La Campos defiende a Terelu y Pipi la pone a caer de un guindo

La Campos defiende a Terelu y Pipi la pone a caer de un guindo

(PD/Agencias).- Después de pasar un año en silencio, tras dejar las mañanas de Antena 3, María Teresa Campos ha concedido una entrevista a la revista Diez Minutos, donde se parte el pecho por su hija Terelu.

La entrevista coincide casi con su reincorporación a la vida laboral, al lado de Luis del Olmo, en Punto Radio.

La periodista malagueña, en un gesto que la honra, sale en defensa de su hija Terelu, en el candelero desde que su ex novio, Pipi Estrada, publicó un artículo sobre las intimidades sexuales de la pareja.

María Teresa Campos ha dicho:

«Supongo que a Terelu le han dado patadas que no se han atrevido a darme a mi y eso que tengo un buen culo».

La periodista reconoce que la actitud de la prensa, que se ha cebado con los detalles sobre la relación entre su hija y Estrada, le ha dolido:

«Cuando alguien critica a quien tú quieres es muy difícil no hacer caso. Detrás de esa apariencia fuerte, soy la persona a la que más daño se le puede hacer con una mirada. Soy excesivamente sensible y vulnerable con aquello que afecte a los míos».


La semana pasada, el periodista Pipi Estrada publicó en la revista Interviú el primer capítulo de lo que iba a ser la historia de su relación con Terelu Campos, contada por entregas.

Estrada no ahorraba en detalles, como que Terelu se enfadaba cuando dejaba la tapa del inodoro levantada. Pero, al parecer, un juez madrileño ha prohibido al periodista deportivo que siga publicando sus memorias íntimas, después de que Terelu recurriera a la justicia, al considerar que los artículos vulneraban su intimidad.

Terelu comenzará a trabajar en breve como comentarista en el programa La Noria, que Telecinco emitirá los sábados por la noche.

LAS MEMORIA SEXUALES DE PIPI ESTRADA
Por su carácter polémico y evidente interés para un sector del público, reproducimos parte de el relato que -en forma de serial- está publicando el ex marido de Terelu en Interviu.

Pipi Estrada, cronista deportivo y afamado donjuán, relata sin sonrojarse los momentos más gloriosos de su carrera sentimental. En la primera entrega, -titulada “Terelu hizo el amor conmigo en un año más que en toda su vida”– cuenta con pelos y señales los momentos más calientes de su noviazgo con Terelu Campos.

La primera vez que vi a Terelu no me dejé en ella especialmente. Fue en la época en que su madre y yo trabajábamos en la COPE y yo la veía como una compañera más. Pero pasaron los años y una noche coincidimos en el pub Gabana. Nos saludamos e intercambiamos un par de frases retóricas. Creo que entonces ya estábamos predestinados a que surgiera la chispa. Como siempre nos encontrábamos los viernes por la noche, yo acuñé la frase: “Me gustan los viernes”. El día que fue ella quien la pronunció marcó el inicio de nuestra relación.

Fue en fin de año cuando Terelu me presentó a su marido. Nos dimos la mano y cada uno continuó la fiesta por su lado. Entonces no noté que aquella relación hiciera agua, pero unos días más tarde ella me explicó que lo suyo con Alejandro Rubio no funcionaba, que guardaban las apariencias, pero que cada uno vivía su vida y que ya estaban tramitando la separación.

La escuché atentamente hasta que fue mi turno. Entonces, le confesé que la rutina había matado mi matrimonio con Teresa Viera, que hacía más de un año que no compartíamos dormitorio. En aquel momento, Terelu y yo éramos una mujer y un hombre encadenados a relaciones que no funcionaban, pero con muchas ganas de encontrar la felicidad sentimental. Intercambiamos los teléfonos, pero yo esperé hasta el día en que ella firmó su divorcio para enviarle un SMS: “Hoy puede ser un gran día y espero que a partir de ahora seas una mujer muy feliz porque te lo mereces”. Ella contestó: “Y yo espero que tú también seas feliz”.

