El asesinato del detective tranquilo

(PD/Agencias).- Secuestrado, maniatado, golpeado y asfixiado hasta la muerte. Después, abandonado semidesnudo en un descampado de Madrid. Los asesinos del detective privado Luis Hernández Bustamante sabían lo que hacían. No tuvieron piedad, pero se han buscado 2.200 enemigos: los detectives privados de toda España quieren justicia.

Escribe Carlos Suárez en Interviú que La trompeta suena lúgubre en la mañana gris para despedir a Luis Hernández Bustamante. Las notas de lamento se extienden por el cementerio de La Paz, al norte de Madrid. Familiares, amigos y compañeros asisten en silencio, aún conmocionados por el truculento e inesperado suceso. Los padres, de negro riguroso, soportan con entereza la ceremonia.

“Estamos destrozados” es lo único que aciertan a decir, con voz vacilante. Arropando a la familia, varias decenas de compañeros de profesión siguen la ceremonia intentando asimilar un asesinato que abre una perspectiva nueva e inquietante para los 2.200 detectives que tienen licencia actualmente en España.

“A todos nos ha pillado de sorpresa –explica turbada María Carnero, detective y ex compañera de Hernández–. Nunca había sucedido algo así”. Sólo algunos de los profesionales con más antigüedad son capaces de recordar la muerte de un compañero.

“En el País Vasco, hace veinte años”, explican. Sin embargo, las circunstancias de este asesinato superan cualquier suceso previo y traspasan a la realidad española las tramas más escabrosas de la ficción cinematográfica.

El día de su desaparición, viernes 24 de noviembre, Luis Hernández preparaba la coordinación del dispositivo de seguridad no uniformada de Feriarte, que daba comienzo al día siguiente en Ifema. Su empresa era adjudicataria de un contrato en este recinto ferial madrileño, merced a sus 25 años de experiencia y a una trayectoria profesional intachable.

Tras ultimar los detalles, se despidió de sus compañeros y se dirigió a un bar de la calle Alcalá a tomar un bocadillo de calamares, una costumbre habitual. Luego, como hacía a menudo, se dirigió a una zona de copas en la calle de García Noblejas. Allí fue la última vez que se le vio con vida.

Una bolsa en la cabeza
El sábado, día en el que se inauguraba Feriarte, Luis no acudió a su trabajo. Su socia se inquietó y, al no poder localizarlo, se puso en contacto con la hermana del fallecido. Ésta, temiendo alguna desgracia puso una denuncia por desaparición. Sus sospechas se confirmaron al día siguiente, cuando una llamada anónima a la policía comunicaba el hallazgo de un cadáver en un pequeño descampado limitado por la calle Mauricio Legendre, la M-30 y la carretera de Fuencarral.

A las diez de la mañana, los agentes encontraron el cuerpo inerte del detective, tumbado sobre el costado izquierdo, maniatado con un cable eléctrico, la cabeza cubierta por una bolsa de plástico, desnudo de cintura para arriba y con los pantalones bajados hasta la mitad de los muslos.

“Yo aprendí la mayor parte de lo que sé de Luis –recuerda con un gesto de desconsuelo Pedro Montalbán, detective y amigo del fallecido–. Aunque las cosas han cambiado mucho desde el 98, que es cuando yo comencé. Y han cambiado a peor. Nuestra profesión está cada vez más peligrosa. La violencia ha aumentado considerablemente. Ahora hay muchas mafias que van armadas y que no tienen ningún problema en usar esas armas. Hay gente muy chunga”.

El presidente de la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, Julio Gútiez, abunda en el carácter peligroso de los asesinos del detective:

“No les ha dado ningún miedo. Llevaba la placa de la asociación, que siempre impone un cierto respeto”.

Ni la documentación ni el coche –un Seat Toledo gris plata con matrícula 1205 CWS– fueron encontrados, lo que añade razones para pensar en un crimen premeditado y cometido por sicarios profesionales.

Amenazas, palizas y accidentes de tráfico eran hasta el momento los peligros a los que se enfrentaban los detectives españoles en el desempeño de su labor. Uno de los sucesos más graves tuvo lugar este verano cuando el detective Salvador Martínez Cañabate fue brutalmente apaleado con una vara de hierro.

