Isabel Preysler, casi 60 años de glamour

Isabel Preysler, casi 60 años de glamour

Era una mañana soleada, 18 de febrero de 2009, en Madrid. Isabel Preysler, la señora de Boyer, probablemente, se levantó de la cama sin prisas, contemplando la luz que iluminaba ya la estancia, una de las más amplias de las trece que retrató en su día la revista Lecturas.

Escribe Clara Hernández en 20Minutos que quizá admiró su decoración, las cortinas, el costoso mobiliario escogido con un gusto impecable.

Posiblemente se deslizó a uno de los baños, el más cercano a la alcoba, descartando así los otros trece. Acaso, antes, hojeó alguno de los periódicos que una camarera atenta había traído en una bandeja. Tal vez leyó que, ese día, cumplía 58 años.

A lo mejor en ese momento, se miró al espejo, y vigiló su rostro recién vitaminado en el instituto de Maribel Yébenes, sus manos tersas, sus piernas flacas, sus caderas de niña, mucho más estrechas que las de su hija mayor, Chábeli.

Quizá pensó que lo que decía el diario no era más que una broma, como también pudieron pensarlo los lectores de Semana hace no tanto, cuando su imagen ilustraba la portada. O, también, pudo sonreír, feliz de haber ganado la batalla al tiempo, esa coordenada que hace años dejó de dictar los parámetros de su cutis y su vida, aunque siguiera haciéndolo, inapelablemente, en su DNI.

Si lo que ha desvelado a las revistas del corazón es cierto, debería beber luego un vaso de agua antes de engullir un desayuno copioso. También el resto de sus comidas serían abundantes, e incluso incluirían chocolate, una de sus pasiones. Para remediar cualquier exceso, días después realizaría una dieta depurativa consistente en consumir únicamente fruta durante 24 horas.

QUITAOJERAS, BASE, ILUMINADOR…

La rutina de belleza llegaría poco después: las cremas limpiadoras e hidratantes, la loción con índice solar 30, el quitaojeras, el iluminador, la base, el maquillaje siempre natural que se completa cada seis días con una visita al centro Massumeh Maíz en el que recibe tratamiento facial y masajes terapéuticos. O acaso ese día esperaba la visita de su peluquera y maquilladora, la que la atiende en las ocasiones especiales. Podría aguardarla realizando su tabla de ejercicios de estiramiento y musculación, o disputando un partido de pádel, o practicando golf.

«Isabel nunca escatima cinco minutos para dedicárselos a su piel, a su cuerpo y a su pelo», aseguraba en 2001 ¡Hola!, una de las revistas que más ha contribuido a entretejer esa imagen de la madre de Enrique Iglesias lindante con la perfección, sofisticada, educadamente exquisita, y exquisitamente prudente.

La publicación también destacaba su faceta de ama de casa y su preocupación por los hijos, acostumbrados a revolotear entre niñeras.

TRES MATRIMONIOS Y DOS ANULACIONES

Su historia en España comenzó en 1969. Procedente de una familia adinerada de Filipinas, pronto se sumergió en la jet set española para convertirse en un uno de sus más preciados iconos. Ni siquiera sus dos anulaciones matrimoniales en un país todavía receloso con el divorcio lograron arrancar grandes críticas.

En 1971 se casó con el cantante Julio Iglesias. De aquel matrimonio nacieron tres hijos -Chábeli, Enrique y Julio- que hoy viven en Miami. Después llegaría Carlos Falcó, marqués de Griñón, padre de Tamara. Cinco años más tarde, la pareja se separaba y Preysler encontraba el amor en un hombre opuesto a su mundo de revista cuché, el ministro de Economía del Gobierno de Felipe González, Miguel Boyer.

Aunque muchos les auguraron una pronta ruptura, todavía hoy comparten su vida, una hija -Ana- y una portada en la revista favorita de Isabel. El método que utilizó ésta para persuadir a su esposo para que posara en un medio del cuore, sigue siendo hoy un misterio.

TRABAJADORA OCASIONAL

Aunque estudió secretariado internacional, nunca ejerció. Sin embargo, ha obtenido cuantiosos ingresos mediante la cesión de su imagen a numerosos productos. Así, durante años ha sido ilustre embajadora de una marca de baldosines, Porcelanosa, y recomendaba, mediante un suave seseo burgués, la compra de bombones Ferrero Rocher.

La firma Astor la escogió en 2008 para presentar una nueva línea de maquillaje rejuvenecedor con oro en su fórmula, y la joyería Suárez cuenta con ella en casi todas sus campañas.

Aparte de estas labores de representación, es difícil ver a Isabel Preysler, que dosifica cada vez más sus apariciones públicas. Un gesto con el que, algunos aseguran, trata de evitar que se disipe su halo de popularidad.

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