La tiranía social sobre la muerte.

Las reflexiones de John K. Davis, catedrático de Filosofía de la Universidad del Estado de California en Fullerton, que originalmente fueron publicadas en la web inglesa The Conversation, terminan con el pensamiento de si sería aún más dolosa la muerte para aquellas personas que hayan podido acceder a las tecnologías de longevidad.

Según recoge El País, medio español que publicó este trabajo, en igualdad de condiciones, es mejor morir a los 90 años que a los nueve. Pero,

Ahora imaginemos que la gente que viviese en un barrio mucho más rico pudiese permitirse prolongar su vida y llegase a los 190. Para aquellos que no pudiesen permitírselo y muriese a los 80, ¿sería peor la muerte?

 

Lo que Davis quiere decir es que existe una plausible diferencia entre las dos realidades. De 80 a 90 años, son 10 años de diferencia; pero entre los 80 y los 190 de lo que accediesen a tecnologías de longevidad, la diferencia es de 110.

Este filósofo continúa explicando que

Tal vez la medida correcta sea el número de años que la prolongación de la vida te otorgaría, multiplicado por la probabilidad de obtenerlos. Por ejemplo, si una persona tuviese un 20% de probabilidades de llegar a los 100 años, la fatalidad de su muerte se incrementaría en una medida equivalente a los años a los que habría llegado si su vida hubiese durado lo normal, más otros 20.

En tal caso, el hecho de que algunas personas pudiesen acceder a la prolongación de la vida aumentaría en cierta medida la fatalidad de la propia muerte. Es un perjuicio más sutil que el de vivir en un mundo superpoblado, pero un perjuicio al fin.

Sin embargo, asegura Davis, no cualquier perjuicio tiene entidad suficiente para prevalecer sobre la libertad.

Al fin y al cabo, existen nuevos tratamientos médicos muy caros que permiten prolongar la duración normal de la vida, pero, aunque conviertan la muerte en algo ligeramente peor para aquellos que no se los pueden permitir, nadie piensa que habría que prohibirlos.

Creo que la prolongación es la vida es algo bueno, si bien supone una serie de riesgos para la sociedad que deben ser tomados en serio.