Famosos

Liz Taylor: La belleza salvaje sin depilar

El Festival de Cine de San Sebastián nos ha dejado muchas anécdotas, como las lágrimas de Glenn Ford al recordar a Rita Hayworth

El año 1973 fue «el de Liz Taylor», como siempre se ha recordado. Instalada en el hotel María Cristina se pasó las horas abusando de la bebida y de las medicinas que tomaba. Así es que llegó la hora de dirigirse al mencionado teatro, distante sólo a cincuenta metros… y no podía mantenerse casi en pie. Hora y media más tarde hizo su entrada triunfal en donde la esperaba un público encrespado por la intolerable impuntualidad de la diva, que iba bellísima, con una túnica verde que le cubría la cabeza.

Pasados unos minutos del incidente, acallados los pitos y gritos, subiría al escenario, pidió perdón y acabó siendo aclamada como lo que era: una diosa del cine. Había estado este periodista junto a ella cuando llegó la víspera. Y volví a contemplarla esa noche de fiesta, en el Ayuntamiento. Se detuvo donde yo estaba, casualmente. Fijé mi vista, a sólo medio metro, contemplando no sin sorpresa que no se había depilado el labio superior, que la pilosidad cubría parte de su hermosa faz. No fue ninguna alucinación, aunque preferí seguir mirando sus tantas veces alabados ojos color violeta, según recoge Manuel Román en Libertad Digital.

En cambio, cuando un año después aterrizó Sofía Loren, pudimos comprobar su sencillez, sin crear ningún tipo de problemas durante el día y medio que permaneció en el Festival, para promover un filme que rodó con Richard Burton, también allí presente. Crucé unas palabras con Trevord Howard, quien me confesó haber recomendado al director de El tercer hombre para que la música fuera compuesta por su amigo, Anton Karas y su cítara. Este gran actor británico llegó al teatro Victoria Eugenia a presenciar su película notablemente alegre y se pasó toda la proyección durmiendo. Almorcé un día con Lee Strasberg, director del famoso Actor´s Studio, quien me refirió que uno de sus alumnos más aventajados fue Marlon Brando, y otro, James Dean «que era un chico atormentado, tímido, que se pasaba las clases tan silencioso en su pupitre como inquieto».

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