¿Quién es el hombre que estaba en su casa? ¿Qué le contestó Borja cuando le llamó por teléfono?... Y mucho más

Carmen Thyssen: lo que no habíamos contado de la entrevista más polémica

¿Cómo es de verdad Tita Thyssen? ¿Qué queda cuando rascas y llegas a la mujer sepultada por cientos de titulares, entrevistas y posados cíclicos? ¿Qué puede contar alguien que ha contado los detalles más sórdidos de su enfrentamiento con su hijo, unas memorias por entregas que algunas voces calificaron de «desmemoriadas», sus públicos desencuentros con los hijos del barón.

Con todos esos interrogantes entramos el 24 de agosto en la residencia de la baronesa, blindada tras unas enormes puertas de hierro. El reto era apasionante. Poco antes se había publicado que su hijo Borja era en realidad el padre de las mellizas que tuvo la baronesa con ayuda de un vientre de alquiler. Demasiado rocambolesco. Difícil de creer. El escándalo estrella de las tertulias y las peluquerías. Obviamente, si era falso, Carmen se querellaría, cabía pensar. Así lo había hecho contra su hijo y su nuera por apropriarse de unos documentos meses antes. Fue una sorpresa cuando nos dijo que no pensaba hacerlo. Que «cuando se inventan otras cosas que no son verdad es cuando me molesta».

Pero hubo mucho más en esa entrevista a la que llegamos convencidos de que era importante observar el escenario que rodea al personaje cuidadosamente, para recoger pistas que desvelaran lo que Carmen Cervera calla. Dando por sentado eso que los maestros del periodismo sostienen:en ocasiones los personajes que más hablan echan cortinas de humo para ocultarse.Y asumiendo con humor que las contradicciones y las, digamos, «faltas de adecuación» entre lo que dijo en el pasado y lo que dice hoy, forman parte de su encanto personal.

Así, nos parecería divertido que la baronesa se abrogase en nuestro encuentro la desaparición de la caza del zorro en Gran Bretaña. Casi tanto como detectar su tendencia a la acumulación, al maximalismo sin complejos: budas, animales, piscinas, vestidos, zapatos, maquillajes, pinturas y pinceles.

O esa táctica de decir que sí en primera instancia para terminar imponiendo su voluntad. O que querría volver a los 18 «con el cuerpo y con la cabeza». Una nostalgia de juventud que sería un leit motiv. ¿Se gusta cuando se mira en el espejo? pregunté, y no incluí en el texto publicado. «Tiene que ser un espejo con buena luz. Si no, no me miro. Tampoco si hay luces de lado, que cogen todas las ojeras». ¿Es partidaria de los retoques, de las operaciones de estética?, quise saber. «Soy partidaria de estar educadamente bien. Que tengas un recuerdo de lo que tú eras, no irte del todo. Ahora me habéis pillado en la peor época porque he estado haciendo barbaridades, no me he cuidado». El maquillador y yo le comentamos entonces la cantidad de técnicas nuevas que hay, y ella inmediatamente dijo «Si veis algo que funciona me lo decís, que me lo haré». .

La entrevista tuvo lugar en dos fases. Habíamos acordado hacer una prueba de maquillaje el viernes por la tarde, y disparar las fotos el sábado, día en el que buscaríamos hueco para nuestro encuentro. Ese viernes llegué con el maquillador a la casa, solos. No parecía haber un alma.

Atravesamos el patio porticado de la mansión de Borja por indiciación de un vigilante y buscamos sin guía la llamada Sala Marco Polo. Tras una larga espera llegó ella. Se iba a dejar maquillar y peinar -algo que no acostumbra, como se sabe, pues prefiere hacerlo ella misma- Quiso empezar a hablar. Yo, milagrosamente, llevaba la grabadora en el bolso. Dos horas y media de conversación donde hablamos cómodamente. En un momento dado saqué el tema de Borja. La madre y el hijo habían tenido rifirrafes recientes y ella aún no conocía a su nuevo nieto, recién nacido. Me contó con todo detalle la secuencia de llamadas y sms para llegar a felicitar a su hijo el día de su cumpleaños, como prueba de lo tenso de su relación.

