El Acento

Antonio Florido

La Quintrala

La Quintrala

18. UNA LEYENDA

―A mí me dijeron.
Dicen que el fuego es rojo, que la tierra es roja como la rabia, que la gente se ha vuelto loca por el rojo filo que se dibujó aquella tarde en la cordillera, eso dicen.
―Cuéntame, no soy de aquí, Mario, necesito, quiero saber.
―Poca cosa, Nando. Hablan de ella porque la tarde se ha vuelto encarnada. La gente le tiene miedo. Ha pasado mucho tiempo y todavía se esconden por los soportales o se van a casa, huyendo.
¡Cuántos días y noches!
Ocurre cada cierto tiempo. Es la Quintrala, Nando, así se llama. Hablan de ella como si estuviese viva, pero nadie sabe que ella murió o desapareció o se entretuvo por los callejones, escondida tras las esquinas o en los oscuros soportales. Huía de los vecinos de Santiago. Pretendían hacer en la capital la justicia de mucho antes. Aunque ya era tarde, todo había pasado. Digo que la tomaron con la mujer, que si era mala y esas cosas, que si acababa con los hombres. Nació en La Ligua, allí vivió y consumió lo más sustancioso de su vida. Todos aseguran que la hacienda estuvo más allá, en el sur muy lejos, en el camino que desaparece de manera rara; otros atestiguan que la vieron muchas veces pasear por las callecitas solitarias de la capital. Poco llegó a saberse de la verdadera historia de la Quintrala, solamente nos dejó su nombre, escrito en todas las diligencias infamantes de la época. Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer. Agraciada y caprichosa, eso dicen. Yo la imagino alta, Nando, con el pelo largo y ensortijado y con una voz sorda y amortiguada. Pero no debemos echar demasiada cuenta de estas cosas. La llaman de una manera insultante, digo. Fue en el XVII, de entonces se sigue construyendo un edificio inmoral y lleno de crueldades. Su descendencia ha desaparecido por el clamor del pueblo que la tuvo en tanto, que las cosas se olvidan y luego se retuercen. Ahora sólo quedan los hombres y los niños asustados por las leyendas.
Nuestro país es una tierra de cosas inauditas. Hay de todo. Todo se presta a ensanchar las realidades. Mar y montaña, costa infinita, nieve y valle. Todo. Es como si las palabras se fuesen sembrando como se siembran los pastos. Una cosa extraña. Cosechas de hablar y hablar. Aunque lo de hoy está justificado porque el filo quebrado surgió de pronto con un ribete crespo. Los otros miran y piensan, tratan de oír lo que no se puede, sólo nosotros somos capaces de entender el idioma misterioso de la leyenda de esta mujer hermosa. Te diré, Nando. Sí, lo has merecido, te iré contando poquito a poco. Escucha bien y apunta todo. Se llamaba doña Catalina de los Ríos y Lisperguer. Mujer engreída, pero hermosa como la rabia de un perro, provocativa en sus maneras, intensa. Tenía la mujer un esposo que no la merecía y vivían en una gran y encantadora hacienda. Nadie supo nunca cuán y cómo sucedió, por qué ni dónde se confabularon las circunstancias. Una buena mañana alguien había colocado al senescal en medio de un patio rodeado de plantas y piedras. Se formaron arcos y crecieron techos abovedados. La casa se hizo grande y las gentes bajaban de las montañas para ver ese prodigio, como si una tradición estuviese principiando en aquel lugar sin historia ni merecimientos. La zona era pobre. La gente era pobre. Los indios nunca llegaban tan arriba en el país, se quedaban en las tierras aplacadas, en la costa larga, en esos valles verdes y amarillentos. El senescal abrió los ojos y pensó que necesitaba alguien para obedecer, alguna compañía que le ayudase. Formó una especie de quimera con los pensamientos desparramados al tresbolillo. Nadie lo entendió pero el encargado alardeaba siempre de haber conseguido lo que todos habían soñado y nadie pudo. Nació así la hacienda en medio de la nada, en ninguna parte, entre el monte y el agua, en el extenso llano donde podíamos ver las siembras olvidadas y maduras.