A medida que pasaban los días, yo notaba que Terelu me gustaba más y más, así que le propuse que saliéramos juntos. En ese encuentro, me explicó que su divorcio había sido muy civilizado y quiso saber si yo había resuelto algo con mi mujer. Le dije que en breve iniciaríamos los trámites de separación, porque éramos conscientes de que no podíamos continuar así.

Transcurrieron un par de días y volvimos a quedar. Esa noche Terelu me explicó que se iba a Málaga a pasar la Semana Santa. Era una tradición con la que su familia cumplía cada año. Mientras estuvo en Málaga, hablamos a diario por teléfono; eran conversaciones de tres y cuatro horas donde hablábamos de todo de forma distendida. Ignoro si fue por sus obligaciones o porque me echaba de menos, pero el caso es que Terelu me comunicó que volvía el sábado. “Me gustaría que viviéramos un sábado de pasión que acabara en un domingo de resurrección”, bromeé.

El sábado por la noche nos encontramos en una discoteca. Empezamos a intimar y las palabras adquirieron un doble sentido. “¿Eres valiente?”, le pregunté. “Pues no lo sé, Pipi”, respondió. “Me gustaría que fueras valiente y te vinieras conmigo”.

Ella respondió como yo esperaba y aceptó el reto, aunque acordamos salir por separado y encontrarnos en la calle Velázquez, esquina a Goya. Fue una precaución para evitar que la prensa nos siguiera.

Esperé media hora dentro del coche con las luces apagadas. Cuando por fin apareció, nos besamos apasionadamente. Fuimos a un apartamento que yo tenía en la calle Alberto Alcocer. Noté que estaba muy tensa e intenté tranquilizarla.

Aquella noche nos acostamos, pero sólo hubo caricias y mucha ternura. Ella lo necesitaba y yo lo entendí. No es fácil salir de un divorcio y empezar una nueva relación en tan poco tiempo. Nos despertamos a las once de la mañana y la acompañé a su casa. Más tarde le envié un SMS diciéndole que me había sentido muy a gusto y feliz en su compañía. Ella respondió que el sentimiento era mutuo y acordamos vernos por la noche.

En nuestro siguiente encuentro, Terelu me invitó a una fiesta que se celebraba en el hotel Conde Duque. Fue un amigo suyo quien salió a la puerta para acompañarme al interior: nadie podía notar aún que entre Terelu y yo había algo más que una buena amistad. Tras el sarao, a alguien se le ocurrió ir a tomar una copa a otro lugar. Allí volvimos a encontrarnos y Terelu me comentó que había alquilado la suite María Teresa Campos en el hotel Conde Duque para que pasáramos la noche. Esa noche hubo fuegos artificiales. No exagero si digo que hicimos el amor nueve veces. De hecho, en varias ocasiones, Terelu llegó a comentarme que en nuestro primer año como pareja había hecho el amor más que en toda su vida. A las diez de la mañana sonó el teléfono. Era el amigo de Terelu, que sabía de lo nuestro y actuaba como cómplice, que llamaba para acompañarla a su casa. Ella le dijo que no hacía falta porque yo la llevaría en mi coche. Nos levantamos a las dos de la tarde y fuimos a comer al mesón Txistu. Al acabar, Terelu cogió un taxi para ir a su casa y yo me fui a la estación de Atocha, pues el Real Madrid jugaba en Sevilla y tenía que cubrir el partido.

A la semana siguiente, Terelu y yo nos sorprendimos al sabernos portada de Diez Minutos. Las fotos fueron tomadas mientras nos despedíamos con un beso a la salida del Txistu. Desconozco si nos cazaron por un chivatazo o si fue casualidad, pero me inclino por la primera opción. Esas fotos con Terelu fueron la gota que colmó el vaso de mi matrimonio. Unos días más tarde, vendrían aquellas otras donde mi ex mujer me tiraba la ropa a la calle.

