Hablando de teatro entre nosotros

4º Encuentro de Crítica Teatral en el Festival Internacional de Almagro

Hablando de teatro entre nosotros
4º Encuentro de Crítica Teatral - Festival de Almagro

Organizado por dos fundaciones, la de la Universidad Internacional de la Rioja y la del Festival de Almagro, el 4º Encuentro de Crítica Teatral se celebró los pasados 8 y 9 de julio en esta localidad manchega, un encuentro entre profesionales del gremio bajo el título un tanto críptico de ‘Los clásicos en los medios de comunicación. De la información a la práctica’, en dos sesiones matutinas a las que asistieron periodistas especializados en información teatral -Esther Alvarado de El Mundo, Liz Perales de El Cultural, Daniel Galindo de Radio Nacional de España, Prado Campos de El Confidencial, Julio Bravo de ABC-, y críticos propiamente dichos: José Ignacio García Garzón de ABC, Javier Vallejo de El País, Raúl Losánez de La Razón, Javier Villán de El Mundo, y el editor de esta Guía Cultural de Periodista Digital. Cinco y cinco, aunque haya casos como el nuestro en el que las fronteras no estén tan delimitadas entre ambas tareas, y con el añadido de que el último día fueran invitados a acompañarnos en la gran mesa oval otra informadora teatral, Marta García-Miranda de la SER, llegada a cubrir la actualidad del Festival, y un autor y director, Borja Ortiz de Gondra.

La primera sesión, ‘Los límites de la información y de la crítica de los clásicos en la contemporaneidad’, moderada por Ignacio Amestoy en representación de la Fundación UNIR, se polarizó en torno a las diferencias y parecidos, las problemáticas similares y antagónicas entre información teatral y crítica teatral, ambas necesarias, ambas complementarias pero ambas muy diferentes dentro de lo que viene a ser la sección de Cultura de los medios de comunicación. Ante cualquier acontecimiento, cultural o político, ante un concierto, una exposición o un montaje de un clásico teatral, los medios lo abordan anunciándolo primero, y posteriormente opinando tras su celebración.

Lo primero es o debería ser información objetiva, lo segundo es o debería ser juicio subjetivo. Lo primero, las denominadas notas previas, es hoy dia abundante, hasta el punto de que ha eclipsado a la propiamente cultural, y ha modificado la denominación original de la sección de Cultura por la de Cultura y Espectáculos, o incluso simplemente Espectáculos. La segunda, la crítica, es cada vez más escasa, menos seguida, quizás hasta más desprestigiada.

A la primera le es difícil sustraerse al influjo de las ruedas de prensa y el peso del material de referencia, las dos fuentes informativas que los interesados utilizan para hipervalorar lo que se presenta, y en las que publicidad y mercadotecnia dominan. La fuerza del sector de promoción, el aura del producto cultural (en nuestro caso una puesta en escena de un clásico), suelen onnubilar al informador y a menudo la información cultural adopta esquemas de publirreportaje disimulado. De eso se quejó especialmente Esther Alvarado que reconoció su descontento en las ocasiones en que al asistir a la función descubría que poco tenía que ver con lo que sus protagonistas habían contado previamente y lo que ella había escrito tras escucharles.

Se señaló por parte de Daniel Galindo, la necesidad imprescindible de presenciar la función antes de informar, pero como ineludiblemente su información debe ser anterior al estreno, se apuntó a que la solución sería asistir a algún ensayo, a ser posible al último, tal y como es costumbre en la ópera. Los informadores criticaron unánimemente a José Luis Gómez por la forma en que su La Celestina fue presentada en esta temporada.

CRÍTICA Y CRÍTICOS

La segunda forma de abordar el hecho teatral, la crítica a función pasada, es todavía más etérea, siempre ha sido acusada de caprichosa y veleta, fluctuando en muchas coasiones entre la adulación y la inquina; no existe la licenciatura de crítico teatral, se gana el título por su simple ejercicio, y se llega a este oficio por caminos variopintos.

Por nuestra parte, en referencia al ejercicio de la crítica teatral, apuntamos a la necesidad de no caer en amiguismo, favoritismo o compadreo, pero también ser respetuoso por el trabajo ajeno, defender el punto de vista propio aceptando que hay otros y que incluso pueden ser más adecuados. Y mencionamos la frecuencia con que una aparente erudición camufla el pronunciarse abierta y claramente en beneficio del lector que duda si ser también espectador de la propuesta. 

