Hay profesiones que no aparecen en ninguna bolsa de empleo pero que tienen sus propias reglas, sus propias tarifas y su propia jerarquía interna tan estructurada como la de cualquier empresa legal.
La del sicario es una de ellas. Y en el mundo del crimen organizado global, es también una de las más demandadas, las más especializadas y las más difíciles de investigar por las fuerzas de seguridad.
La tarifa: de 100 dólares a más de un millón
El primer dato que sorprende a quien se adentra en la economía del sicariato es la amplitud brutal del rango de precios. No existe una tarifa fija. Lo que determina el precio de un asesinato por encargo es una combinación de factores que los investigadores de la Europol, el FBI y los cuerpos policiales latinoamericanos han ido documentando a lo largo de décadas.
El factor más determinante es quién es la víctima. Un ciudadano anónimo de escasa relevancia social, cuya desaparición no va a generar una investigación policial de primer nivel, puede ser el objetivo de un encargo que se cierra por tan solo 100 dólares en los mercados más violentos de América Latina. Es una cifra que resulta difícil de procesar moralmente: el precio de una vida humana equivalente a una cena modesta.
En el extremo opuesto, un objetivo de alta relevancia, ya sea un funcionario gubernamental, un empresario con protección, un testigo protegido o alguien con escoltas y medidas de seguridad profesionales, puede generar un contrato de 10.000 dólares o mucho más. Los investigadores de casos de sicariato internacional han documentado encargos que superan el millón de dólares cuando la víctima tiene protección estatal, cuando la operación debe ejecutarse en un país extranjero con mayor riesgo de detención o cuando el cliente exige garantías de que el trabajo se ejecutará sin dejar rastro.
Los factores que determinan el precio
Además del perfil de la víctima, varios elementos adicionales afectan a la tarifa final:
La ubicación geográfica es determinante. Ejecutar un encargo en España o en cualquier país europeo cuesta significativamente más que hacerlo en zonas de alta violencia de México, Colombia o Brasil, donde el riesgo de investigación efectiva es estadísticamente menor para el perpetrador. Un sicario que opera en Europa asume el riesgo de enfrentarse a sistemas policiales más sofisticados, laboratorios forenses más avanzados y cooperación judicial internacional que puede rastrearle aunque haya cruzado varias fronteras. Ese riesgo adicional se traslada al precio.
El nivel de dificultad técnica también pesa. No es lo mismo eliminar a alguien que camina solo de noche por una calle oscura que atacar a una persona con escolta, con rutinas imprevisibles y acceso restringido. Los encargos que requieren planificación elaborada, vigilancia previa, acceso a lugares protegidos o el uso de métodos específicos que dificulten la identificación de la causa de muerte tienen un precio muy superior.
La urgencia es otro factor. Un encargo que debe ejecutarse en 48 horas cuesta más que uno con semanas de margen para planificar. La presión temporal aumenta el riesgo y, por tanto, la tarifa.
La discreción exigida cierra la lista. Cuando el cliente exige que el trabajo parezca un accidente, un suicidio o una muerte natural, el nivel de especialización requerido es mucho mayor. Los casos más caros de sicariato documentados por los investigadores son aquellos donde la muerte debía ser indetectable: el uso de venenos difíciles de identificar en la autopsia, los «accidentes» de tráfico provocados con precisión técnica o las sobredosis manufacturadas.
El perfil del sicario: más complejo de lo que el cine muestra
La imagen cinematográfica del sicario como un profesional frío, solitario y con habilidades casi sobrenaturales corresponde solo a la cúspide de una pirámide que tiene una base muy diferente. Los investigadores distinguen varios niveles:
En el nivel más bajo están los sicarios de oportunidad: individuos jóvenes, frecuentemente menores de edad en algunos mercados, captados por el crimen organizado con la promesa de dinero rápido y que ejecutan los encargos más simples, los menos remunerados y los que entrañan el mayor riesgo de captura. Son los más prescindibles para las organizaciones que los controlan y los más expuestos cuando la policía investiga.
En el nivel intermedio están los operadores con cierta experiencia, que ya han completado varios encargos y que han desarrollado rutinas de seguridad personal: cambio de teléfonos, uso de identidades falsas, conocimiento de rutas de escape. Son los que ejecutan la mayor parte de los encargos de rango medio.
En el nivel superior, el más difícil de documentar, están los profesionales con formación específica, a menudo con pasado militar o policial, que operan internacionalmente y que son contratados para los objetivos de mayor dificultad. Estos son los que aparecen en casos como el atentado de Mónaco de junio de 2026, donde la principal sospechosa, Anastasia Berezovska, tenía conexiones con la inteligencia militar ucraniana y huyó a través de varios países europeos antes de ser encontrada muerta en Kyiv.
Los mercados más activos
México sigue siendo el mercado de sicariato más activo del mundo por volumen de encargos, alimentado por las guerras entre cárteles que producen decenas de miles de víctimas anuales. Los investigadores de la DEA estiman que algunos cárteles tienen estructuras de sicariato con cientos de miembros organizados jerárquicamente, con especialidades diferenciadas y con sistemas de pago y ascenso interno.
Colombia fue durante décadas la referencia mundial del sicariato organizado, desde los tiempos de Pablo Escobar, que construyó una industria del asesinato por encargo que operaba con la eficiencia de una empresa. Aunque la situación ha mejorado significativamente, el país sigue teniendo estructuras activas vinculadas a grupos disidentes y crimen organizado.
En Europa, el sicariato de importación, es decir, la contratación de individuos llegados de fuera para ejecutar encargos específicos y marcharse antes de que la investigación policial pueda identificarlos, ha crecido en los últimos años. Países Bajos, Bélgica y España han registrado casos documentados de este modelo, frecuentemente vinculados al tráfico de drogas y a disputas entre organizaciones criminales de origen magrebí o latinoamericano.
Lo que la investigación policial puede y no puede hacer
Investigar un asesinato por encargo es sustancialmente más difícil que investigar un homicidio ordinario por una razón estructural: la persona que ejecuta el crimen no tiene relación previa con la víctima. Los investigadores de homicidios trabajan habitualmente buscando motivación, y la motivación suele estar en el entorno cercano de la víctima. Cuando quien mata no conoce a quien mata, ese hilo de investigación desaparece.
Lo que queda son las evidencias forenses, las comunicaciones interceptadas y la infiltración en las organizaciones que contratan sicarios. Los avances en genética forense, en análisis de metadatos de teléfonos móviles y en cooperación judicial internacional han mejorado las tasas de resolución de estos casos en los países con sistemas judiciales más desarrollados.
Pero en los mercados donde la impunidad es alta, donde la policía está infiltrada o donde las organizaciones criminales tienen la capacidad de intimidar a los testigos, la tasa de resolución sigue siendo alarmantemente baja. Lo que significa que la mayoría de los contratos se ejecutan sin que el cliente sea nunca identificado ni perseguido.
El precio de una vida
La economía del sicariato, con sus 100 dólares en el extremo inferior y sus millones en el superior, es quizás el indicador más descarnado de la desigualdad en el valor que el crimen organizado asigna a las vidas humanas. Una vida no vale lo mismo dependiendo de quién la posee, de cuánta atención policial va a generar su pérdida y de en qué país ocurre su fin.
Es la lógica del mercado aplicada a su consecuencia más extrema.
Y mientras esa lógica exista, el negocio seguirá teniendo clientes, ejecutores y víctimas.