INDIFERENCIA E INCOMPETENCIA

La lucha desesperada e inútil de la abuela por salvar a los niños de sus desquiciados padres

Noemí Mensua barruntaba la tragedia y se enfrentó a su hija, pero las autoridades fallaron una vez más

La lucha desesperada e inútil de la abuela por salvar a los niños de sus desquiciados padres
Noemí Mensua, su hija María, Salvador y los niños asesinados en Godella. EP

Los servicios sociales del Ayuntamiento de Godella, la localidad de Valencia donde la chalada María Gombau mató este 13 de marzo de 2019 a sus hijos de tres años y de cinco meses, habían abierto dos expedientes sobre la familia.

Lo ha confesado este viernes la alcaldesa del municipio, Eva Sanchis, según reseña El País, que asombrosamente no se pregunta por qué no hicieron nada concreto (Los indicios eran escalofriantes y se podía y debía haber evitado la tragedia de los niños de Godella).

La segunda actuación se abrió a instancias de la «familia extensa» de Gombau, ha dicho la alcaldesa, en referencia a la madre de la joven de 28 años y abuela de los menores. (La macabra canción del padre de los niños asesinados en Godella: «Los cuentos siempre acaban bien»).

El primer expediente, en 2016, se inició a raíz de un «conflicto de convivencia vecinal» a petición del Juzgado de Instrucción número 2 de Paterna, pero se archivó ese mismo año después de que el Ayuntamiento constatara que la familia, que por entonces solo tenía un niño, había abandonado el municipio.

Noemí Mensua Calzado estaba preocupada. Su hija, María Gombau, madre de los dos niños muertos (uno de ocho meses y otro de tres años y medio) en Godella (Valencia), era una mujer particular, pero nunca había llegado al extremo de estas últimas semanas, en las que ni la miraba. La veía como una enemiga por querer quitarle la custodia de sus hijos, por pensar que estaban en peligro, según recoge David Palomo en El Español.

UNA FAMILIA BIEN

Los Mensua forman parte de una familia de arquitectos de Rocafort muy afables con un único problema: su hija María despreciaba la sociedad y lo manifestaba siempre que podía. La joven madre se había convertido en una oveja negra en un entorno socioeconómico pudiente.

En la cabeza de María Gombau Mensua sólo rondaban ideas radicales contra el sistema consumista occidental y críticas centradas en lo que ella consideraba una deriva política que sólo podría acabar con una revolución contra los poderes establecidos.

Sus vehementes comentarios, que vertía ante sus allegados, describían España con un poder político, económico y judicial absolutamente corrupto. Esta obsesión mezclada con su TMG (trastorno mental grave con brotes de esquizofrenia) sin la medicación adecuada convertía a María en una inadaptada en un mundo que despreciaba.

Una forma de pensar que pronto encontró su media naranja antisistema en Gabriel Salvador Carvajal Aguilera, un belga con ascendencia mexicana que quería vivir al margen del poder establecido con tendencias naturistas y alternativas. Una comunión de ideas extremas, consumo de porros y hongos alucinógenos que nadie creía que podría a acabar con la vida de sus dos hijos de tres años y medio, y cinco meses.

NO IBA EL NIÑO AL COLEGIO

El mayor llevaba desde el 20 de febrero sin acudir al colegio y mantenía ocultos a los críos en la casa okupa donde vivía junto a Gabriel Salvador, su pareja.

Creía que los pequeños estaban poseídos y que tenía la obligación de curarlos como fuera. Eso puso sobre alerta a la abuela, que llamó a los Servicios Sociales.

«Tengo miedo por mis nietos», advirtió Noemí. Lo hizo en repetidas ocasiones.

Antes, en 2016, esos mismos Servicios Sociales ya habían recibido un aviso por «un conflicto de convivencia vecinal».

Pero tras hacer un seguimiento, se «archivó el expediente porque la familia abandonó el municipio».

Aquello quedó en nada, pero Noemí ya estaba preocupada por la vida que llevaba su hija María.

María procedía de una buena familia, conocidos arquitectos en Rocafort. Políticamente, se oponía al capitalismo y se declaraba antisistema, ecologista y animalista.

Llegó a ser detenida por provocar diversos altercados durante las manifestaciones del 15-M en el año 2011. Le gustaba vivir a «su aire», alejada de los estándares en los que había sido criada, como reconocen sus vecinos.

«Sabíamos que se ponían hasta el culo».

Así lo hizo María, que se instaló en una casa okupa entre las localidades de Rocafort y Godella, al pie de una de las urbanizaciones con más renta per cápita de Valencia, Santa Bárbara, donde viven futbolistas, abogados y, en definitiva, familias «pudientes».

Entre sus ilustres vecinos, Robert Fernández, ex director deportivo del Barcelona, y Roberto Ayala, ex jugador del Valencia.

Todo eso preocupaba a la abuela. La madre ofreció a la hija vivir en su propia casa, dejarle una de las habitaciones hasta que ella, su marido y los niños tuviesen dinero para independizarse. Pero ella se negó.

Quería vivir al margen y se instaló en ese inmueble medio en ruinas, sin techo, con las paredes cayéndose y en evidente estado de insalubridad.

Noemí, mientras, luchaba contra molinos de viento. Intentaba de todas formas que su hija, que sobrevivía junto a sus nietos en unas condiciones infrahumanas, se trasladase con ella a Rocafort (está a apenas unos kilómetros de la casa okupa), donde ella vivía, en unos chalés de clase alta en los que no le hubiese faltado una habitación.

La lucha de la abuela Noemí, profesional de servicios medioambientales, resultó en vano. Y los Servicios Sociales tampoco, parece, tuvieron tiempo de actuar con la celeridad necesaria. Ni siquiera el colegio, que estuvo desde el día 20 de febrero sin ver por allí al mayor de los niños asesinados. Los vecinos, en cambio, presagiaban lo peor.

«Él siempre tenía las manos sucias y el niño iba muy desarreglado. No estaban bien de la cabeza. Lo sabía todo el mundo».

¿Por qué entonces nadie con competencias hizo algo por los niños? Eso es lo que se preguntan en Valencia varios días después de la tragedia.

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