Edad, salud, longevidad. PD

Esta pregunta se plantea en la vieja Europa desde tiempos pretéritos. Una fábula cuenta que un hombre poseía un saco en el que entraba todo aquello que él quería. Un día llamó a la muerte a entrar y la encerró. Al principio todo era solaz y disfrute. Al cabo de los años, cientos de ancianos se reunieron ante su casa para pedirle que la soltara pues querían descansar de la vida.

Esta diatriba sigue vigente. En un sondeo realizado en 2013 por el proyecto Religión y Vida Pública del Centro Pew de Investigación, a algunos entrevistados les preocupaba que la existencia pudiese llegar a resultar aburrida, o que se perdiesen las ventajas de envejecer, como adquirir una mayor sabiduría o aprender a aceptar la muerte.

El filósofo John K. Davis analiza en El País estas cuestiones éticas y menciona a colegas suyos como Bernard Williams.

En 1973, Williams argumentó que la inmortalidad se volvería insoportablemente aburrida si uno no cambiaba nunca. Asimismo, sostuvo que si las personas cambiaban lo suficiente como para evitar el aburrimiento insoportable, acabarían transformándose hasta tal punto que serían totalmente diferentes.

Los posibles perjuicios son muchos. Los dictadores podrían vivir demasiado, la sociedad podría volverse demasiado conservadora y reacia al riesgo, y puede que hubiese que limitar las pensiones, por mencionar solo algunos.

Por otra parte, continúa este filósofo, tampoco todo el mundo está seguro de que una vida más larga sea algo malo.

Pero esa no es la cuestión. Nadie propone obligar a nadie a que utilice las técnicas de prolongación de la vida y, por respecto a la libertad, no se debería impedir a nadie que hiciese uso de ellas.

Más tajante se muestra el investigador español Juan Carlos Izpisúa quien afirma que la inmortalidad es incompatible con la evolución. Izpisúa, que con su trabajo persigue la longevidad con calidad de vida, expuso el fruto de todo su trabajo en el Congreso Internacional de Longevidad y Criopreservación organizado por la Fundación Vidaplus.