Sus problemas judiciales le van a impedir facturar

El naufragio de la ‘maldita’ Aída Nizar: no podrá cobrar un euro por su derroche en ‘GH VIP’

Aída todavía adeuda los sesenta mil euros a los que fue condenada a pagar a Begoña Alonso

El naufragio de la 'maldita' Aída Nizar: no podrá cobrar un euro por su derroche en 'GH VIP'
Aída Nízar. SV

Además tendrá que hacer frente a las costas procesales del procedimiento que la abogada Teresa Bueyes ha exigido de forma continua

Como explica muy bien Saúl Ortiz, que es quien levanta la liebre este 23 de marzo de 2017 en ‘Es Diario’, la siempre polémica Aída Nízar parece haberse convertido en el ‘ungüento milagroso’ en estos tiempos de desatino televisivo.

Su irrupción en la última edición de Gran Hermano Vip ha servido para revitalizar un concurso tocado por el infortunio (El ‘todo por la audiencia’ de Paolo Vasile, acaba con Aída Nízar haciendo caca en el suelo).

La vallisoletana volvió más villana que nunca después de años deambulando entre tinieblas.

Cuentan que hasta hizo de las suyas en esa Abu Dabi a la que se trasladó acuciada por las deudas y los enredos emocionales.

Pero su desembarco en Telecinco y el enorme que realizó en la Casa de Gualix, donde hasta hizo caca en el suelo para levantar la audiencia, no será nada próspero para ella.

Todo indica que le va a ser difícil, por no decir imposible, que pueda volver a facturar hasta que liquide las deudas contraídas con unos y otros.

Tampoco podrá embuchacarse la retribución por su paso por el concurso (‘GH VIP’: La audiencia vuelve a expulsar a Aída Nízar y esta vez por hacer caca en el suelo de la Casa de Guadalix).

Condenada por el Tribunal Supremo, sigue adeudando 60.000 euros a Begoña Alonso tras insinuar públicamente que ejercía la prostitución y que había empujado a David Bustamante, su exnovio, a enrolarse en el mundo de las drogas.

Afirmaciones injustificables que ahora tendrá que disculpar a golpe de talonario. No hay otra solución, a pesar de las argucias utilizadas para esconder sus ingresos.

No solo eso, sino que además tendrá que hacer frente a las costas procesales del procedimiento que la abogada Teresa Bueyes ha exigido de forma continua.

Nada ha cambiado en ella. La recuerdo perfectamente durante su etapa como reportera en Sálvame.

Y no solo por ese tufo entre alquitrán y almizcle con el que atosigaba a cada zancada, sino también por la incontestable meticulosidad con la que abordaba cada reportaje. Se documentaba hasta el hartazgo.

Apoltronada en una de las últimas mesas de la redacción, intentaba pasar desapercibida con formas realmente exquisitas. Buscaba, imprimía y cuestionaba.

Me sobrecogía ser partícipe de ese contraste tan brusco entre su educación casi regia y la chabacanería de falsa etiqueta que proyectaba al encenderse el foco.

Sigo sin recuperarme de esa bipolaridad tan Nizar que sufrí o más bien lamenté. De esa dualidad tan imperfectamente televisiva con la que acarició las estrellas pero que también le empujó a codearse con Belcebú en un destierro que fue ahogo.

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