El pan y la sal - Teatro Español

Una pieza teatral que se subtitula a estas alturas 'Juicio a la Memoria Histórica. Una obra sobre el **olvido** de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura Franquista', después de dos décadas de no parar ni un solo día de dar la paliza con las víctimas de un solo bando, ejerciendo de desmemoria histórica para lo que no conviene, y azuzando odios e inquinas que ya no se sostienen en aras de una manipulación sentimental a favor de una izquierda muy poco democrática, una pieza teatral así es un sarcasmo, máxime representada en el Teatro Español que usufructúa la que muchos consideran la alcaldía más sectaria e incompetente del último medio siglo.

Es un montaje que se inspira en el proceso al juez Baltasar Garzón en 2012 por prevaricación, en su intento de levantar un megaproceso a partir de denuncias de asociaciones dedicadas a buscar desaparecidos víctimas de la represión del bando franquista en la guerra civil de 1936-1939 y la posguerra hasta los años 50. Pero simulando reconstruirlo, pone en pie un libelo sentimentaloide carente de altura conceptual y formal.
 
El Pan y la Sal afirma no tener una sola línea de ficción y sin embargo es una fabricación a partir de medias verdades y mentiras totales. A Garzón se le juzgó y se le absolvió por presunto abuso de poder, apenas una disculpa en la pieza para que la obra se centre en los testimonios lacrimógenos de diversos familiares de supuestas víctimas, a su vez dirigentes de estas asociaciones, narrando cómo desaparecieron sus padres y abuelos y lo que suponen que les pasó. 
 
Teatro militante del que no necesita ser verídico, agravado por sendos sermones -como entradilla y epílogo- que insultan a la inteligencia y solo buscan conmover de forma torticera. Pero si el texto es un sermón partidista apenas camuflado, otro más, la puesta en escena no es precisamente un dechado de inspiración innovadora, con una improvisada sala de audiencia rodeada de forma anómala por un público de adorno ante el que un reparto de nombres famosos interpreta marionetas, testigos de la defensa todos simpáticos, todos viejecitos enternecedores consagrados a una causa poco menos que heroica, con una patética Nuria Espert al frente y un José Sacristán culminando su redención de haber sido destacado personaje del cine del franquismo; un juez mandón pero bueno (porque absuelve al acusado injustamente) encarnado por un Andrés Lima que está de paso, como de paso está un Garzón hierático y majestuoso a cargo de Mario Gas. Sólo Alberto San Juan transmite cierta verosimilitud como abogado de la acusación -aunque trastabille a menudo y se resigne a ser comparsa inútil salvo en una primera intervención- acompañado de Ginés García Millán como abogado defensor, el cual como es el bueno será el que más grite exponiendo su tesis, y como es el que gana, termine dirigiendo el juicio a su antojo.

Todos los actores y actrices que encarnan familiares de desaparecidos caen en ese tic tan manido del mal teatro que podíamos llamar el del 'ancianito entrañable' que tiembla mucho y tiene mala memoria, que habla con esfuerzo pero tiene golpes de gracia y sus declaraciones de parte terminan en un muestrario de falsas memorias, exageraciones y afirmaciones gratuitas.

Este 'documento' teatralizado no se parece en nada a un proceso real, es una retahíla de folios que todos agitan y leen como las tablas de la ley, y que el espectador sigue como el que lee un PDF, con interés por el tema, con esperanza de que contenga una exposición equilibrada de los argumentos antagónicos que rodean al tema, pero progresivamente aburrido y finalmente anestesiado frente a un exceso melodramático de fabricación casera, una impostura recosida con retales ciertos pero con resultado falaz: plantear a estas alturas que hay cientos de miles de desaparecidos por el franquismo tras la guerra civil; que se mataba al azar y no a menudo como represalia de atrocidades anteriores muchas veces peores; que fue un plan global de eliminación como el de los judíos por los nazis, y no producto del desorden e iniciativas múltiples e inconexas de gentes diversas en una guerra civil sanguinaria; pretender que a los fusilados se les pedían  mil pesetas a cambio de librarlos de la cuneta, como si el episodio -de existir- no fuera una cosa aislada; calificar todo el montaje planificado de las fosas y las cunetas que ha tenido lugar en la década pasada como iniciativas aisladas y altruistas; calumniar el intento de reconciliación que supuso el Valle de los Caídos juntando restos de ambos lados; en fin, todo esto y mucho más que han empotrado en esta triste pieza de noventa minutos, es ejemplo de lo que no debe ser el teatro, panfletario, tergiversador y sensacionalista.

