Eterna juventud Pixabay

Rodolfo Goya *. - El anhelo del hombre de vivir por siempre joven es universal e inmemorial. Esa aspiración de trascendencia es parte de nuestra naturaleza. En el medievo esa fue la meta de los alquimistas, quienes con una mezcla de misticismo y química rudimentaria buscaron durante siglos preparar el elixir de la eterna juventud.


Todo fue en vano. Lo cierto es que con el advenimiento de la ciencia moderna en el siglo XIX el rejuvenecimiento se consideró un sueño utópico, completamente fuera del alcance de los científicos. Se pensaba que el envejecimiento era un fenómeno natural irreversible y que el ser humano solo podía aspirar a prolongar algunos años su vida y la calidad de esta sobre la base de una dieta sana, actividad física y, en general, un estilo de vida saludable. Esas medidas nos darían algunos años más de vida y buena salud, cosa que es estrictamente cierta. Hasta ahí lo que pensábamos todos, científicos y público en general. Pero esta visión comenzó a cambiar muy progresivamente.


Los primeros indicios comenzaron en la década del 60 con el descubrimiento de la clonación animal en sapos. Años más tarde llegó la clonación de Dolly, la oveja, y esta cadena de descubrimientos trascendentes culminó con el hallazgo, en 2006, de que en nuestro organismo existen genes rejuvenecedores, un hito revolucionario cuya trascendencia resulta difícil de exagerar. Por estos logros trascendentales los científicos que descubrieron la clonación animal y los genes rejuvenecedores recibieron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 2012.


Fue así como trasplantando estos genes rejuvenecedores en células de piel en cultivo, obtenidas de individuos centenarios sanos, se logró rejuvenecerlas completamente a una condición que las hacía idénticas a células de piel obtenidas de un individuo de 15 años o más joven aún. Hubo estudios de otros científicos usando células humanas y animales provenientes de individuos viejos y en todos los casos se logró rejuvenecerlas mediante el trasplante de estos genes maestros, que son solo cuatro. Finalmente, la ciencia y la tecnología habían comenzado a hacer realidad el sueño de los alquimistas.


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* Rodolfo Goya es investigador principal del Conicet en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de La Plata