LOS RICOS TAMBIÉN LLORAN

Así se convirtió el ex jesuita Jesús Aguirre, segundo marido de Cayetana, en la pesadilla de la Casa de Alba

Así se convirtió el ex jesuita Jesús Aguirre, segundo marido de Cayetana, en la pesadilla de la Casa de Alba
Eugenia Martínez de Irujo, Jesús Aguirre y Cayetana, Duquesa de Alba con todos sus hijos. EP

Eugenia, la menor de los seis hijos de la duquesa de Alba -y la única chica- cumplió el pasado 26 de noviembre de 2018 los 50 años y nos enteramos de que Jesús Aguirre, el cura rojo que encandiló a su madre cuando esta tenía 50, era un mal tipo (La exnuera de la duquesa de Alba: «Jesús Aguirre sentía un enorme desprecio por el género humano»).

«Me llamó a su despacho -tenía yo 11 años- y dijo que si le pasaba algo a mi madre, que según él estaba enferma del corazón, cosa que era mentira, yo sería la culpable».

Así abrió la fosa séptica familiar en la yincana televisiva de Jesús Calleja que, a juzgar por sus logros -Blanca Suárez destapó que fue acosada cuando salía con Miguel Ángel Silvestre; Mercedes Milá habló de su depresión y enseñó el trasero; Ágatha Ruiz de la Prada dijo que había engañado a Pedrojota- debería estar patrocinada por Aero Red, como escribe con sorna Núria Navarro en El Periódico (El nuevo amor del duque viudo de Cayetana de Alba que emociona a la reina Sofía ).

Lo tesis de la duquesa de Montoro coincide con la que vertió Manuel Vicent en ‘Aguirre, el magnífico’, un libro que se publicó en 2011, cuando la jefa de la Casa de Alba estaba viva y que la puso hecha un basilisco.

«Es un personaje digno de la corte de los milagros de Valle-Inclán», escribió el valenciano, a los que respondió Cayetana en una carta abierta:  «Nunca conocí a un hombre tan apasionado e inteligente».

La realidad es que Jesús Aguirre, segundo marido de Cayetana Fitz-James Stuart, no fue un hombre querido por los hijos ni por muchas de las amistades de la aristócrata (El tremendo zasca de doña Sofía a un invitado en la boda de los Alba por mentar a su marido).

La peculiar personalidad de «el cura» (como le llamaban) no facilitó la vida en común y nunca llegaron a ser una unidad familiar compacta.

Eugenia Martínez de Irujo, la menor de la Casa Alba, ha actualizado esa etapa calificándola de «pesadilla» en el programa de Jesús Calleja.

No tuvo reparos en explicar al aventurero la nula sintonía con Aguirre. Tenía 10 años cuando escuchó por primera vez hablar del «novio de mamá» y 11 cuando la hizo llorar por primera vez.

Como explica Paloma Barrientos en La Razón, en una especie de catarsis emocional la condesa de Montoro ha soltado todo lo que llevaba dentro durante tanto tiempo y que la hizo infeliz.

Su hermano Cayetano también descubrió en varias entrevistas anteriores ese punto malvado del marido de su madre.

El último ha sido Fernando, el mayor de los tres pequeños:

«Yo no habría abierto ese melón porque soy más conciliador, pero reconozco que Jesús no fue una buena persona con ninguno de nosotros. Era muy retorcido. Mi madre tampoco facilitaba las cosas».

Y describe a un hombre con una capacidad importante de manipulación.

«Mi madre tenía mucho carácter. Y eso lo sabe todo el mundo que la ha tratado. No se le podía llevar la contraria. Ella había elegido a Jesús y, por lo tanto, iba adelante pasara lo que pasara».

Y así fue como Jesús Aguirre, sacerdote jesuita, resentido con la aristocracia y de una enorme cultura, entró a formar parte de la casa ducal más importante en el organigrama nobiliario de España.

Eso sí, lo hizo como un elefante en cacharrería. Desplegó su poder, exigió despacho, tratamiento de duque al servicio y mandó bordar sus camisas y la ropa interior con la corona ducal.

Este último dato, verdad o leyenda, lo contaban en la tertulia del Café Gijón, lugar al que acudía antes de convertirse en marido de Cayetana.

Los colegas con ironía decían: «El cura se ha puesto coronitas hasta en los calzoncillos».

El escritor García Hortelano iba más allá:

«Se viste con el mono de trabajo que utilizaba el padre de Cayetana cuando era embajador en Londres y tenían que bajar al refugio con los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial».

Y no solo para sus paseos al aire libre sino también para escribir sus artículos. Tras esos comentarios llegaban las risas y las citas para acudir todos a lo que llamaba «la toma del palacio de invierno», que no era otra cosa que acudir a la llamada del amigo y «bebernos el vino y unos güiskis gratis».

Lo curioso es que ninguno de ellos recordaba que Aguirre pagara cuando se reunían fuera de Liria. Contaban que el duque tenía su pensión más un dinero de bolsillo que le daba su mujer y que no superaba las dos mil pesetas mensuales.

La duquesa decía que no le hacía falta más y Aguirre les contaba muerto de risa que sisaba en la cocina el dinero que estaba reservado para las propinas a los chicos de las tiendas que traían el pedido. Aguirre posaba cuando invitaba a sus amigos al Palacio de Liria debajo del retrato de Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, firmado por Velázquez.

 Manuel Vicent en el «Aguirre, el magnifico», escribió:

  «Él siempre iba cambiando de amigos. Huyendo de unos y de rico en rico. Su trayectoria fue siempre ascendente y, a medida que subía, iba dejando abajo a gente.

A su grupo más íntimo les enseñaba el vestidor del padre de Cayetana del que se surtía y les explicaba que usaba los zapatos de su suegro aunque le apretaran porque tenía un número más. También se paseaba por la estancia con sus zapatillas de terciopelo».Contaban que llegó a considerarse titular del ducado y utilizaba expresiones para remarcar esa singularidad. Hablaba en plural, refiriéndose a su persona, como «nosotros, los Alba». Llegó a cancelar algunas de sus citas profesionales y sociales utilizando como excusa sus dolores de cabeza, que definía como «la endemoniada jaqueca de los Alba». Y cuando el matrimonio se instalaba en primavera en el palacio sevillano de Dueñas, Aguirre recibía en el jardín y siempre hacía el mismo gesto. Señalaba un banco de azulejos mientras comentaba que «ahí se sentaba la emperatriz Eugenia de Montijo, nuestra pariente».

 Los últimos años de Jesús Aguirre no fueron buenos. Cayetana nunca reconoció que se había equivocado, pero sí puso tierra de por medio. Mejor dicho, palacio.

El «cura Aguirre» en Madrid, encerrado en sus habitaciones de Liria, y ella en Dueñas. Cuando murió su marido, enfermo de cáncer, Cayetana estaba en Sevilla y retardó su regreso hasta que todo estuviera en orden. No había necesidad de pasar un mal trago.


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