-«Durante un año y medio he estado llamandóle, también a su puerta, y no me han abierto. Este año la gente de mi casa (los empleados) le felicitaron por el móvil y él les contestó por primera vez. Entonces le mandé un mensaje: «Felicidades» Él me contestó :»Muchísimas gracias». Lo llamé enseguida y le pregunté ¿estás bien? Sí, mamá, ¿y tú?. Sí, estoy bien. «¿Quieres que hablemos?». Sabes que me encantaría Borja, Y me dijo; «bueno, con mi abogado».

¿Era Borja un hijo abducido por su mujer, Blanca Cuesta, a la que está unido desde hace 13 años? ¿O un hijo que había crecido demasiado solo y rodeado de todo tipo de caprichos? ¿Se sentía Carmen algo responsable? Me aseguró que no. «Ha sido educado bien, ha tenido de todo. Le he dejado amistades de todo tipo. Con Heini teníamos un barco de 60 metros, pero luego yo compré un barquito pequeño para que él llevase a sus amigos a las calas. En Madrid tengo una casa debajo de la mía que se la dejaba para que estuviera con sus amigos y amigas, sin mamá en medio. Tampoco tenía yo mucho tiempo para estar en medio cuando empezó a ser adulto, no estaba encima. Le decía siempre: «chico, a vivir».

Para no querer hablar mucho más del tema, Carmen se extiende demasiado. Me habla de cuánto añora al hijo que fue hasta los 17 años. Cómo la influencia de su mujer, a la que se refería como «ella», ocho años mayor, lo había apartado de los estudios y de su madre. Está profundamente dolida. Dice, para después decir «eso no lo digas», temerosa de eventuales acciones que los abogados de su hijo y su nuera pudieran emprender contra ella. Le brillan los ojos, en la penumbra, pero no enciende la luz. Se refiere al robo de los documentos por el que se ha querellado contra ambos. Toca levemente el asunto de las famosas pruebas de paternidad, en las que asegura no haber tenido nada que ver.

Anochece. El plan era seguir al día siguiente, ya de día. En la casa apenas había movimiento, pero sí algunas presencias que despertaban nuestra curiosidad. Al fondo de la finca estaban las niñas con sus niñeras y guardaespaldas -¿temor a un secuestro en su propia casa?- pero también un niño algo más pequeño con una mujer. Carmen dijo que era «un invitado de los que les llevan a las niñas para que tengan relación con otros niños, dado que no van al colegio. Después me confesaría que se trataba del nieto de Lex Baker, su primer marido.

Pero además había un hombre de unos cincuenta años que apenas se dejó ver, pero que a la vuelta de nuestro viaje, muy pocos días después, es idéntico al que aparece como amigo y puede que algo más de Carmen en una revista en la que publicaban fotos de ambos en la cubierta del barco de Tita, haciendo gimnasia. Era, aseguraba la revista, Javier Baña, el que fuera profesor de kárate de Borja años atrás, y con el que ya había sido relacionada la baronesa.

¿Nos había dicho Tita toda la verdad? En realidad, tampoco importaba demasiado y preferimos obviarlo. Pero lo cierto es que el reportaje se había retrasado una semana sobre la fecha prevista porque la baronesa quiso prolongar, nos dijeron, sus vacaciones en Saint Tropez. Reviso sus palabras cuando hablamos de cuánto la han querido los hombres. «Yo sé que me han querido, me he sentido muy amada por ellos y echo de menos esas cosas, como la juventud».

Así que el personaje ocultaba, tenía secretos. Era absolutamente Vanity Fair. La entrevista continuó al día siguente en la misma sala, llena como el camarote de los hermanos Marx. Una hora y media después Carmen volvía de nuevo de la paternidad. Era un asunto crucial en su personaje. Pero esta vez se trataba del padre de Borja, cuyo nombre supuestamente había desvelado unos meses atrás, pero que la hemeroteca descubrió que en su momento ya lo había hecho público.

-«Es que nunca he mentido, yo no podría mentir con algo tan importante como la paternidad de mi hijo. No podía negar que el padre era Manuel Segura. Además, Heini lo conocía porque yo se lo presenté, y le pareció que Manolo un buen chico. Luego Heini quiso adoptar a Borja , pues muy bien. Lo conoció cuando tenía meses y me dijo que a era el único hijo con el que había vivido, porque se separó de las madres de los otros cuando eran muy pequeños. Así que quería a Borja como a un hijo.

Es tarde. Hacemos unas fotos de Carmen con Sabina y Carmen, las mellizas. Al terminar, la baronesa desaparece un rato. «Ha ido a darles el regalo que les da siempre por portarse bien», nos cuentan.

 

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