Hubo diversas exposiciones de gustos y preferencias en torno a montajes históricos y a actitudes en el oficio, y por nuestra parte expusimos la preferencia del término reseña para definir el trabajo de juzgar una obra; nuestro enfoque generalista, nuestro mandamiento de nunca leer otras críticas antes de escribir la nuestra y nuestrw actitud de ser más exigente con quienes son más celebrados.

CÓMO MONTAR UN CLÁSICO

El asunto más polémico llegó al proponerse juzgar la manera en la que los clásicos son representados hoy día. Una línea era más favorable a la necesidad de ser fiel al autor y otra más proclive y tolerante a actualizaciones y versiones libres. Los clásicos aparecen como un botín gratuito en el que directores y adaptadores se ceban a voluntad. Expresamos nuestra condena sobre la costumbre de muchos de enmendar la plana a un clásico adaptándolo a las propias ideas. Y sobre la caducidad de la moda actual de actualizar a toda costa, a base de crestas y tatuajes y referencias a las llamadas tribus urbanas, y el ya vislumbrarse en perspectiva un movimiento de péndulo que traerá de nuevo el representar los clásicos tal cual fueron concebidos, el volver a una fidelidad al tiempo y a la trama originales, aunque porsupuesto y sin que sea en nada incompatible, escenografiadas e interpretadas con todos los aportes, las innovaciones y los recursos de la escenografía actual.

A la tesis de que lo mejor es transmitir íntegro e inteligible su mensaje intemporal, y de que lo realmente difícil ser fiel al autor, entender y transmitir lo que dijo y quiso decir sin manipularlo, atenerse al argumento, la trama y el significado original hubo apoyos y reticencias. Pero quedó dicho y redicho que para deconstruir los clásicos hay que conocerlos muy bien y tener una dotes que no están al alcance de cualquiera.

Quedó planteada la exigencia a los gabinetes de comunicación de facilitar en sus dossiers menos autombombo y más información detallada sobre lo que directores, adaptadores, traductores y versionistas han realizado en cada caso concreto a la hora de revisitar a los clásicos. Y la constatación de que el crítico es el malo de esta película y no puede aspirar a ser popular o querido sin poner en peligro su independencia.

SEGUNDA SESIÓN

La segunda sesión estaba titulada ‘Información y crítica en un festival de teatro clásico’, y moderada por Marga del Hoyo, coordinadora académica del Máster Universitario en Estudios Avanzados de Teatro de esta universidad internauta de La Rioja, recogió el buen momento del sector, los numerosos certámenes al teatro clásico consagrados más allá de Almagro y Mérida, con Alcalá, Olite, Cáceres, Olmedo, el Grec de Barcelona y hasta las Jornadas del Teatro del Siglo de Oro que celebra Almería, y su presencia habitual en la cincuentena de certámenes escalonados a lo largo del año por toda nuestra geografía, de Granada a Santander.

Hubo críticas concretamente a la programación del de Almagro, y a la forma de presentarlo orillando las propuestas difíciles, pero también se reconoció la enorme dificultad que representa montar un festival de sus características, con 52 espectáculos, con nueve cervantes, con Calderón, Lope de Vega, Fernando de Rojas, Tirso de Molina, y hasta Alonso Castillo Solórzano, con 16 shakespeares y otros cinco autores clásicos extranjeros poco conocidos, y un montón de actividades complementarias; con 17 estrenos, 10 absolutos y 7 en España. Se reclamó que al menos en cada edición se programara un clásico inédito del siglo de oro y que hubiera siempre alguna presencia de los clásicos de siglos posteriores, empezando por nuestros dos premios nobel, Echegaray y Benavente, absolutamente borrados del imaginario colectivo.

Aunque la asistencia era libre, el público brilló lógicamente por su ausencia, sin ni siquiera verse tentados por la experiencia inédita de contemplar en su habitat a una manada de tan raros especímenes como son los críticos teatrales.

NOTAS A VUELAPLUMA

Lógicamente casi todo quedó por abordar. Acudimos con 16 folios de notas y apenas desarrollamos tres o cuatro ideas. Antes de tirar el borrador, permítannos reproducir algunas, en la seguridad de que de nada valen pero que algo aportan.

