Historia

¿Sabías que el espionaje y la ambición fueron los pilares de la primera fábrica de la historia?

¿Sabías que el espionaje y la ambición fueron los pilares de la primera fábrica de la historia?
Fábrica YT

Una fábrica (del latín fabrica, «obra»​) según wp, también denominada planta industrial o recinto fabril, es un lugar físico (o virtual), abastecido de máquinas, herramientas, y espacio, necesarios para la elaboración o producción de algún objeto material o de algún servicio.​ Habitualmente, el vocablo se asocia con un lugar físico donde se procesan materias primas, pero en la economía moderna también se extiende el concepto a los lugares virtuales​ en los que se generan servicios, por extensión del proceso de transformación de ideas en servicios útiles, así como por ejemplo la capacitación.

Piamonte, en el noroeste de Italia, es célebre por su buen vino. Pero cuando un joven inglés, John Lombe, viajó allá a principios del siglo XVIII, no fue a saborear una copa de Barolo. Su propósito era el espionaje industrial, según recoge el autor original de este artículo Tim Harford en BBC, Serie «50 cosas que hicieron la economía moderna» y comparte Manuel Trujillo para Periodista Digital.

Lombe quería descubrir cómo los piamonteses hilaban los fuertes hilos que producían los gusanos de seda.

Piamonte era famosa por su innovadora producción mecanizada de seda.

Divulgar tales secretos era ilegal, por lo que Lombe se colaba en los talleres después de oscurecer y dibujaba diagramas de las máquinas de hilar a la luz de las velas.

En 1717, llevó esos bocetos a la ciudad de Derby, en el centro de Inglaterra.

La leyenda local dice que los italianos se vengaron enviando a una mujer a asesinarlo.

No se sabe si fue así, pero lo cierto es que John Lombe murió repentinamente a la edad de 29 años, poco después de su aventura piamontesa.

El caso es que si bien Lombe se robó los secretos italianos, la forma en que él y su hermanastro mayor los usaron fue completamente original.

Los Lombes eran comerciantes de textiles, y cuando hubo una escasez de hilo de seda, decidieron que era mejor dejar de depender nadie.

En el centro de Derby, junto al caudaloso río Derwent, los hermanos Lombe construyeron una estructura que en sería replicada en todo el mundo: un edificio largo y delgado de cinco pisos con paredes de ladrillo liso interrumpidas por las rejillas de las ventanas.

El edificio, completado en 1721, albergaba tres decenas de máquinas grandes impulsadas por una rueda hidráulica de 7 metros de altura.

Fue un dramático cambio de escala que marcó el inicio de la edad de las grandes fábricas.

La funcionalidad de la fábrica de seda Derby era tan sensata que operó durante 169 años, deteniéndose solo los domingos y durante las sequías, cuando el Derwent fluía lentamente.

Durante ese período, la economía mundial se multiplicó por cinco, y las fábricas fueron una parte importante de ese crecimiento.

Los intelectuales lo notaron.

El autor Daniel Defoe visitó la fábrica de seda maravillado.

El primer libro de economía moderna, «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, publicado en 1776, comienza con una descripción de una fábrica de alfileres.

Tres décadas más tarde, el poeta William Blake escribió su famosa frase sobre las «fábricas oscuras y satánicas» de Inglaterra.

Las preocupaciones sobre las condiciones en las fábricas han persistido desde entonces. Los críticos denunciaban que la explotación en las fábricas era un mal similar a la esclavitud, una afirmación impactante de entonces y ahora.

Después de visitar las fábricas de Manchester en 1832, la novelista Frances Trollope escribió que las condiciones en las fábricas eran «incomparablemente más severas» que las sufridas por los esclavos de las plantaciones.

Quienes recorrían las áreas rurales de la década de 1850 en Massachusetts tratando de persuadir a las «doncellas de mejillas rosadas» para que se fueran a la ciudad a trabajar en las fábricas fueron apodados «esclavistas».

Inspirando a su amigo Karl Marx, Friedrich Engels, cuyo padre era dueño de una fábrica de Manchester, escribió poderosamente sobre las duras condiciones para los obreros.

Pero Marx, a su vez, resaltó el hecho de que tantos trabajadores concentrados en un solo lugar podían organizar sindicatos, partidos políticos e incluso revoluciones. Tuvo razón respecto a los sindicatos y los partidos políticos, pero no sobre las revoluciones: estás no se produjeron en sociedades industrializadas, sino agrarias.