Perdió un ojo y sufrió lesiones graves de diversa consideración, pero conservó la vida y su agresor ha sido detenido. Ante la creciente violencia en la calle, algunos detectives se muestran partidarios de llevar armas. Creen que si Luis hubiera llevado una, las cosas habrían sido distintas.

Montalbán piensa que se les debería autorizar a trabajar armados, aunque en el colectivo no hay unanimidad. Julio Gútiez cree que “a algunos detectives que estén relacionados con temas de seguridad pues quizá sí debería permitírseles, pero sólo en casos muy especiales. ¿Cómo le vas a dar un arma a un chaval de 21 años que acaba de salir de la universidad?”.

Gútiez señala otros aspectos que acrecientan la inseguridad de los profesionales: “Cualquiera puede haber ido a tráfico con la matrícula de Luis y haber obtenido de allí la dirección del titular del coche”.

Murió en otro lugar
La autopsia reveló nuevos datos. El detective presentaba golpes de diversa consideración en la cabeza, pero la causa de la muerte fue un paro cardiaco por asfixia y no murió en el descampado en el que se encontró el cadáver. El forense estableció las 22 horas del sábado como momento de la muerte.

Este dato revela que Luis Hernández Bustamante estuvo secuestrado durante casi un día antes de ser finalmente asesinado. ¿Por qué esperaron tanto tiempo antes de quitarle la vida? ¿Buscaban información? ¿Pretendían los asesinos algo?

“No sabemos nada. Pueden haber sido tantas cosas”, se lamenta la detective María Carnero, que aun así descarta posibilidades:

“¿Que se metiera en una pelea? No. Luis era un hombre tranquilo, sabía bien medir con quién se las gastaba”.

Carnero señala la incertidumbre de la rutina profesional: “Nunca sabes para quién estás trabajando, o a quién estás siguiendo. Puede tratarse de alguien peligroso. Y puedes tener mala suerte”. Otras hipótesis achacan a un “error” la muerte de Hernández:

“Se movía mucho con joyeros y marchantes de arte, quizá le confundieron con uno de ellos”.

Pero esta idea no convence a los compañeros:

“Esto no ha sido ni un atraco ni un error –opina Montalbán–. Con la situación actual vas a hacer cualquier tema y no sabes lo que va a pasar. Muchas veces te puedes encontrar con algo gordo”.

El presidente de los detectives, Julio Gútiez, cuenta que los asuntos que llevan son cada vez más importantes y afectan a gente más poderosa. “Los detectives nos estamos dedicando a temas cada vez más delicados, de mayor importancia, relacionados con grandes empresas, con mucho poder. Investigamos fraudes, contraespionaje… Estamos investigando y pueden pasar estas cosas”.

En un primer momento se pensó en la posibilidad de que Hernández se hubiera inmiscuido en un asunto de tráfico de armas. Su socia dio amplia cuenta ante la policía de todos los casos que había llevado el detective últimamente. La Brigada X de Homicidios, que se encarga del caso, tiene muchas pistas para seguir.

Cada detective privado está obligado por ley a llevar un libro de registro con una descripción minuciosa de todos los casos que investiga: ese libro incluye la fecha en la que se inicia el servicio, así como los datos del contratante y el investigado.

Además la policía tiene a su disposición los expedientes de todos los casos llevados por Hernández. En cada expediente hay fotografías, grabaciones, documentos que están siendo examinados exhaustivamente y que pueden aportar valiosas pruebas para la detención de los criminales.

Una dedicación absoluta
De los 45 años que vivió Luis Hernández Bustamante, 25 fueron entregados a su profesión. Esta dedicación le valió recientemente la medalla a la constancia otorgada por la Asociación Profesional de Detectives Privados de España. Hernández gozaba de una gran reputación entre los colegas de profesión:

“Era un hombre muy profesional, muy seguro de lo que estaba haciendo”.

Por eso y por lo dramático de las circunstancias de su muerte, el cementerio de La Paz fue el centro de peregrinación de decenas de compañeros, algunos venidos de Barcelona y Valencia, que se mostraban aturdidos.

“No hemos podido asimilarlo, esta muerte nos va a marcar a todos”, decía con lágrimas en los ojos una compañera.

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