El teatro vive en general un buen momento en España, y el teatro clásico tan bueno o más. Una situación basante aceptable, tirando a buena, que hemos visto mejorar mucho en la última década. La Compañía Nacional de teatro Clásico (CNTC) está consolidada tras la etapa de Eduardo Vasco y con la actual de Helena Pimenta. El Centrodramátixo Nacional (CDN) respeta siempre la presencia de clásicos en sus programaciones, y con sus ciclos de La mirada al mundo ha traído magníficos ejemplos foráneos. Los teatros municipales de Madrid con el Español al frente y el Matadero al costado, lo programan también habitualmente. Los Teatros del Canal han sido una notable aportación al panorama. Buenas versiones, aceptables actualizaciones, buen nivel escénico y actoral. Quizás la asignatura pendiente sea salir del repertorio ‘clásico’ de los clásicos, valga la redundancia, de la docena de títulos que conforman el canon del siglo de oro, y también ocuparse de los siglos siguientes.

Se ha creado un público enorme en el sector de jubilados cultos y con posibles, y aunque está bien luchar por rejuvenecer los patios de butacas, no olvidemos que a los clásicos se llega normalmente con unos añitos y alguna experiencia.

En lo referente a la temporada teatral madrileña, podemos caracterizar de notable la que está terminando en lo referente a la presencia de los clásicos. Gozamos de un El alcade de Zalamea excelente que reabrió el teatro de La Comedia, acontecimiento en sí mismo también a sumar al buen momento del teatro clásico español; tuvimos una gran producción de El Burlador de Sevilla de Tirso, una Celestina extraordinaria de José Luis Gómez, y pudimos ver La villana de Getafe de Lope de Vega. El cuarto centenario de Cervantes tuvo apuestas tan diferentes como La Numancia de Juan Carlos de la Fuente, y ‘Cervantina. Versiones y diversiones sobre textos de Cervantes’ de Ron Lalá.

Junto al siglo de oro,  habría que recordar un clásico medieval, ‘Triunfo de amor’ con textos y músicas de Juan del Encina, la última producción de Nao d’amores, esa ejemplar compañía especializada en el teatro medieval, cuyo trabajo ha vislumbrado un mundo de clásicos anteriores al Siglo de Oro.

En cuanto al clásico de los clásicos del mundo mundial, hubo mucho Shakesperare en su también cuarto centenario, destacando el Hamlet de Miguel del Arco y el Mercader de Venecia de Eduardo Vasco. En enero, se vio Monsieur de Pourceaugnac, una comedia-ballet de Molière con música de Lully. Y acabamos de tener con nosotros el Lorenzaccio de Alfred Musset y el Mahabarata hindú, en este capítulo de clásicos extranjeros que son también nuestros.

A los clásicos se llega también con adaptaciones a partir de textos literarios no dramáticos. Así hubo diferentes creaciones interesantes en la temporada, las un tanto fallidas en nuestra modesta opinión de Mario Gas, ‘Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano’, y de Juan Carlos Rubio a propósito de El príncipe de Maquiavelo. La versión notable de José Luis Collado de Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoievski, dirigida por Gerardo Vera; la discutible de Lourdes Ortiz, pero muy bien puesta en escena, del mito clásico de Aquiles y Pentesilea pasado por el romanticismo germano, y la aceptable de Vicente Molina Foix de las Medea de Eurípides y Séneca en la piel de Ana Belén, así como una recreación de teatro musical, escrita y dirigida por Gustavo Tambascio, ‘Farinelli, el castrato del Rey Felipe’, original e interesante espectáculo. Y hasta una pieza actual, Páncreas, de Patxo Telleria, pero versificada excelentemente, lo cual es otra manera estupenda de cultivar el jardín clásico de nuestras tierras.

Y suponiendo que sean también clásicos en sentido laxo, hubo dos cosas de Brecht, una Madre Coraje en excelente versión de Ricardo Iniesta, y un Galileo Galilei notable; y la Salomé de Wilde. En cuanto a los nuestros del XIX y XX, destacaríamos la adaptación teatral de ‘Insolación’ de Emilia Pardo Bazán, todo un acierto; y mencionaríamos hablando del siglo pasado, ‘Los caciques’ de Arniches, y tres piezas diferentes de Lorca en montajes muy sugerentes.

