Rebeca deja huérfana a una hija de cinco años en la República Dominicana, desde donde se trasladó hace tres años: trabajaba en situación irregular

Así era Rebeca, la camarera dominicana apuñalada por su novio, el pinchadiscos del bar

La hermana de la joven trató de que la asesinada empezase una nueva vida lejos de Laredo: ella se negó

Así era Rebeca, la camarera dominicana apuñalada por su novio, el pinchadiscos del bar
Rebeca EE

Los detalles de este crimen dejan escalofriado hasta al más curtido experto en criminología (El sucio truco que prepara el asesino de Laura Luelmo para burlar la prisión permanente revisable ).

Cuando la hermana de Rebeca Alexandra Cadete le propuso que se fuera con ella a trabajar a Madrid, Rebeca no quiso. Prefirió quedarse en la localidad cántabra de Laredo, porque es donde estaba su gente y donde estaba él (La patada en las costillas que le propinó una valiente Laura Luelmo al «cabreado» Bernardo Montoya ).

Él es su pareja Tomás Maestre Ramírez, el asesino confeso que este jueves se entregó a la Policía Local tras matarla a puñaladas esa madrugada, según recoge Diego Rodríguez Veiga en El Español.

Rebeca Alexandra, de 26, provenía de República Dominicana y llegó a Laredo hace tres años, donde entonces vivía su hermana. Desde entonces estuvo trabajando, principalmente en la hostelería, y mandando dinero a sus padres que se habían quedado en su país natal cuidando de su hija de cinco años.

Personas cercanas a la familia comentan que recientemente su hermana se la había intentado llevar a trabajar a Madrid pero que ella no quiso porque era feliz con la vida que llevaba, con sus amigos y pareja y trabajando en la discoteca La Zona, y que de hecho su mayor sueño era traer a su hija a España.

Rebeca Alexandra llevaba más de dos años saliendo con Tomás Maestre, que era pinchadiscos en el bar donde ella trabajaba de camarera, pero las discusiones eran habituales, así como las rupturas y reconciliaciones.

Era una pareja que iba y venía y ahora ella inaugura un 2019 que se ha dado prisa en empezar a contar víctimas de violencia de género. El año pasado se saldó con 47 asesinadas.

«Ellos siempre tenían riñas de celos», asegura a EL ESPAÑOL Julia, quien regenta un bar que lleva su nombre y en cuya cocina Rebeca trabajó en el verano de 2017 antes de empezar como camarera en La Zona «porque le gustaba mucho bailar y pasarlo bien».

«Era una persona muy familiar, todo lo hacía pensando en su hija, pero con él siempre discutía, aunque no metían a terceras personas», dice, en conversación telefónica, Julia con la voz quebrada. Desde trabajó para ella, Rebeca Alexandra se había hecho amiga suya y de su hija Esther y cenaron todas juntas la pasada Nochevieja. «Después de cenar se fue a trabajar al bar La Zona y ahí, a las 6 de la mañana, fue la última vez que la vi». «Ella amenazaba con dejarle solo y buscarse a otro hombre pero él siempre le decía que no la iba a dejar irse», añade.

A pesar de las discusiones, Rebeca no había interpuesto ninguna denuncia contra su pareja y él tampoco tenía antecedentes. Así lo ha informado la Delegación del Gobierno que ha comunicado que la Guardia Civil y la asistencia sanitaria del 061 se encontraron a la víctima ya fallecida con varias puñaladas en el tórax. En la vivienda había dos amigas más que intentaron detener al agresor pero que en el momento del asesinato se encontraban encerradas en una de las habitaciones de la vivienda localizada en el cuarto piso del número 2 de la calle Rosario Ochandiano.

El delegado del Gobierno en Cantabria, Pablo Zuloaga, ha asegurado que la víctima no tenía permiso de residencia. Sin embargo, ha remarcado que el Estado tiene herramientas para responder a todos los casos de violencia de género en el territorio independientemente de la situación administrativa de la víctima. De hecho, aunque la víctima esté en situación irregular sigue contando como tal.

Tomás Maestre, de 29 años y procedente de Ecuador, llegó hace ocho años a Laredo con su familia. Hasta su detención, el asesino confeso trabajaba habitualmente en el restaurante Casa Ruiloba. Desde la organización del establecimiento no han querido hacer declaraciones para «respetar el dolor de las dos familias».

Este jueves se ha celebrado frente al Ayuntamiento de Laredo una concentración en repulsa por el crimen. A ella ha acudido el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, quien ha resaltado la frialdad del asesino que, tras entregarse a la policía se quedó dormido, informa Europa Press.

A las condenas también se ha sumado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que ha asegurado que no abandonará el compromiso por erradicar la violencia machista. El hecho tiene lugar un día después de que Vox condicione su apoyo a la investidura de Juan Manuel Moreno (PP) en Andalucía a cambio de la supresión de las ayudas que reciben las víctimas de violencia de género.

«He intentado hablar con la hermana de Rebeca pero no me ha podido contar nada, sólo lloraba», relata Julia a este periódico. «Ella también había pasado la Nochevieja con nosotros pero volvió a Madrid y ahora está de camino a Laredo. Lo único que me ha dicho es que siente que tiene la culpa por no haberla conseguido convencer de irse a vivir a Madrid con ella», añade.

Este sentimiento de culpa es bastante habitual entre las personas que son tocadas de alguna forma por un hecho así. «Además del trastorno de estrés postraumático, en el que se rememoran los hechos, es posible que tanto las amigas que estaban con ella en el piso o la hermana experimenten cierto grado de culpabilidad», asegura Bárbara Zorrilla, psicóloga experta en tratar a víctimas de violencia de género.

«Es algo que también puede pasar en un accidente, cuando no mueren todos y los supervivientes se preguntan que por qué no les tocó a ellos», añade. «A veces se siente que se podría haber hecho algo más, que se podría haber evitado», añade Zorrilla pero apuntala que «el único responsable de la violencia es el que la ejerce».

El hecho de que la víctima no haya denunciado es algo muy habitual. De las 47 asesinadas por violencia de género en 2018, sólo 14 habían denunciado. «Muchas veces es por miedo, no solo al agresor sino también a la reacción a la sociedad y otras por vergüenza por reconocerse como víctimas», asegura Zorrilla.

«También está la esperanza de cambio. La violencia forma un ciclo que comienza sin problema y tras la violencia tiene lugar lo que se llama la luna de miel, donde la situación se destensa y ellas piensan que el agresor va a cambiar», añade. «Es muy importante detectarlo a tiempo porque la violencia funciona en escalada y muchos maltratadores tienen la habilidad de pasar desapercibidos y mostrarse diferente en privado que en público», asegura.

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