Nando escucha con el sombrero en las manos. Lo va girando con las yemas de los dedos y el hombre fuma, bebe, oye. Vive en el interior de un alma. Siempre lo quiso así. No necesita nada, sólo un cigarrillo y una mañana larga y triste, unos papelitos blancos y algo con lo que escribir, después se le va la cabeza y se olvida de todos, escribe con la raíz de la pluma, inventa lo que nunca ha sucedido, crea el mundo al justo tiempo, a la medida de un ser escondido. El hombre se va encajonando entre las letras y le nace una sonrisa vaga hasta que logra expresar los titubeos del alma en este día soso. Le voy contando lo que a mí me fueron contando los amigos de tan lejos.
―La Quintrala estaba en boca de todos. Por eso la gente iba de acá para allá, mirando por encima de los tejados, de esos edificios de cristal y cemento. Que si ha atardecido extraño, eso oí decir a los que pasaban. La tarde se hizo en mí y comencé a leer la triste historia de los indios que cayeron en manos de doña Catalina. La tradición cuenta que la tomaron de pequeña y no pudo hacer otra cosa, le tomó entonces por la rabia de los indios. Está demostrado que maltrataba a los sirvientes. De noche se entretenía en mandarles cosas imposibles y los pobres se miraban y no sabían, y ella los llamaba, así toda la noche. En la mañana se levantaba bien temprano. Doña Catalina era la señora, la dueña de las tierras y del futuro. Aprendió que la vida de un indio vale lo que vale. A pesar de todo, indios llegaron muchos a pedir trabajo. Se morían de hambre y pedían trabajo. ¡Oye! ¡Pobres! La Ligua iba creciendo. Ella decía, no vengáis. Y entonces ellos mostraban a sus hijos. Los niños dan lástima. También los viejos. A los desgraciados les faltaba pan y algo de decencia. A la señora le gustaba oír el llanto de los hombres. Le recordaban sus primeros años. También se alegraba al ver a sus mujeres de rodillas. Y a los niños por el suelo sin saber que el mundo, mundo es, y que las cosas son así, que el que manda puede con tu vida. Aquí no hay historias de enamorados, Nando, ni de hombres que se van perdiendo. Solamente es ella. La historia de una mujer a la que quisieron matar como si se hubiese tratado de una alimaña.
Allí se le arremolinó el pelo, montaron al indio sobre los lomos del burro, lo maniataron, le colocaron a la mujer la vara entre sus dedos blandos, se fueron alejando y doña Catalina comenzó a golpear las espaldas y el indio a pegar saltos, a moverse como podía, pero era en balde, las carnes negras se fueron agrietando en pinceladas rojas. El pobre se desangró en un grito mudo en un charco de almagre. Sublime contraste en la mañana de La Ligua. Le gustaba, como digo, recrear el dolor del mundo en el dolor del hombre, el color olvidado en los ojos de un triste. Tibia dulzura en el azul y el negro y el rojo.
―¿Por qué tanta crueldad, Mario, de qué sirve?
―¿Tonces?
Volvió a quedarse serio, encendió el cigarro, bebió.
―Lo sabes bien. En todas partes la misma tragedia. La llevamos cosida desde que nos traen al mundo. El hombre quiere y no sabe y no puede, y sigue queriendo hasta que se le rompen las esperanzas, entonces empieza la desilusión de cada día, el miedo que le ahoga. Necesita exprimir la vida a cualquier precio. Se ve perdido como un soñador en medio del desierto. Y le ocurre como a ese senescal, a esas piedras que nunca fueron, a esas plantas nacidas sobre las losas. Una cosa ingrata. Como el quitral, escucha esto, así de rojo el pelo sobre los hombros, de ahí que la llamaron La Quintrala. Dices que por qué tanta crueldad. Prefiero pensar en la creación como acto de tremenda bestialidad para con el prójimo, desear lo que nunca hubo, esto es, edificar un pensamiento en la carne del otro, oír la canción angustiosa del hermano que se queja por nada, por unos simples varazos en la espalda, cuando ni siquiera repara en que se trata de una tabla de salvación que le indica que sigue vivo. Deberían estar agradecidos estos malditos que lo ignoran todo, hasta el nacer a destiempo les tomó de sorpresa, como si ellos no fuesen los únicos y verdaderos culpables. Pero la gente es así. Tienen miedo, Nando. Terror de sí mismos. Uno no es como se piensa. Toda la vida creyendo al revés y cuando te das cuenta el horror en la cara, de saber que nunca fuiste tú, que alguien te fue