La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Desenfreno en Neptuno

Reconozco que mi barbarie madridista me impide, en ocasiones, sentir como propia la castiza plaza de Neptuno, refugiándome en demasía en mi pasión por doña Cibeles. Pero hoy, hoy todo ha sido diferente. Neptuno representaba lo mejor de un Madrid que es poesía al compás de un latido de festival. Han sido apenas tres o cuatro minutos, de paso fugaz hasta la Carrera de San Jerónimo, allí donde nació la Madre Maravillas y, dicen, está canalizada la soberanía popular.

¿Qué me he encontrado al bajar del bus urbano? Vida. Madrid en primavera, incipiente ya el verano que quiere florecer. El Museo del Prado, con su manada de ‘guiris’ tostándose al sol. Mención especial a dos rubias escandinavas, tumbadas en un banco en ofrenda espectral ante una pareja de representantes del cuerpo de la Policía Nacional, expectantes, vigilantes y sin perder detalle… de la seguridad ciudadana, por supuesto.

Neptuno, hoy –creo que he de admitir que siempre–, era color, alegría fluyente y desparramada. Tan pronto un acordeón te sumía en los sueños de Ícaro, como un trío de bonachones llegados de la tierra de Bolívar interpretaba un charlestón, o la banda sonora de ‘El Padrino’, qué se yo.

Los coches rodeaban como siempre la estatua del barbado con tridente, corriendo a toda mecha. Pero, en su camino hacia la musa de los vikingos, la vorágine era hoy una marcha alegre impregnada del latido de los escotes y la música del desenfreno insolente y esencialmente vivo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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