A partir del 1 de mayo de 2026, el petróleo de Kazajistán dejará de llegar a Alemania por el oleoducto Druzhba.
Rusia ha decidido interrumpir ese tránsito. Las comunicaciones directas con los gobiernos afectados ya se han producido. Y el movimiento no es casual ni técnico: es una pieza más en el tablero energético europeo que Moscú lleva años utilizando con una habilidad que a Occidente le ha costado reconocer.
Los números que explican la magnitud
En 2025, Kazajistán exportó 2,146 millones de toneladas métricas de petróleo a Alemania a través del Druzhba. Unos 43.000 barriles diarios. Una cifra que representa un incremento del 44% respecto a 2024, lo que dice mucho sobre la velocidad a la que Berlín había ido sustituyendo el crudo ruso directo, cortado tras la invasión de Ucrania en 2022, por crudo kazajo que viajaba por infraestructura rusa.
El problema de fondo era ese: Alemania había reducido su dependencia del petróleo ruso pero no de la infraestructura rusa. Y Moscú acaba de demostrar que entiende perfectamente la diferencia.
La refinería PCK de Schwedt, una de las mayores instalaciones de procesamiento de crudo del país, depende parcialmente de este suministro para funcionar. Encontrar una alternativa antes del 1 de mayo no es imposible, pero será más caro y más complicado que lo que Berlín habría preferido gestionar.
Kazajistán: el país atrapado en el medio
Para Kazajistán, la decisión rusa es un golpe a una estrategia exportadora que venía funcionando con notable éxito.
En 2025, el país superó sus propias previsiones de exportación en un 11,6%, alcanzando 78,7 millones de toneladas. El yacimiento de Tenguiz aumentó sus suministros un 18% respecto al año anterior a través del Consorcio del Oleoducto del Caspio. La producción de gas natural creció un 8,6% por encima de lo estimado. Kazajistán venía de un año energético excepcional.
El problema estructural es que aproximadamente el 80% de su producción petrolera se destina a la exportación, y una parte significativa de esas exportaciones depende de rutas que pasan por territorio ruso. Esa dependencia geográfica es la palanca que Moscú acaba de activar.
Para 2026, Kazajistán tiene proyectadas exportaciones de 76 millones de toneladas. Esa cifra ahora está en el aire. El país tendrá que buscar rutas alternativas con urgencia: el Corredor Transcaspiano, las rutas por Azerbaiyán y Georgia, o el acceso a puertos en el Mar Negro que eviten el territorio ruso. Ninguna de esas opciones es tan barata ni tan inmediata como el Druzhba.
La geometría geopolítica del corte
La decisión rusa sobre el Druzhba no llega sola. Moscú ha anunciado simultáneamente su disposición a reiniciar el bombeo de petróleo hacia Hungría por la misma infraestructura, cerrada desde enero por acciones de Ucrania. El mensaje implícito es claro: Rusia puede abrir o cerrar grifos según sus intereses políticos. Con Hungría, que mantiene una posición más favorable a Moscú en el contexto europeo, el grifo podría abrirse. Con Alemania, uno de los principales financiadores del esfuerzo militar ucraniano, se cierra.
La energía no es solo un recurso. Es un instrumento de presión que Rusia maneja con una consistencia que contrasta con la improvisación con que Europa ha gestionado su dependencia energética desde 2022.
Alemania tendrá que buscar alternativas: puertos marítimos, rutas terrestres más costosas, acuerdos con otros proveedores que requieren tiempo y negociaciones que no se resuelven en semanas. La transición energética alemana, que ya de por sí es uno de los procesos industriales más complejos del continente, acaba de recibir otra complicación que nadie había puesto en el calendario.
El Druzhba lleva décadas siendo la columna vertebral del suministro energético de Europa central y oriental. Su nombre significa «amistad» en ruso.
Moscú lo sigue usando. Solo ha cambiado la definición de quién merece ese trato.