En fin, todo esto sin salir de Madrid. Vemos la botella más que medio llena, bastante repleta. Hay que tener en cuenta que en 2014, el 34,6% de los 13,7 millones de espectadores que tuvo el teatro en España eran de la Comunidad de Madrid y que en abril pasado había 167 obras en cartelera (mientras que en Barcelona son 71) si contar la actividad de los circuitos alternativos. El temor es que se interrumpa la mejora por lenta que sea y se estropeen las cosas intentando atajos y ocurrencias.

QUÉ ES UN CLÁSICO

¿Qué queremos decir cuando decimos los clásicos? En teatro, como en ópera o pintura, em todas las artes, es un canon de obras que han logrado trascender al tiempo, de una cierta antigüedad aunque haya incorporaciones de ayer mismo, de piezas que se siguen representando por valores que los expertos avalan y el público refrenda. Un repertorio que en general se agranda y cuyo podio va modificándose. El Don Juan de José Zorrilla tan sólo recientemente ha perdido un predominio secular. En general hay clásicos de todas las épocas aunque los clásicos más clásicos sean los griegos y en España los de nuestro siglo de oro. Pero Peter Brook insiste con el Mahabarata hindú, y no se puede olvidar el drama quiche Rabinal Achí de los aztecas o el kabuki japonés… Si Chéjov es un clásico, ¿lo es Lorca, lo es Pirandello, lo es Samuel Beckett? ¿Puede ser clásico un autor vivo? La costumbre indica que hay que estar muerto y bien muerto, al menos de medio siglo, para empezar a ser considerado clasico.

En definitiva, el teatro clásico es un repertorio en movimiento cuyo nucleo está formado por las piezas y los autores indiscutubles, los que el consenso de la época ha dotado de autoridad y prestigio superiores. Desde el pasado remoto hasta antesdeayer. Por eso son tan importantes las programaciones equilibradas y variadas.

En fin, tenemos a Esquilo, Sófocles y Eurípides, a Shakespeare y también a Molière, y tenemos nuestro Siglo de Oro, ese período desde la publicación de la Gramática castellana de Nebrija en 1492 hasta la muerte de Calderón en 1681. Se llama teatro clásico español a aquel escrito en España durante los siglos XVI y XVII, es una parte esencial del patrimonio cultural español, el sustrato en el que se ha forjado eso que se denomina nuestra idiosincracia, el idioma y su uso, nuestro ser individual y comunitario, a través de generaciones de espectadores, formando el imaginario colectivo. El que hoy día todo eso esté en cuestión, esté siendo demolido y tenga visos de desaparecer no niega sino que afirma su existencia.

La página de Cervantes Virtual dedica una magnífica sección al Teatro clásico español y su sección de títulos incluye 4221 títulos. A Cervantes, Calderón, Lope de Vega, Tirso de Molina… se añaden Godínez, Moreto, Pérez de Montalbán, Rojas Zorrilla, Ruiz de Alarcón, Vélez de Guevara, pero la intención de sus creadores es que muy pronto amplíe sus márgenes hasta abarcar periodos más recientes.

Y es que entre los clásicos reconocidos  y los autores contemporáneos hay una gran laguna por rellenar, una laguna con dos premios nobel silenciados -Echegaray y Benavente-, una laguna de dos siglos en la que emergen clásicos tan relevantes como los del período anterior, y una pléyade de autores ilustrados y románticos ante la que tener mahyor consideración.

NUESTRO CASO

Obedeciendo a la invitación de los informadores de que ‘Este formato de encuentro en mesa redonda también da cabida a reflexionar acerca de la propia práctica de la crítica teatral’, les diré que ejerzo actualmente la crítica cultural de forma generalista, no limitada a lo teatral sino extendida al arte, la música y la literatura, reseñando novedades destacadas en exposiciones, espectáculos y libros, incluidas ópera y danza.

Tras 35 años de periodismo activo y muy cambiante, nunca había trabajado en la especialización cultural hasta que a mi segundo retorno a España después de una década en Londres y Roma, casi por azar en diciembre de 2006 publiqué la primera reseña de un espectáculo, dedicada al estreno en el Teatro Real de la ópera Los cuentos de Hofmann. Desde entonces he seguido haciéndolo, siempre en el mismo medio, Periodista Digital, una de las primeras publicaciones españolas en internet.