cambiando las conjeturas por trivialidades absurdas. Sí, amigo, el absurdo de vivir por nada, por nada exasperarte a cada tiempo. Se trataría de desvivir lo vivido. A veces me gustaría ser como el que entiende poca cosa, lo suficiente, no demasiado. Calma y paz. Serena nostalgia de sufrir viviendo en una pena blanca. Nadar en un caldo tibio de impavidez y contemplar el paso de los días y escuchar en la ventana el canto inacabable de los pajarillos y sostener en mis manos la definida imagen de la luz de la tarde o el frío sobre los dedos, sobre el torso ausente que tanto quiso, que todo lo quiso, prender el amor en todas sus manifestaciones, hallar los desmayos de aquellos que buscan sin descanso. Ser uno, solo, fiel, firme, denso.
No es recomendable saber mucho de las cosas de esta vida. Entender demasiado es desear que la existencia te rebose. La misma puede sobre el alma de un hombre mínimo. Por eso deberíamos ser menos que eso. Un ser imperceptible ya es demasiado. Mejor confundirte en el horizonte que perseguirlo. Al fin todo seguirá igual, sin pretensiones ni fábulas. Pero tú eres un ser en el tiempo coagulado, un hombre asimétrico, que figura en el instante donde la duda vive, un escritor sin palabras en los labios, en sus manos la explosión de lo que calla, un alma pura que supo prever lo absurdo de los actos y pensamientos.
―Me puede, como dije, el deseo inútil de llorar…
―Lo inservible en lo absurdo, como bien digo, Nando. Era una historia la que me fueron contando muy a su modo, como son las gentes del campo, en extensos llanos siempre. Yo recordé y me labró la idea insana de contar esta breve historia. Desde entonces la leyenda de esta gracia de mujer, en las épocas pasadas, con la quitrala en las manos y el hombre arrodillado como si fuera un dios vencido. La época de esos dioses vanidosos pasó como la primavera, brutos de hombres que se yerguen en la medianía. El dolor de un hombre repetido en todos los hombres que fueron atravesando la vida de esta mujer. No quería resistir la quebradura angustiosa de saber que vivía para bien nada. Mujer eternamente joven, con almagre en las manos, la quitrala rota, las paredes anchas, voces de madrugada en los oídos negros de las indias, de los indios chicos y grandes, viejos. La montaña se vino abajo cuando todos acudieron para ver de primera mano el dolor en la carne. Algunos aparecieron colgados y con el cuello fino, otros en las celdas arrastraban la piel y lloraban. Los demás huyeron y se les podía ver por los caminos desiertos hacia el sur de la capital. Tanto alboroto que el comisionado tomó cartas en el asunto. Era una Lisperguer, pero para el caso. La arrastraron sin pedir permiso por la senda justa que se perdía. El marido había muerto de pura gana. La dejó sola con los muertos en las habitaciones.
Hablaron de que si tal, pero él nunca participó en los suplicios, sólo estaba. Sucedió mucho tiempo después. Hasta hoy las habladurías y los miedos en los ribazos de las alturas, en todas partes. Y ocurre a cada tiempo que la cumbre enrojece por la ira de la dama y la historia va huyendo y creciendo y jamás se olvida, resonancias eternas.
―¿Quién es La Quintrala, niños?
―Los alumnos avivan las ideas, rescatan los temores, rezan, dicen en silencio que es ella, la mujer atrevida, la que mató a sus viejos, la única mujer del mundo que navega con la hermosa barca de la pena.
―Nunca pudieron ajusticiarla.
Escarlata en el monte, en las piedras y ríos. Rojos pastos. Furia descontrolada. Eco sobre los tiempos. Nieva el almagre sobre las cimas, nieva la mansedumbre. Y la pena de querer saber y la de no poder nada, el absurdo de vivir por una miseria.
Hombre simple, desajustado. Has de volver al camino para poder avanzar. Hablan, mienten, callan las apariencias.
Dicen, el hombre mediocre es el que cree saber.
No escribo para resultar delicado.
Poquita cosa. La tierra siembra, crece. La voz detiene. Cada vez la gente asoma por las ventanas.
No hay nadie en la calle, nada.
Pero, ¿quién sale?

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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