El parricida de Santomera, que había tomado drogas, «empieza a recordar»

Ángel Caratenutto Macanásvolvió ayer al hospital psiquiátrico penitenciario de Fontcalent, en Alicante. Ingresó pasadas las once y media de la mañana por orden judicial «bastante decaído porque ya empieza a recordar cosas». En julio de 2006 había salido del mismo centro tras pasar un año y siete meses internado por amenazas y malos tratos a su madre, en quien había fijado el objeto de su delirio. La primera vez que lo internaron fue entre 2003 y 2004.

La historia de Caratenutto encierra el drama de miles de familias estigmatizadas por las enfermedades mentales, según recoge ABC. Su madre la vivió en primera persona durante años y le ha costado la vida; su hermana y su mujer, que lo abandonó por sus crisis de violencia, también. El parricida, de 34 años, fue diagnosticado hace nueve de trastorno esquizoide y toxicomanía. Desde 2001, Teresa Macaná, su madre, se había visto obligada a denunciarlo.

Hasta el pasado 30 de agosto tenía una orden de alejamiento. Sólo su hermana le visitaba en prisión donde era colaborador y participó en talleres de formación para el empleo.

Ángel salió del centro psiquiátrico con la orden de alejamiento. Fue derivado a un centro de salud mental y se siguió su evolución en la calle desde el propio Fontcalent pero unos meses, abandonó las pastillas y se sospecha además que tomó drogas e ingirió alcohol. Su madre le recordaba día tras día que debía volver a la medicación.

«Una persona con esos antecedentes de agresiones y coacciones no puede abandonar el tratamiento. Hay que poner a funcionar la psiquiatría comunitaria y seguir al paciente cuando está internado y también cuando sale, en hospitales de día, en centros de salud mental o con un terapeuta a domicilio si es preciso», refieren fuentes sanitarias de Prisiones. Saben de lo que hablan.

Ayer, cuando Ángel cruzó las puertas quizá respiró aliviado y por eso empezó a recordar. Se le ha aplicado el protocolo de prevención de suicidios, una observación estricta y una medicación adecuada, que ya había empezado a tomar el día de antes. Muchas familias reviven estos días el horror y el miedo de cada día pasado con sus enfermos.

Casos como este revelan el fracaso del conjunto del sistema de salud mental. Este tipo de enfermos comete actos criminales no porque sean delincuentes, sino porque no están tratados de sus patologías. Pero como en el exterior no hay una red asistencial que garantice el seguimiento de esas terapias -hay que recordar que ya nadie puede estar internado en un psiquiátrico en contra de su voluntad-, los jueces optan por enviarlos a prisión, y sólo en los casos más graves al psiquiátrico penitenciario.

Naturalmente las sentencias se cumplen, pero pasado ese tiempo el enfermo vuelve a salir a la calle y la situación se reproduce: al no haber un sistema de control para que sigan el tratamiento, en muchas ocasiones dejan la medicación. Y en ese momento aumentan exponencialmente las posibilidades de que vuelvan a cometer alguna barbaridad. Sólo entonces la sociedad se conmueve. Pero nadie hace nada por solucionar el auténtico problema.

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