CRÍMENES SIN RESOLVER DURANTE 17 AÑOS EN NUEVA YORK

La escalofriante confesión de Rex Heuerman, el gigante frío como el hielo, que asesinó a 8 mujeres en una playa de Long Island

El arquitecto se declaró culpable de ocho homicidios perpetrados entre 1996 y 2013, cerrando uno de los casos de serial killers más perturbadores de Estados Unidos.

Rex Heuermann (1)
Rex Heuermann. PD

Llevaba una vida perfectamente corriente. Eso es lo que más inquieta.

No el monstruo. La normalidad perfecta que lo rodeaba.

Rex Heuermann, 62 años, arquitecto con despacho en Manhattan, vecino de Massapequa Park en Long Island, hombre de familia. Durante más de una década, mientras la policía buscaba al asesino que había dejado cadáveres entre la maleza de Gilgo Beach, él seguía el caso en internet con obsesión meticulosa. Leía las noticias. Consultaba el avance de la investigación. Y volvía a su vida de profesional respetable.

El miércoles compareció ante el tribunal del condado de Suffolk en Riverhead, Nueva York, y lo confesó todo. Ocho mujeres asesinadas a lo largo de 17 años. Él fue el autor.

La declaración de culpabilidad

La sala estaba llena. Periodistas, agentes policiales y, sobre todo, familiares de las víctimas que llevaban años esperando ese momento. Heuermann entró con la misma frialdad que, según los investigadores, había caracterizado cada uno de sus crímenes. No buscó los ojos de nadie. No mostró emoción reconocible.

Se declaró culpable de tres cargos de asesinato en primer grado y cuatro por asesinato intencional. Reconoció además haber matado a Karen Vergata en 1996, aunque ese crimen no formó parte de los cargos formales. En junio recibirá su condena: cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

No habrá juicio. No habrá apelación. No habrá más espera para las familias.

El método de un depredador metódico

Lo que los investigadores encontraron en su casa tras su arresto en julio de 2023 dejó sin palabras incluso a los agentes más experimentados. Doce días de registro. Una cámara subterránea con 279 armas. Y en su ordenador, algo que el fiscal del distrito Ray Tierney describió como un «plan» detallado: listas para reducir el ruido durante los crímenes, instrucciones para limpiar los cuerpos, protocolos para eliminar pruebas.

No era un asesino impulsivo. Era un ingeniero del crimen.

Heuermann utilizaba teléfonos de prepago para contactar a sus víctimas, la mayoría trabajadoras sexuales que encontraba a través de anuncios en internet. Las estrangulaba. Desmembraba algunos cuerpos. Los envolvía en arpillera y los dejaba en lugares remotos, entre la vegetación que bordea la Ocean Parkway, a escasos kilómetros de Gilgo Beach. Un escenario que los investigadores acabarían llamando, sin eufemismos, zona de horror.

Su historial de búsquedas en internet completaba el retrato. Pornografía violenta. Y, de forma sistemática, noticias sobre el avance de la investigación de los asesinatos de Gilgo Beach. Seguía el caso como quien sigue un partido. Con la diferencia de que él era el jugador principal.

Las víctimas: nombres, no estadísticas

A lo largo de 17 años, ocho mujeres. Melissa Barthelemy, Maureen Brainard-Barnes, Amber Lynn Costello, Valerie Mack, Jessica Taylor y Megan Waterman fueron encontradas entre la vegetación cercana a la Ocean Parkway. Los restos de Sandra Costilla aparecieron más de 100 kilómetros al este, en los Hamptons. Y los de Karen Vergata fueron hallados en dos lugares distintos: Fire Island en 1996 y cerca de Gilgo Beach en 2011.

La investigación cobró impulso en 2010 cuando la policía encontró varios cuerpos mientras buscaba a Shannan Gilbert, una joven desaparecida. Su familia nunca aceptó la versión oficial —ahogamiento accidental, sin conexión con Heuermann—, pero ese hallazgo inicial fue el detonante que puso en marcha la maquinaria que, doce años después, llevaría al arquitecto ante un tribunal.

La tecnología que lo atrapó

Durante años, Heuermann fue invisible. Usaba teléfonos desechables, actuaba en lugares sin cámaras, no dejaba huellas evidentes. Lo que no calculó fue la persistencia de los datos digitales y la paciencia de los investigadores.

En 2022 se formó una unidad especial dedicada en exclusiva al caso. Los agentes rastrearon una base de datos de matrículas y vincularon al sospechoso con una camioneta Chevrolet Avalanche verde oscuro avistada en 2010, el año en que desapareció una de las víctimas. Analizaron registros de teléfonos desechables, revisaron pruebas de ADN y examinaron su historial digital con minuciosidad quirúrgica.

El momento decisivo llegó cuando un equipo recuperó material desechado por Heuermann cerca de su oficina en Manhattan. El ADN obtenido de esa muestra coincidió con un cabello masculino encontrado dentro de la arpillera que envolvía a una de las víctimas. Prueba concluyente. Arresto en julio de 2023. Fin de diez años de impunidad.

La familia que no sabía nada

En la sala del tribunal estaba Asa Ellerup, exesposa de Heuermann, junto a su hija Victoria. Su abogado fue rotundo: ninguna de las dos tenía conocimiento de los crímenes. Los investigadores lo confirmaron: la mujer y los hijos estaban fuera del estado cada vez que, según la reconstrucción judicial, se produjeron los asesinatos.

Ellerup declaró que nunca notó señales de alarma durante años de convivencia. Que no puede aceptar que el hombre con quien compartió su vida sea un asesino en serie. Es el tipo de frase que se escucha en estos casos y que, aun así, no deja de resultar devastadora.