Y es que en aquellos momentos el seguimiento era total: cuatro coches de reporteros nos pisaban los talones para captar todos nuestros movimientos. La expectación en torno a nosotros era máxima. Unos días después Terelu se marchó a Sevilla. Desde allí me llamó para decirme que fuera el sábado a recogerla al AVE. Me recomendó que tomara precauciones para evitar que volvieran a cazarnos y así lo hice. A la hora indicada, me encontraba dentro de mi coche en una de las calles adyacentes a la estación. Nos dimos un beso y fuimos a mi apartamento para hablar de la situación que se había creado. Acordamos que de cara a la prensa seríamos amigos y que, de momento, no íbamos a confirmar nuestra relación.

Con la que estaba cayendo, ya no podía seguir en la casa familiar. Busqué un apartamento en la misma zona donde vivía Terelu. Una forma de tirar el dinero como otra cualquiera, porque me pasaba el día en su casa. De hecho, a ella se le ocurrió que fuera trasladando mis cosas poco a poco.

Tardé tres meses en conocer a María Teresa Campos. Creo que estaba más que recelosa. La entiendo perfectamente. Sin embargo, todo cambió el día que Terelu me pasó el teléfono para que habláramos. Fue muy amable y me aconsejó que ignorara los comentarios, que lo único que importaba era que lo nuestro funcionase.

Aunque la felicidad que vivíamos era total, ya entonces empecé a notar que era una mujer difícil. Por ejemplo, una de sus manías era que yo vistiera siempre como ella quería. Se iba de compras y aparecía en casa cargada de bolsas para mí. Me hacía los conjuntos y ¡ay de mí si alguna vez me confundía y cambiaba una corbata por otra!: armaba la marimorena. También me indicaba cuándo debía lucirlas. A veces me olvidaba y ella se ponía muy nerviosa. Amenazaba con no salir de casa si no seguía sus indicaciones.

En verano, decidimos que iríamos una semana de vacaciones los dos solos. Mientras su familia se instalaba en un hotel de Palma de Mallorca, nosotros fuimos a Alcudia. Al llegar, Terelu descubrió una mancha en la pared de nuestra habitación y se disgustó. Yo, ni corto ni perezoso, llamé a un amigo y le pedí que me reservara una suite en el mejor hotel de Alcudia. Terelu se emocionó al llegar y ver aquel cinco estrellas con todas las comodidades.

Allí vivimos unos días maravillosos. Estábamos muy enamorados y nos dejábamos llevar por la pasión. Hacíamos el amor en cualquier lugar cuando surgía la ocasión. Si estábamos en un restaurante, nos íbamos al lavabo a consumar; si nos subía la libido mientras dábamos un paseo en coche, parábamos en la carretera para aliviarnos. Nada nos frenaba.

A la semana siguiente nos unimos a la familia de Terelu y nos trasladamos a Marbella a disfrutar de la segunda parte de las vacaciones, tal y como hace la familia Campos cada verano. Todo iba bien hasta que un día, mientras paseábamos por la playa con María Teresa, alguien pronunció mi nombre. Era mi mujer, que me dijo que teníamos que arreglar nuestra situación cuanto antes. Le comenté que estaba de acuerdo y nos despedimos. Que nadie piense que la madre de mis hijos me persiguió hasta Marbella. Resulta que ella estaba pasando unos días de vacaciones con una amiga cuando me vio en la playa.

Al llegar al hotel, nos sentamos a tomar un café. Entonces, reapareció mi mujer y dijo: “Hola, Terelu”. “Lo siento, pero no sé quién eres”. “Mira, Terelu, soy la esposa de este señor que está contigo”. “Bueno, bueno, eso son problemas que tenéis que arreglar vosotros. Yo no tengo nada que ver”. “Por supuesto, Terelu, lo único que quiero es que este señor firme el divorcio”.