“Al escribir esta obra no quería azuzar la dialéctica entre rojos y azules. Tampoco colocar en primer plano al juez Garzón. Lo que pretendo es revitalizar el debate sobre la dignidad de las víctimas del Franquismo, que tienen todo el derecho a saber y a recuperar los restos de sus seres queridos”, dice justificándose Raúl Quirós, que trabaja desde hace algunos años en Londres y colabora con movimientos que usan la dramaturgia para dar cuenta de cuestiones como la desaparición de bebés durante la dictadura argentina: “Pensamos que en España era necesario algo similar”. Cumpliendo este encargo tendencioso queda de momento invalidado a nuestros ojos. Pero hombre de dios, quién niega la dignidad de las víctimas de ningún bando, o acaso usted solo se la reconocer a uno....
 
El director Andrés Lima explica el motivo y la causa de este montaje: “Reconocer a las víctimas, tratar de que puedan honrar a sus padres o a sus abuelos desaparecidos; ayudar a la exhumación, a desenterrar, a reconocer para que esto pueda sanarse de alguna manera”. Llega el último a este remedo de causa general, y no aporta nada nuevo: se calcula que más de 200 fosas han sido abiertas desde el año 2000. 'El fenómeno de las exhumaciones no es nuevo. Recién terminada la guerra civil, en los años 40, ya hubo exhumaciones de fosas, algunas de ellas documentadas incluso de forma oficial, explicaba Francisco Ferrándiz, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, en la presentación de 'Políticas de la Memoria' en 2010: 'Se ha roto el silencio de los desaparecidos', decía entonces. No ha habido causa más jaleada que esta en la última década.

Es desolador enfrentarse a tanta parcialidad, la de las autoridades culturales municipales hurgando en las heridas, la de la directora del Teatro Español entregando la apertura de temporada a este montaje y su siamés -Mundo Obrero- de inminente aparición; la de Alberto San Juan y su Teatro del Barrio convertidos en mitineros subvencionados; y en fin la de todos esos ric@s y famos@s cómplices, como José Sacristán que va diciendo estos días sin el mínimo pudor 'Yo me cago en dios doce veces por segundo' mientras Andrés Lima le acompaña con un 'todos tenemos algo de franquistas de alguna manera".

Teatro 'histórico' a la manera de esa novela 'histórica' que inventa y trastoca personajes y situaciones para que quede bonito y entretenido. La pieza nació vieja y escorada y cada día que pasa lo estará más.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 5
Texto, 4
Dirección, 6
Puesta en escena, 5
Interpretación, 6
Producción, 5
Documentación para los medios, 5
Programa de mano, 6


Teatro Español
EL PAN Y LA SAL
De Raúl Quirós
Dirección Andrés Lima
Del 20 al 23 de septiembre de 2018
 
REPARTO
Ramón Barea
Natalia Díaz
Nuria Espert
Laura Galán
Ginés García Millán
Mario Gas
Emilio Gutiérrez Caba
Andrés Lima
Gloria Muñoz
Alberto San Juan
José Sacristán
 
EQUIPO ARTÍSTICO
Lectura Dramatizada - Andrés Lima
Espacio Escénico  -  Beatriz San Juan
Sonido - Kike Mingo
Aytes De Dirección - Laura Ortega y Laura Galán
Grabación Video/Teaser - Gonzalo Bernal
Producción Ejecutiva  - Joseba Gil
Una producción de Teatro del Barrio en colaboración con el Teatro Español.