El Acento

Antonio Florido

Alguien preguntó…

Escribo para dejar de ser, para pensarme, para dejar atrás las sombras donde estuve, donde viví, o creí hacerlo; escribo para ser otro, distinto, más humano o más amargo, no sé; un suicidio gradual e imparable; una disconformidad sublime; escribo para crear la utopía, para retorcer este nervio que piensa y percibe; para alejarme del hombre, esa creación de la subcultura natural, efervescente y cómico, fugaz, prescindible e irrisorio; escribo para reinventarme y para gritar que me dejen en paz, para decirle a todos que todos me son insoportables; no, no me pregunten para qué escribo, no me descosan más el alma, no hurguen, no me distraigan de mi delito de vivir.
No es tan difícil este ejercicio de desaparecer. Comienzas sosteniendo la pluma, observando su largo, su estrecha silueta, su delgada armonía. Luego desabrochas las piernas, la cintura, aguantas el dolor de la evanescencia. Escribes ahora como si nada, como si el mundo fuese hoy la misma hedionda apariencia de entonces; como si nunca te hubieses despertado. Vives dormido, o sueñas en una vigilia atroz, llena de remordimientos por lo que aquella vez pudiste y no fue. Vives o duermes.
Empiezas ya la comedia de todos, están esperando, bostezos en los asientos. Descansas tu yerma alegría y observas sus rostros de muerto. Te queda tan poco que has de gozar cada instante. A cada momento sostienes esa risa inquieta de cuando eras niño, mientes y escupes, llenas tus dedos de barro, como en aquellos días. Luego la siguiente línea. Mojas la pluma y vuelves a ensuciar la cuartilla. Ahora el tiempo fugaz ya dio paso a otro tiempo; eres otro el que escribe, aunque aún no lo hayas sentido; otro, siempre el otro que espera en los rincones de tu casa; en los distantes espacios, en los aromas a flor que un día olvidaste; eres ese otro ansiado; has vuelto a nacer; y continúas escribiendo, resolviendo la duda de quien tuvo la osadía de preguntar; justificas acaso tus palabras; todavía notas un grumo de pudor y de vergüenza acrecentadas; te pueden; no eres libre, al fin; por eso también escribes; para volver tu piel del revés y mostrar el anverso del Antonio que piensa, en nervio dispara, en nervio de seda sostiene el silencio, callado, simplemente observando la decadencia del mundo; escribes desmayadamente, casi sin fuerzas, alejando la terrible podredumbre que te embarga.
Me has preguntado…
La pluma te mira y requiere, por eso tal vez sigues derramando la tinta, azul cárdeno de la poesía, de la rima convaleciente, la que jamás has buscado. Escribes por el qué dirán, por lo superlativo de la envidia, por los sentires de hombre que salen de tus muñones; descoses el pecho de tus pensamientos y vuelves a crear de la nada, de la nada extraes un nuevo declive. El hombre que nació va desapareciendo, y yergue su hermosura en una neblina extraña, que surge de pronto. Aquello de antes ya fue torciendo el destino y poco a poco encuentras otro tú, otro yo, otro mundo; por eso también quizás escribas. La eterna muerte de siempre, a cada día, repetido día del mito que cruje y que grita; no, quizás no te equivoques cuando buscas sin descanso esa tibia dulzura del verso, arrullo en la línea, en la estrofa perfecta, o travesada figura que dice lo que dice; quizás estés en lo cierto y vivir no sea más que la declamación en voz alta de los reiterados suicidios que en alguna ocasión intuiste; es todo tan vago y esponjoso, tan inútil en riesgo, tan inoportuno; como la vida, sí, como la vida misma, improcedente y desvergonzada; sí, como esa misma vida en la que piensas, en la que somos.

Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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