El abogado defensor Michael Brown explicó que fue decisión propia de Heuermann declararse culpable, en parte para evitar un juicio público que habría sometido a las familias de las víctimas —y a la suya propia— a semanas de detalles insoportables. Como parte del acuerdo, el arquitecto se comprometió a colaborar con la unidad conductual del FBI. Esa colaboración podría ayudar a resolver otros casos fríos cuya conexión con Heuermann aún no ha sido establecida.

El monstruo de la puerta de al lado

El caso de Gilgo Beach se convirtió en un fenómeno cultural antes de resolverse. Documentales, libros, la película Lost Girls de Netflix. Una herida abierta en la memoria colectiva de Long Island que el miércoles, finalmente, encontró algo parecido a un cierre.

Pero lo que permanece, más allá de los datos y las pruebas, es la pregunta incómoda que este tipo de casos siempre deja flotando en el aire. Rex Heuermann no era un marginal ni un solitario excéntrico. Era un arquitecto con despacho en Manhattan, con familia, con vida social, con vecinos que lo saludaban por su nombre.

Mató a ocho mujeres a lo largo de 17 años. Siguió el caso en internet mientras seguía en libertad. Y nadie, absolutamente nadie a su alrededor, vio nada.

Quiénes eran y cómo las elegía

No eran objetivos aleatorios. Heuermann las seleccionaba con la misma frialdad con la que planificaba el resto. Buscaba a mujeres que ejercían la prostitución a través de anuncios en internet, en plataformas como Craigslist y Backpage, que en aquellos años eran los espacios donde este tipo de servicios se ofertaban abiertamente antes de que las autoridades los clausuraran. Mujeres que, por la naturaleza de su trabajo, solían desaparecer sin que nadie presentara denuncia de inmediato. Mujeres cuya ausencia tardaba en notarse.

Eso era exactamente lo que buscaba.

Melissa Barthelemy tenía 24 años cuando desapareció en julio de 2009. Había llegado a Nueva York desde Buffalo buscando una vida mejor. Su familia tardó meses en entender que algo grave había ocurrido, en parte porque Heuermann siguió llamando al móvil de la joven después de matarla, dejando mensajes obscenos a su hermana adolescente para sembrar confusión y desviar cualquier búsqueda.

Maureen Brainard-Barnes tenía 25 años y era madre de dos hijos cuando desapareció en julio de 2007. Había empezado a ejercer la prostitución para pagar deudas. Su familia la buscó durante años sin respuesta.

Amber Lynn Costello tenía 27 años y luchaba contra una adicción a las drogas cuando desapareció en septiembre de 2010. Quienes la conocían describían a una mujer atrapada en una espiral de la que intentaba salir.

Megan Waterman tenía solo 22 años. Desapareció en junio de 2010, poco después de haber publicado anuncios en Craigslist. Era madre de una niña pequeña.

Valerie Mack tenía 24 años. Sus restos aparecieron fragmentados en dos ubicaciones distintas, lo que reveló que Heuermann la había desmembrado antes de dispersar los restos. Tardaron años en identificarla.

Jessica Taylor tenía 20 años cuando desapareció en julio de 2003. Sus restos también aparecieron en dos lugares diferentes, separados por kilómetros. Había llegado a Nueva York desde Carolina del Norte.

Sandra Costilla tenía 27 años cuando desapareció en 1993. Sus restos fueron encontrados en los Hamptons, a más de 100 kilómetros de Gilgo Beach, lo que sugiere que Heuermann varió sus patrones de ocultación a lo largo de los años.

Karen Vergata fue su víctima más antigua conocida. Murió en 1996. Partes de sus restos aparecieron en Fire Island ese mismo año; el resto, cerca de Gilgo Beach, en 2011. Su identificación tardó quince años.

El perfil de sus víctimas: vulnerabilidad como criterio de selección

Lo que une a todas ellas no es solo el oficio. Es la vulnerabilidad sistémica que Heuermann identificó y explotó con precisión clínica.

Eran mujeres jóvenes, la mayoría con hijos, algunas con problemas de adicción, casi todas en situaciones económicas precarias. Mujeres que habían recurrido a la prostitución como salida de emergencia, no como elección. Mujeres cuya desaparición, en demasiados casos, no generó la respuesta policial inmediata que habría obtenido otro tipo de víctima.

Heuermann lo sabía. Contaba con ello. El sistema de selección no era casual: era una estrategia diseñada para maximizar el tiempo que podría actuar sin consecuencias.

Usaba teléfonos de prepago para contactarlas, cambiaba de número con frecuencia y nunca utilizaba su identidad real. Se citaba con ellas en lugares donde nadie lo conocía. Pagaba en efectivo. No dejaba rastro visible. Y cuando terminaba, envolvía los cuerpos en arpillera y los dejaba en la oscuridad de Long Island, entre la maleza, a pocos metros de una carretera que miles de personas recorrían cada día sin sospechar nada.

Durante 17 años, el sistema funcionó. Las víctimas eran invisibles en vida. Y siguieron siéndolo en muerte, durante más de una década, hasta que la tecnología y la obstinación de los investigadores hicieron lo que el sistema había fallado en hacer antes: verlas.

Sus nombres son Melissa, Maureen, Amber, Megan, Valerie, Jessica, Sandra y Karen. No eran estadísticas. Eran mujeres con hijos, con familias, con historias. Heuermann las eligió precisamente porque creyó que nadie las echaría de menos lo suficiente.

Se equivocó. Tardó, pero se equivocó.

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