En noviembre de 2011 nuestro blog ‘Arte’ se convirtió en ‘Guía Cultural’ suplemento autónomo de ‘Periodista Digital’, con el lema y objetivo de ser ‘Alimento intelectual para mentes inquietas’. Al poco tiempo se inició su presencia en Facebook y Twitter. En octubre de 2014, la única vez que hice cómputo, llevábamos publicadas 1.132 críticas de arte, música, libros, teatro y danza (ahora casi dos años después estaremos cerca de la cifra redonda de 1500), con una inclinación clara hacia lo que no es simple entretenimiento, intentando auyudar al  público a seleccionar lo mejor, lo más interesante. Con la enorme ventaja y también la dura responsabilidad de la libertad absoluta en temática y juicios, de forma totalmente autodidacta, lo que implica lagunas de conocimiento y experiencia, pero también poca supeditación a lo establecido. Con tendencia a ser exigente, pero siempre intentando seguir los consejos de Don Quijote a Sancho para el buen gobierno de su ínsula Barataria: ‘Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia’. Con esa ventaja de estar ya de vuelta y  no pretender nunca ni ser muy leido ni hacer muchos amigos, y mucho menos sentar cátedra, sino simplemente ser útil y respetado.

Nos hubiera gustado debatir en torno al escrito que consideramos fija el objetivo de todo periodista que ejerza la crítica cultural, ‘El critico como artista’, un opúsculo
de Oscar Wilde, publicado por Cuadernos De Langre en 2002, que según  algunos es la obra más provocadora y mordaz del dandy más ingenioso de la literatura contemporánea europea (ver nuestra reseña). En 1890, cuando ya gozaba de una brillante fama como escritor, Wilde publica la primera parte, que titula ‘La importancia de no hacer nada’. Dos meses después aparece la segunda parte ‘La importancia de discutirlo todo’.

El crítico como artista, la crítica como creación es ni más ni menos la propuesta que hiciera Oscar Wilde hace más de un siglo. En su proverbial estilo provocador partía de afirmar: ‘La creación siempre va por detrás de su tiempo. Es la crítica la que nos guía. El espíritu crítico y el espíritu del mundo son la misma cosa’. Y añadía: ‘¿Es realmente la crítica un arte creador?¿Por qué no habría de serlo? Trabaja con materiales nuevos y los pone dentro de una forma a un tiempo nueva y deleitosa’.

Superar el dualismo entre arte y crítica, y reivindicar esta última como parte fundamental de aquel, es la propuesta; de vigencia absoluta en este confuso inicio del siglo XXI. Lo que se inicia como graciosas ‘boutades’ y refinado diálogo pleno de ironía entre dos intelectuales un tanto de vuelta, termina siendo una propuesta seria, tan seria que puede ser suscrita en todo o en parte, que puede iluminar a muchos colegas que ejercen este extraño oficio nuestro, y que en nuestro modesto caso nos ha ratificado en casi todo lo que intuíamos cuando nos pusimos a esta tarea va a hacer una década.

En todo caso, nuestra conclusión es que la crítica teatral en nuestro país ha mejorado en los últimos años espoleada por algún espontáneo y el desafío de las redes sociales, donde las opiniones circulan incontrolables y donde cualquiera puede convertirse en crítico teatral, de otras facetas culturales o de no importa qué especialidad. Aumentó el ruido y la confusión, también la libertad de criterio y la complejidad de elección. Pero el público ilustrado sigue necesitando orientación de confianza y crítica de referencia.

Almagro nos pareció una localidad ejemplar, bellísima y cuidadísima, de habitantes amables y educados, a los que cuarenta años de teatro in situ ha dado una encomiable pátina cosmopolita. Recomendamos vivamente escapadas a este Festival (ver toda la información), que debería mudarse a fechas menos calurosas. Vivimos en una gran hospedería, antiguo convento con el patio/jardín más bonito que recordamos, y parecía la Toscana, aunque La Mancha nada tenga que envidiarla en el fondo (algo en las formas). Fuimos al teatro (ver nuestra reseña) y volvimos contentos.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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