dónde está cada coche y a dónde se dirige, podrías planificar sus rutas de manera que todos ellos circulasen del modo más eficiente posible para llegar a su destino. Y, si les pudieses decir cuándo cambiar de carril, cuándo acelerar o cuándo detenerse, serías capaz de erradicar casi por completo los atascos.

Esto nos devuelve a los coches sin conductor. Una ciudad llena de ellos podría ser una ciudad libre de atascos. Los coches sin conductor hablan. Saben a dónde van de antemano. Son capaces de seguir instrucciones de otros coches. Un sistema centralizado de gestión de tráfico que los dirija puede decidir exactamente cómo llegan a su destino. Y será rápido.

Es éste un futuro sin semáforos, señales de tráfico, carriles o líneas en la carretera. No habrá calles de sentido único –cada calle podrá circularse siempre en ambos sentidos–.  Los coches pasarán a gran velocidad a pocos centímetros unos de otros. Los peatones podrán cruzar de manera más ordenada y segura. La carretera parecerá un caos, pero será como una bandada de estorninos. Tremendamente armónica dentro de esa aparente confusión.

Una infografía publicada por WeeklyScience a finales del año pasado y que reproducimos hoy aquí resumía perfectamente las externalidades positivas que el coche sin conductor puede tener en un país como Estados Unidos. Los números son tan contundentes que, aunque sólo fuesen ciertos a medias, el avance seguiría siendo abismal.

Carreteras sin víctimas

Cinco millones de accidentes menos. Dos millones de lesiones impedidas. 30.000 muertes evitadas. 400.000 millones de dólares ahorrados en costes derivados de esos accidentes. Sólo en Estados Unidos, repetimos. Con detalles menos importantes que las vidas, pero relevantes desde el punto de vista económico: cerca de 5.000 millones de horas menos que la gente pasará dentro de su coche yendo de un lugar a otro, 100.000 millones de dólares ahorrados en la quema de combustible, con sus correspondientes emisiones a la atmósfera y necesidades energéticas. El cambio es tan sustancial que es difícil encontrar razones que se opongan seriamente a su implantación.

Y, sin embargo, el principal problema seremos nosotros: no acabamos de verlo. Sólo el 57 por ciento de los consumidores confían hoy en el coche sin conductor. Y el porcentaje varía enormemente en función de las regiones del planeta a las que preguntemos. La regla general es que los mercados emergentes tienen un nivel de confianza mayor (94 por ciento en Sudamérica, 86 por ciento en Oriente Medio y 70 por ciento en China) y los mercados más desarrollados, aquellos llamados a ser vectores de su implantación, tienen un problema de confianza más acusado (60 por ciento en Estados Unidos, 45 por ciento en el sur de Europa y 38 por ciento en Europa central).

El resumen es que todos coincidimos en que el coche sin conductor es el futuro, pero pocos estaríamos dispuestos a comprarnos uno. La curva de adopción podría ser especialmente larga en un producto como este. Cualquier migración desde sistemas de control tradicionales será lenta e incremental. Saber dónde necesita ir cada coche no es tan útil si las arterias principales de cada ciudad tienen más coches que asfalto, o si el tráfico está compuestos de una mezcla heterogénea de vehículos con y sin conductor.

Esta revolución acabará siendo más una evolución que un cambio radical. Nuestros coches irán modificando gradualmente el equilibrio entre las decisiones que tomamos nosotros y las que toma un ordenador, hasta que levantemos las manos del volante y los pies de los pedales. Puede llevar tiempo, pero acabará pasando. Y la transformación acabará llegando también a todas las industrias y servicios relacionados con el automóvil, entre los que por supuesto está los seguros.

No es arriesgado decir que, en el sector seguros también, el impacto será enorme pero gradual. Todavía habrá personas y bienes de mucho valor susceptibles de sufrir daños. El riesgo irá bajando considerablemente, pero las aseguradoras seguirán siendo necesarias. Quizá su manera actual de operar es la que tiene fecha de caducidad; su función, no. En esencia, todavía será necesario establecer primas como una función del activo en riesgo y su probabilidad de daño, pero hay que buscar soluciones como las que plantea Next Seguros. Y mientras quede un hombre conduciendo por carretera, esa probabilidad nunca podrá ser cero.

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