Los revolucionarios rusos no tardaron en acoger la idea de las fábricas.

En 1913, Lenin había condenado los estudios de microgestión dirigidos por el cronómetro del ingeniero Frederick Winslow Taylor como «avances en la extorsión del sudor». Después de la revolución, tomó el cronómetro en sus manos, y declaró: «Debemos organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema de Taylor».

En las economías desarrolladas, las oscuras y satánicas fábricas de Blake dieron paso gradualmente a fábricas más limpias y avanzadas, aunque, por supuesto, las otras todavía existen.

Sin embargo, desde hace un tiempo el foco está en las condiciones de trabajo de las fábricas en los países en desarrollo.

Los economistas han tendido a creer que a pesar de que en algunas de esas fábricas predominan condiciones laborales de explotación son mejores que la alternativa de una pobreza aún más extrema en las áreas rurales.

Ciertamente han logrado atraer a los trabajadores a ciudades de rápido crecimiento en todo el mundo. La manufactura ha sido considerada como el motor del desarrollo económico rápido.

La historia ofrece varias pistas.

Las fábricas siguen creciendo. La fábrica de seda Derby del siglo XVIII empleaba a 300 trabajadores, un paso radical en un momento en el que incluso el trabajo a máquina podía llevarse a cabo en casa o en un pequeño taller.

Las fábricas del siglo XIX en Manchester que horrorizaron a Engels podían emplear a más de 1.000 personas, a menudo incluyendo a mujeres y niños.

Las fábricas modernas en las economías avanzadas son mucho más grandes: la fábrica principal de Volkswagen en Wolfsburg, Alemania, emplea a más de 60.000 trabajadores, la mitad de la población de la ciudad.

Y el Parque Científico y Tecnológico de Longhua en Shenzhen, China, mejor conocida como la ciudad de Foxconn, emplea a al menos 230.000 trabajadores (y, según algunas estimaciones, 450.000) para fabricar iPhones de Apple y muchos otros productos.

Estos son números asombrosos para un solo sitio: toda la franquicia de McDonald’s en todo el mundo tiene menos de dos millones de empleados.

El aumento en la escala no es la única forma en que la ciudad de Foxconn sigue la tendencia histórica.

Como en la década de 1830, hay preocupación por el bienestar de los trabajadores.

En Shenzhen, después de una serie de suicidios de obreros, la compañía instaló redes diseñadas para atrapar a cualquiera que salte del techo, aumentó los salarios y redujo las horas de trabajo.

En China, las huelgas grandes son comunes, y -como señala Yuan Yang, del diario Financial Times- en una de las grandes ironías de la historia, el gobierno chino reprime a los jóvenes marxistas que tratan de sindicalizar a los trabajadores.

No obstante, como ocurrió en Occidente muchas décadas antes, ha habido algunos avances. El veterano periodista James Fallows, que ha visitado 200 fábricas chinas, dice que las condiciones han mejorado dramáticamente con el tiempo.

Los secretos comerciales fueron la piedra angular la primera fábrica, y no perdido su valor.

Las fábricas chinas aún son reservadas: Fallows se sorprendió de que se le permitiera ingresar a la planta de Foxconn, pero le dijeron que no debía mostrar ni mencionar las marcas de los artilugios que salían de las líneas de producción.

La fábricas solían centralizar el proceso de producción; entraban materias primas y salían productos terminados.

Los componentes eran hechos en el sitio o por los proveedores al alcance de la mano. Eso ahorraba el problema de transportar objetos pesados ​​o frágiles en medio del proceso de fabricación.

Pero los procesos de producción de hoy son globales.

La producción se puede coordinar y monitorear sin necesidad de proximidad física, mientras que los contenedores de envío y los códigos de barras simplifican la logística

Las fábricas modernas, incluso gigantes como la ciudad de Foxconn, son solo pasos en una cadena de producción distribuida. Los componentes viajan cruzando fronteras en diferentes estados de ensamblaje.

Los trabajadores de la ciudad de Foxconn, por ejemplo, no hacen iPhones.

Como se dice en la parte posterior de cada teléfono, están diseñados por Apple en California, pero se «ensamblan» en China, usando vidrio y productos electrónicos importados de Japón, Corea, Taiwán y Estados Unidos.

Las grandes fábricas llevan siglos supliendo al mundo. Ahora el mundo se ha convertido en la fábrica.

Autor

Manuel Trujillo

Periodista apasionado por todo lo que le rodea es, informativamente, un todoterreno

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