Terelu se marchó y yo me quedé con Teresa. Le dije que en septiembre iniciaríamos los trámites de divorcio y nos despedimos con un abrazo. No podía ser de otra manera: se trataba de la mujer con quien había compartido 25 años de mi vida. Le tengo un gran respeto y mucho cariño.

Tras lo sucedido, subí a la habitación y allí estaba Terelu, muy enfadada. Le prometí que aquello no volvería a ocurrir y olvidamos lo sucedido haciendo el amor. Por la noche, fuimos de cena con unos amigos y ahí conocí otra de sus muchas manías: las servilletas. Pasé un gran apuro cuando descubrí las miradas asesinas que me lanzaba. Yo no sabía cuál era mi delito, hasta que me susurró al oído que tenía la servilleta mal colocada y me indicó cómo ponerla adecuadamente sobre el pantalón.

Aquello era increíble, estábamos en una reunión informal y a ella sólo le preocupaba la servilleta. Tampoco le gustaba que yo interviniera en las conversaciones cuando me venía en gana. Según su criterio, era ella quien tenía que darme pie.

Imagino que con esto entenderán por que una vez declaré que con Terelu había vivido en un régimen hitleriano. Fue una pena que no me apercibiera antes de su auténtico carácter, que no viera que los días de vino y rosas pasarían enseguida para dar paso a un vía crucis plagado de espinas.

Si en la primera entrega Pipi Estrada daba cuenta de los momentos de amor, pasión y lujuria desbocada vividos al lado de Terelu, en este segundo episodio -titulado «Terelu me echó de casa por dejar levantada la tapa del váter»– el deseo se vuelve hiel y los agrios reproches sustituyen a los juegos de cama. El donjuán más famoso de la prensa deportiva se convirtió en un manso corderito…

No descubrí a la auténtica Terelu Campos hasta nuestro segundo año de relación, cuando empezó a comportarse con una crueldad que aún hoy no me explico como aguanté. Reconozco que estaba enganchado y que no podía apartarme de su lado. Aunque me echaba una y otra vez, yo suplicaba siempre que me dejara volver.

En aquella época, nuestras noches de pasión dejaron de ser diarias para pasar a celebrarse dos veces al mes. Y es que a Terelu la baja audiencia que cosechó al frente de La granja de los famosos le agrió el carácter. En vez de asumir el fracaso, se dedicaba a telefonear a su madre para comentarle entre lágrimas que iban a quitarle el programa y que eso conllevaría la pérdida de su casa. Yo intentaba tranquilizarla e infundirle ánimos. Le dije que no se preocupara, que a su lado tenía un hombre con dos cojones para lo que hiciera falta. Sin embargo, ella respondió: “Con dos cojones sí, pero con dinero no”.

La imagen dulce que Terelu transmite de puertas para fuera nada tiene que ver con la realidad. Un día asistimos a una fiesta que daba su abogado, Javier Saavedra, y allí coincidí con Ana Obregón, a quien desde los tiempos en que fue novia de Fernando Martín. Estuve charlando animadamente con ella, igual que con otros invitados. Pero Terelu no lo vio así, porque en cuantos salimos de allí y subimos al coche, me espetó: “Puta, que eres una puta. Te querías tirar a Ana”. Aún estaba alucinando con todo lo que estaba soltando por su boca cuando me arreó un puñetazo en plena cara. Paré el coche y le dije que ni se le ocurriera volver a faltarme el respeto de ese modo. Sin embargo, cuando llegamos a la entrada de su casa ella, lejos de recapacitar, me recomendó que aquella noche buscara otro sitio donde dormir. Al día siguiente, volví a su casa para cambiarme de ropa, pero el personal de servicio me explicó que tenían órdenes tajantes de Terelu para no dejarme entrar, que si era tan amable de facilitarles una dirección, ellos mismos me enviarían mis pertenencias. Al final, la cosa se solucionó y superamos esa crisis.

