CRISIS SIN PRECEDENTES EN LA CORONA BRITÁNICA

La detención del expríncipe Andrés de Inglaterra deja a la monarquía británica en estado de shock

La policía británica arresta al hermano del rey Carlos III, acusado de conducta inapropiada en cargo público y sus vínculos con Epstein en el día de su cumpleaños

El príncipe Andrés de Inglaterra
El príncipe Andrés de Inglaterra. PD

Andrés Mountbatten-Windsor jamás habría imaginado que su 66 cumpleaños lo celebraría bajo la custodia de las autoridades.

Este jueves, seis vehículos de la Policía de Thames Valley se presentaron en el complejo real de Sandringham, ubicado en Norfolk, para llevar a cabo la detención del hermano del rey Carlos III, quien enfrenta acusaciones de conducta inapropiada en un cargo público.

La intervención, realizada sin previo aviso al palacio de Buckingham, marca un hito en la historia reciente de la monarquía británica. Tras más de diez horas de interrogatorio, el expríncipe fue liberado bajo investigación, lo que implica que sigue bajo sospecha mientras los agentes continúan recolectando evidencias.

Este arresto surge a raíz de nuevos documentos desclasificados por el Departamento de Justicia estadounidense en enero, los cuales revelan una conexión mucho más comprometida entre Andrés y el financiero condenado Jeffrey Epstein de lo que se había divulgado anteriormente.

Entre los hallazgos más inquietantes se encuentra un correo electrónico en el que Epstein informa al expríncipe que enviará a una mujer rusa de 26 años para que se reúna con él. Asimismo, han salido a la luz fotografías que muestran a Andrés en situaciones comprometedoras con una mujer cuya identidad no ha sido revelada. Lo más alarmante son los documentos que sugieren que el expríncipe habría filtrado información económica confidencial del Gobierno británico sobre relaciones comerciales con Hong Kong y Singapur durante su período como enviado especial para el Comercio Internacional en 2010.

La gravedad del caso radica no solo en las acciones del expríncipe, sino también en las sospechas de encubrimiento institucional. Durante años, la reina Isabel II mantuvo a su hijo bajo un manto protector, ignorando las presiones públicas tras la condena de Epstein en 2008, la difusión de fotografías comprometedoras en 2011 y aquella desastrosa entrevista de Andrés con la BBC en 2019, donde intentó justificar lo injustificable. Fue solo cuando la presión alcanzó niveles insostenibles que se le apartó como miembro activo de la familia real. En octubre de 2025, Carlos III decidió retirar todos sus títulos nobiliarios y expulsarlo de la mansión de Windsor, donde había residido durante más de dos décadas.

El acuerdo extrajudicial alcanzado por 12 millones de libras con Virginia Giuffre en 2022 —quien fue la primera víctima que lo acusó de violación siendo menor— cerró un frente civil pero dejó abierto otro moral. Giuffre se suicidó posteriormente, dejando tras de sí memorias que detallan encuentros abusivos con el hijo de Isabel II. La pregunta que ahora resuena por los pasillos del Palacio no es solo qué hizo Andrés, sino quién sabía qué y por qué no se actuó durante décadas. Esta incertidumbre transforma un escándalo personal en una amenaza existencial para toda la institución.

Una monarquía tambaleante

Carlos III hereda este fuego sin haberlo encendido él mismo, pero tampoco puede evadirlo. La monarquía británica es un ente histórico continuo; lo sucedido bajo Isabel II no desaparece simplemente con su llegada al trono. El monarca ha decidido optar por una postura ortodoxa: cooperación total con las autoridades y un comunicado reafirmando que «la ley debe seguir su curso». Sin embargo, hoy día, con la transparencia radical y el impacto innegable de las redes sociales, ese silencio ya no resulta efectivo.

La institución enfrenta múltiples turbulencias simultáneamente. El príncipe Harry mantiene su distanciamiento familiar tras perder su protección policial y residencia oficial. Mientras tanto, el príncipe William asume cada vez más protagonismo mientras su esposa, la princesa Kate, se recupera tras problemas médicos recientes. A esto se suma la salud del propio Carlos III, diagnosticado con cáncer a comienzos de 2024, lo cual añade incertidumbre al futuro inmediato del trono. Los abucheos recibidos durante actos públicos recientes reflejan que parte del público ya no está dispuesto a separar tan fácilmente al individuo del conjunto institucional.

Lo verdaderamente devastador sobre la detención del príncipe Andrés es su significado simbólico. En un momento donde crece la indignación pública frente a redes de poder operando con impunidad —ricos e influyentes a menudo intocables— ver a un antiguo príncipe interrogado bajo advertencia penal representa todo aquello que la monarquía moderna intenta ocultar: privilegio desmedido, falta de transparencia y complacencia ante situaciones graves. Carlos III ha heredado no solo una institución venerable sino también una maquinaria anacrónica vulnerable al escrutinio actual. Su misión ha sido reducir el tamaño familiar real y restaurar su autoridad moral; sin embargo, el caso del expríncipe representa todo lo contrario.

Los hermanos de Giuffre han declarado a través del canal estadounidense CBS: «Por fin, hoy nuestros corazones rotos sienten alivio al saber que nadie está por encima de la ley, ni siquiera alguien perteneciente a la realeza». Esta declaración resume perfectamente la magnitud del reto al que se enfrenta la monarquía británica: demostrar que puede seguir siendo relevante ante un mundo donde las desigualdades e injusticias son cada vez más evidentes. El futuro del trono dependerá no solo de proteger a sus miembros sino también adaptarse a los tiempos modernos.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído