El tirano y el agua

Esta vergüenza os acompañará siempre. Si el día en que Rodríguez Zapatero, hipotecado por Maragall, decidió la derogación sectaria del Trasvase del Ebro, hubierais salido a la calle y quemado en una pira los carnés de ese partido que os traicionaba, a vosotros y a las gentes de esta región a la que os debéis, a lo mejor hoy podríais mantener la mirada sin recibir otra cosa que desprecio y bochorno. Podríais haber refundado esa organización cada día más marginal y hasta es posible que ahora, con vuestros tres escaños o más, hubierais podido hacer algo por vuestra tierra. Pero vais a pasar a la Historia como el Partido Socialista de la Región de Murcia que abandonó a los suyos para servir a un tiranuelo. La Izquierda Inconcebible –y aquí hay que meter también a una IU que hasta ahora, al menos, había mantenido la coherencia, ya tampoco- que se entregó a los señoritos catalanes y conversos que sostienen a ZP.

Entonces aún parecía que aquella izquierda había dado un giro hacia posiciones de radicalismo verde y se había llenado de sostenibilidad, el nuevo mantra de la progresía fina. Sabíamos y sabíais que era una mera excusa, pocos meses después de haber estado reclamando el agua por las calles de Valencia, pero daba para intentar salvar el tipo. Lo que constituye una burla incalificable, lo que os coloca en la condición de mequetrefes serviles –y mira que lo siento por algunos de vosotros-, es que donde ayer se decía que cada uno debe apañarse con el agua de que dispone, hoy se diga que hay que llevar el agua donde hace falta, siempre que vote a Zapatero.

¿No habíamos quedado, según “la nueva cultura del agua” que con fervor de pecadores arrepentidos acogisteis, en que no se debe crecer por encima de los recursos propios? ¿Si Barcelona tenía un problema de abastecimiento, no debía, según tal disparate, haber impedido el crecimiento urbano, la llegada de población inmigrante, la construcción de nuevas viviendas, como proponéis para la Región de Murcia? ¿Cómo es posible que no hayáis enviado a Narbona a explicar a los barceloneses los misterios de la reutilización, dedicando, por ejemplo, el agua de lavarse los dientes a la elaboración de espumilla para los ‘capuccinos’? Se les podría llamar ‘capullinos’ o ‘cacochinos’. Eso sí, con el rótulo en catalán: “Es serveixen ‘cotxinades’ ”, no los vayan a multar.

Al menos deberíais tener la mínima inteligencia de callaros. He tenido que ver hace unos días al número tres del socialismo, dícese que murciano, acusar ¡de cinismo! a su interlocutor en un debate, mientras defendía con soltura de hombre duracell que esto no es un trasvase. Llevar agua de la cuenca de un río a la cuenca de otro río, a través de una tubería, no es un trasvase. Han llegado a llamarlo trasfusión. En fin. En su indecencia ni siquiera se han apercibido de que, encima, han confesado que son aguas sobrantes. O sea, que en el Ebro sobraba agua. Concedida y sin conceder. Y que aquí abajo podíamos haber llegado a tener que regar con puntas de pijo, que “ni una gota de agua para el Sur”, ni sobrante ni tomante., como nos enseñaron don Pasqual y don Josep Lluis Rodrìguez Sabater, el ‘tiranet’..

Porque una cosa es la injusticia, a la que nunca debemos resignarnos, pero que puede deberse al error. Y otra muy distinta, la arbitrariedad, el atropello, el uso del poder de modo completamente ajeno a la ley, que ha de ser igual para todos o no es ley. Un gobernante puede, así, equivocarse con todos, pero lo que no puede hacer es errar sólo con unos, perjudicar y favorecer según se le antoje. Al tirano lo define precisamente esa veleidosa arbitrariedad de su actuación, el simple deseo convertido en norma de gobierno, en ley.

Lo que Albert Camus nos muestra en su Calígula no es la locura de un hombre que se cree un dios. Su Calígula no está loco, es la encarnación del poder absoluto, de la tiranía que esclaviza a los hombres al convertirlos en meros juguetes de la voluntad imperial, único fuero. Y por eso, puede nombrar Cónsul a su caballo, porque con ello sólo está manifestando su poder, doblegando y humillando a capricho. Eso es el mal.

Orwell nos lo enseña también de manera magistral en “1984”, su utopía negativa sobre el comunismo, al identificar la tiranía con el poder de establecer incluso el pasado y la verdad. Es decir, el valor de las palabras. La reescritura de la Historia que lleva a cabo allí el “Ministerio de la Verdad” ha debido constituir el modelo de esta bufonada cutre que se traen desde el Gobierno Que No Miente, cada día más el Régimen, intentando manipular hasta el diccionario, apoyados por toda la batería de medios al servicio de este Zetalígula de borra, malvado sin grandeza, cuyos lacayos ya han vuelto a sacar la crispación contra todos los que alcemos la voz para denunciar la impostura.

Ya sólo les falta decir que no es un trasvase del Ebro, sino de l´Ebre.

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