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que Terelu Campos es una adicta a las discusiones. Las provoca a la menor ocasión. Por ejemplo, una noche me desperté con ganas de ir al baño y al acabar descubrí que ella estaba esperándome. Empezó a chillar recriminándome que hubiera dejado la tapa del váter levantada y me echó de casa. Durante nuestras últimas vacaciones como pareja en Mallorca, Terelu tuvo una reacción desmesurada al descubrir que me había puesto un traje diferente al que ella me había indicado para salir a cenar. Nada más bajar al hall del hotel, me dijo que la acompañara a la habitación. Abrió el armario y tiró toda mi ropa al suelo mientras me insultaba llamándome desgraciado y recordándome que, si no me vestía como ella decía, tendría que irme a Madrid. Tuvimos una bronca monumental y le prometí que al día siguiente me marcharía. Sin embargo, a fuerza de hacerle la pelota toda la noche, solventé la papeleta.

En aquellos días, Bertín Osborne se convirtió en mi paño de lágrimas. Le conté la situación por la que estaba atravesando y me recomendaba: “Pipi, sal de ahí, que mientras estuvo con Pareja Obregón Terelu ha desayunado y cenado en mi casa, que es una mujer que cuando no existen problemas, los busca. Venga, Pipi, déjala y lo celebramos”. Ojalá le hubiera hecho caso. Me habría ahorrado muchos disgustos.

Los celos de Terelu se convirtieron en insoportables. Al final, acabé por no saludar a ninguna amiga, porque siempre que lo hacía ella me preguntaba si estaba interesado en llevármela a la cama. Me montaba unos numeritos increíbles que muchos conocidos presenciaron en nuestras salidas nocturnas. Cada vez se me hacía más difícil aguantar esa presión. La cosa llegó al límite de que tenía que justificar cada uno de mis pasos. Cuando me trasladaba fuera de Madrid para cubrir un partido de fútbol, nada más llegar al hotel tenía que llamar para darle el número de teléfono y el de la habitación donde me hospedaba. No podía salir a cenar porque si llamaba y yo no estaba allí, armaba la marimorena. Quería que fuera su esclavo, controlar mis movimientos y también mis palabras. Y es que cuando salíamos con los amigos, me enviaba SMS para darme instrucciones sobre si debía hablar o callar.

Con especial dolor recuerdo el comportamiento de Terelu cuando mi ex mujer enfermó de gravedad y estuvo ingresada en La Paz. Mis hijos me pusieron al corriente de la situación y yo se la expliqué a Terelu, que, para mi sorpresa, exclamó: “Ahora empieza el teatrito”. Desgraciadamente, a ella tan sólo le preocupaba que la prensa me fotografiara entrando o saliendo del hospital y empezaran los comentarios. A pesar de su oposición, durante el tiempo que la madre de mis hijos permaneció ingresada, la visité a diario. Aunque, para ello tuve que decirle a Terelu que me ausentaba por motivos de trabajo. También se mostró inflexible cuando le comuniqué que el padre de mi ex mujer había muerto. No le hizo ninguna gracia que me desplazara a Canarias para darle el último adiós.

Algunas mañanas, ella tenía la costumbre de levantarse y preguntarme si ya había hecho el encargo que me había encomendado la noche anterior. Juro por Dios que jamás me pidió que hiciera tal o cual cosa. Simplemente se trataba de una excusa para insultarme y empezar otra pelea, pues no podía pasar sin su ración de bronca diaria.

Las personas que nos rodeaban no eran ajenas al calvario que yo atravesaba. De hecho, un día, María Teresa Campos me dijo: “Qué paciencia tienes, hijo. A ésta para aguantarla hay que ser su madre”. En otra ocasión, fue Esther, secretaria de Terelu mientras estuvo en Telemadrid, quien se solidarizó conmigo. Todo ocurrió cuando tras una sonada pelea, Terelu me dijo que fuera a recogerla a la tele. Al llegar, Esther salió a recibirme y con cara de circunstancias dijo: “Te compadezco, a Terelu no hay quien la aguante; es insoportable. Aunque yo esto que acabo de decirte lo negaré siempre”. Tiempo después, Esther trabajó con Carmen Borrego y también le habló sobre el carácter de Terelu, a lo que Carmen respondió: “Es que mi hermana es muy difícil y complicada”.

