La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Diario de un peregrino en Tierra Santa. Capítulo IX: Amén

Ciertamente, no morí en la oscuridad de Getsemaní. De hecho, esa noche de 5 de agosto la terminamos unos cuantos en busca de una cachimba. No hubo tal, pero sí puritos de la victoria. Y definitiva quema de todas las naves al albur de unas cervezas. Pero tocaba madrugar. A primera hora de la mañana nos retaba una magna aventura: el desierto de Judá.

Dos horas y media de travesía a pie, de las que más de una fue por la pureza de un paisaje quemado, fueron las que pasamos bajo un sol achicharrador en un recorrido que nos tenía que llevar hasta Jericó. Fue brutal: subimos y bajamos, rodeamos montañas increíbles por un reguero estrechísimo en varios puntos, divisamos monasterios perdidos en el escarpado de las rocas, encontramos cruces situadas en mitad de la naturaleza salvaje, fuimos superados por beduinos que, al borde del abismo, capitaneaban un burro que parecía un ciclomotor recorriendo la línea bien conocida por los osos acrobáticos circenses. El desierto en Israel es ciertamente simbólico para un creyente. Por las arenas se condujo durante cuarenta años el Pueblo de Dios que, guiado por Moisés, huía de Egipto con la mira puesta en la Tierra Prometida. Durante otra cuarentena, en este caso de días, el Maestro reflexionaba y era tentado por el Mal antes de iniciar su acción como Mesías. Y nosotros allí, como peregrinos sedientos y desconcertados. En Israel. En su desierto.

Al fin, llegamos a Jericó, en territorio palestino. Pueblo especial que aparece en el Evangelio con el episodio de un rico que pasó por la aguja de un alfiler. Zaqueo, de estatura pequeña, no dudó en subirse una higuera –a cuya sucesora hicimos la foto correspondiente– para ver a Jesús ante la multitud. Su tesoro llegó cuando el Maestro le pidió alojarse en su casa. Ante el recelo y la incredulidad de todos, que lo veían un pecador, una sola palabra bastó: No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Y sanó. Dio la mitad de sus bienes a los pobres, y a los que había maltratado, les compensaba con el doble. Junto al hito de conversión de Zaqueo, disfrutamos la última Santa Misa en una sencilla parroquia. La comida fue en un complejo llamado ‘La Tentación’. Y no era para menos, pues además del bar y su correspondiente cachimba, muchas y muchos sucumbieron a la tienda: costosísimos barros del Mar Muerto y cremas de todo tipo. Bueno, bonito y caro, muy caro. La mañana terminó, ya en Jerusalén, con la visita a la iglesia de la Natividad de María, dedicada a sus padres, San Joaquín y Santa Ana. Santos abuelos. Sus desnudas paredes de piedra, sin decoración, daban pie a una acústica especial, que aprovechamos (aprovecharon) para cantar el Regina Coeli. Afuera, estaba la Piscina de Betsaida, en la que Jesús curaba ciegos y paralíticos.

La última tarde fue la del tiempo libre. Hubo para todo. En primer lugar, para gastar los últimos euros en recuerdos para familia y amigos. El Bazar, atravesado en parte por la Vía Dolorosa, estaba dividido en las zonas árabe, judía y cristiana. Una locura de olores, imágenes –me quedo con las barberías– y mercadeo. Todo se vende, todo se regatea. Si hasta nos ofrecían, “con certificado de origen”, la corona de espinas del Cristo flagelado y burlado como rey… Un par de puritos aromáticos y de boquilla de madera me ayudaron a pasar el rato, para mí nada grato, de las compras.

Lo mejor de la tarde, junto a Miriam, Beli y Mari, llegó cuando buscamos la despedida espiritual de la Ciudad Santa. Intentamos acceder a la Explanada de las Mezquitas, para rezar en la de Axa y la de la Roca, también llamada de Oro. Sin embargo, la seguridad nos impidió el acceso por “turistas”. Lo que me dolió es que le expliqué al responsable que no éramos turistas, sino cristianos que queríamos compartir el suelo sagrado con otros creyentes para rezar. Era una experiencia religiosa, como las muchas que disfruté en Estambul (salvo en la oración del viernes, cuando me impidieron el acceso a la Mezquita Azul). Pero la sentencia fue clara: “Judíos y cristianos, no”. Me sentí profundamente decepcionado, puesto que jamás he visto que a nadie le sea preguntado al acceder a un templo católico si es judío, musulmán, budista o ateo.

Eso sí, junto a un grupo bastante nutrido de los nuestros, nos despedimos de Jerusalén de la única forma posible. Volviendo de nuevo al Santo Sepulcro. Rezando al tocar con las yemas de los dedos la roca del Gólgota. Arrodillando nuestro corazón ante la tumba que fue luz. Un nudo en la garganta se me puso al pisar por última vez la iglesia del statu quo, la iglesia más iglesia que se pueda imaginar. Allí la esencia del cristiano: muerte y resurrección.

Esa melancolía ya se me quedó. Aunque riera a carcajadas en la cena de gala que nos organizaron en el conocido hotel Ambassador. En un jardín, con la comida típica, con vino de Penedés, con María Luisa soplando las velas de un cumpleaños muy especial, con el baile acalorado al son de la guitarra rosa de Tere… Mostramos por última vez la algarabía tipical spanish. Mi último purito. Unos cuantos tuvieron tiempo de la última copa, pero uno, que es un desastre, tuvo aún que hacer la maleta de la última hora. Junto al Tiburón y al Joyita, claro. Y así, haciendo tiempo en la cochiquera de la habitación, de la medianoche a la una de la madrugada, las maletas al bus y el último café. Tocaba empalmar toda la noche. Sin dormir: una hora por carretera hasta Tel Aviv, tres y media en el aeropuerto Ben Gurión y cinco en avión hasta la ciudad del oso y el madroño, a las diez de la mañana local.

Pero eso sería después. Antes, tocaba despedirse de Jerusalén. Para mí, en el trayecto que la mayoría aprovechó para dormir, fue con el rasgado de una canción de Joaquín Sabina repetida una y otra vez. Según iba siendo la Ciudad Santa un horizonte, se deslizaba en mis oídos el Bulevar de los sueños rotos. ¡Qué bella era en la noche Jerusalén, oh Jerusalén!

Y aquí concluye este relato de una peregrinación que fue el gran viaje de mi vida. Tierra Santa era un sueño lejano. Lo cumplí y lo gocé. Pero ha sido ahora, con estas crónicas, cuando he paladeado cada detalle de lo que allí era frenesí. Ya lo dije: esto ha sido una oración. Y como toda palabra dirigida a Dios, concluye con un suspiro. Amén.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído