Spice Boy: el ketchup

¿Norteamericano el tomato ketchup? ¡En absoluto!

Ese icono de los american eats (cocina americana) lo parió China, lo llamó Ke tsiap y lo utilizó como ardoroso escabeche de pescado, para acompañar su variada gastronomía, especialmente las mariscadas en salmuera. Desde Malaya viajó en toneletes hasta la Blanca Albión dieciochesca, quien, adaptando el invento al paladar europeo, suavizó su salvaje amargura mezclando el producto con azúcar, hierbas aromáticas y champiñones. El impronunciable 茄汁 se anglicanizó, mudando su nombre a ketchup. Pero el cambio más fundamental se produjo en 1869, cuando el norteamericano Henry J. Heinz. ¿Suena, verdad?

Ese genial pioniero de la distribución de condimentos embotellados y enlatados, modificó su ADN mediante un genial añadido de una especial variedad de tomate, el Lycopersicum esculentum, más azucarada que el resto de su parentela. Así se asentó la auténtica base del ketchup, su luminoso color y luciéndose en frascos acristalados, el revisado condimento, con fondo de armario y sabor renovados propulsó sus apetitosas rojezas al firmamento de la gloria industrial patria. En 1990, el plástico recicable hizo el resto y con esos prácticos mimbres, pudo plagar el resto del planeta.

España comercializa la salsa de tomate frito erróneamente asimilada al ketchup, puesto que la primera contiene aceite y el segundo, ninguna. Además, el invento hispano encierra menos sodio y azúcar, mientras su contrincante rebosa de calorías, vinagre y contundentes aportes aromáticos.

En el siglo XIX, a la vera de la compañía marítima Hamburg-Amerika line, zarpando desde Hamburgo rumbo al país de Mickey, el condimento se enamoró perdidamente de un socorrido sandwichito redondo de carne picada, queso y cebolla oriundo de dicha ciudad cuyo nombre adoptó, único «plato fuerte» de los pauperísimos inmigrantes patrios en pos de horizontes más prósperos. Así nacieron jugosa hamburguesa y nueva era «gastronómica«, más conocida hoy día como comida rápida… o basura, según los enfrentados opinadores consultados.

En 1948, hiper cálorica hamburguesa ahora fogosa y preceptiva salsita alcanzaron la californiana Pasadena. Ahí los avispados hermanos Dick y Ronald McDonald les vendieron como churros, rellenando igualmente con generosas cintas de ketchup hot dogs y famosas french fries. Vendían sus manjares a hordas cinéfilas hambrientas desde un revolucionario puesto de venta, el primer fast food service lindando los drive in locales.

Dada su especiada mezcla sweet-sour, el avinagrado ketchup no favorece a los estómagos delicados, tampoco a los diabéticos y mucho menos a las personas sufriendo obesidad.

Realizarlo dignamente en casa se logra con una receta simplísima, cortando y fundiendo a fuego moderado 1 kilo de tomates maduros, 1 cebolla laminada, 2 cucharadas soperas de vinagre, 2 de azúcar moreno, 1 de canela, ½ de comino, otra de alcaparras, 1 pizca de nuez moscada, 1 clavo de olor, bayas de ginebra, ajo, romero, albahaca, orégano, pimienta rosa, negra, gris y sal al gusto.

Cuando las cebollas están cocidas, triturar la salsa, verter nuevamente en la cacerola y dejar espesar a fuego lento. Verter caliente en potitos limpios y calentitos, cerrar sin apretar, resultará más fácil abrir los tarros posteriormente. Esterilizarlos rectos unas 2h 30, enfriar, conservar en un lugar seco y una vez abiertos, en la nevera. ¡Enjoy!

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Autor

Marie José Martin Delic Karavelic

Marie José Martin Delic Karevelic, apasionada periodista culinaria autora del blog ‘Fogon’s Corner’ en Periodista Digital.

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