Tan complicada que una noche en la sala Gabana, de Madrid, se enfadó por enésima vez conmigo y tiró al suelo el anillo de compromiso que le había regalado. “¿Qué haces?”, le pregunté. “Lo que me da la gana”, respondió. Tardé en reaccionar, pero cuando lo hice me encontré gateando por el suelo del abarrotado local buscando la sortija con la ayuda de los camareros. Estuvimos así hasta que se vació la sala, pero la joya nunca apareció.

Aunque quizá la mayor humillación de todas las que he vivido junto a Terelu ocurrió una tarde que estábamos en casa charlando sobre nuestra relación. Noté que ella me lanzaba pullas. Decía que lo nuestro no funcionaba por culpa mía. Al final, me harté y le recordé que yo sólo había tenidos dos relaciones –una con ella y otra con la madre de mis hijos– mientras que ella llevaba varias a sus espaldas y ninguna había funcionado. Entonces, montó en cólera y volvió a la carga con las palabras malsonantes.

Como pude, intenté tranquilizarla, aunque no lo conseguí porque estaba fuera de sí y volvió a echarme de casa. Yo le sugerí que se calmara, que tampoco era para ponerse así. Entonces, clavó sus ojos sobre mí y me dijo que si quería obtener su perdón tenía que ponerme de rodillas. Aunque hoy me avergüenzo, admito que lo hice.

Volvía de cubrir un partido de fútbol cuando pasé por una pastelería y compré media docena de canutillos de crema para Terelu. Al llegar a casa, le entregué el paquete y ella agradeció el detalle, pues esos dulces son sus favoritos. Sin embargo, cometí la equivocación de aceptar su invitación. Cuando me metí uno en la boca, Terelu se puso como un tsunami: “¡¡Hijo de puta, hijo de puta, has cogido el que yo quería!!”. Aquello parecía una película. Me defendí alegando que ni me había fijado al hacer mi elección. Entonces, tiró la bandeja al suelo y empezó a pisarla. Luego, me invitó a recogerlos con la lengua. Ahí ya me planté y le dije que los recogiera Rita la Cantaora.

Tras otro altercado, Terelu me echó una vez más de casa, pero yo hice caso omiso de su invitación. Le dije que necesitaba tiempo para recoger mis cosas y que me iría cuando estuviera listo. Craso error, porque amenazó con llamar a su amigo Alberto López Viejo, que había trabajado como guardaespaldas de Aznar, para que me sacara de allí a bofetadas. Menos mal que el tal Alberto no apareció, porque no sé lo que hubiera ocurrido.

Aprovecho la ocasión que me da interviú para aclarar la verdad sobre el coche que me regaló Terelu. Todo ocurrió durante una fiesta celebrada por mi cumpleaños. Ella me obsequió con un coche en miniatura que incluía una carta donde me explicaba que, hasta que llegara el original, tenía que conformarme con esa pequeña réplica. Me sentí abrumado, pues en ese momento yo deseaba con todas mis fuerzas tener un BMW X5. Sin embargo, pasada la emoción inicial, llevé a Terelu aparte para comentarle que sólo aceptaría el coche si lo ponía a su nombre. Al principio, ella dijo que no, pero la convencí. Y ya no tengo nada más que decir sobre este asunto.

De mi ruptura con Terelu me enteré como todos: por televisión. Y si entonces lloré por su decisión, hoy la aplaudo porque gracias a la misma soy un hombre feliz y he podido conocer a la mujer con quien deseo pasar el resto de mis días: Miriam Sánchez.

Y lo tremendo, es que el tipo promete que la semana que viene, habrá más.

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