Testimonio de un ciudadano español en Honduras

Testimonio de un ciudadano español en Honduras

(Paul Monzón).-El «Golpe de Estado» que depuso al presidente Manuel Zelaya tiene varias interpretaciones, según se mire. Por un lado, la prensa internacional hace hincapié que la destitución de Zelaya fue un golpe al estado de derecho constitucional, pero el Congreso hondureño sigue en funciones. No hay militares al frente del gobierno. Entonces, no es el típico golpe en el cual los gerifaltes se hacen con el gobierno de un país. Desde Honduras hay muchas voces que desmienten las falacias que propala la prensa extranjera, así como las posturas de los gobiernos que condenan la asonada militar en el país centroamericano. Una de esas voces es la de un ciudadano español, José-Francisco Guijarro quien desde Tegucigalpa nos cuenta lo que ve y oye. Así de claro. Esta es su voz.

José-Francisco Guijarro (desde Tegucigalpa, Honduras)Soy español de nacimiento, residente en Honduras. Agradezco la oportunidad que me ha conseguido un amigo de Madrid, al ponerme en contacto con Alfonso Rojo, para intentar salir de esta pesadilla mediática que supone estar sometido a esta distorsión, casi esquizofrénica, entre la realidad que veo y vivo en Tegucigalpa, y la que me cuentan desde fuera del país.

Honduras ha pasado a ser noticia el pasado domingo. Antes casi ni se sabía dónde estaba, pero ahora todo el mundo habla de ella.

Honduras no fue noticia cuando se empezó a agrietar, hace ya algunos meses, el estado de derecho, cuando el Presidente de la República (que aquí es, a la vez, jefe del estado y del gobierno), elegido por el pueblo, se fue distanciando progresivamente del Congreso Nacional Soberano (que es como aquí se llama el Parlamento), igualmente elegido por el pueblo, y, curiosamente, en el mismo día: aquí las elecciones se celebran el último domingo de noviembre de cada cuatro años, y, en urnas diferentes, se elige por sufragio directo el Presidente de la República, los miembros del Parlamento y los miembros de las respectivas Municipalidades.

Tuve la curiosidad de buscar en Google la Constitución de la República de Hon¬duras, y la tengo en el disco duro de mi ordenador. Ayer, cuando recibí la invitación para esta verdadera catarsis que me supone el estar escribiendo para ustedes, todavía se encontraba con el buscador. Hagan la prueba de bajársela, que será la primera de las de¬mostraciones que se podrán hacer ustedes a sí mismos de si verdaderamente tienen inte¬rés o no por estos problemas.

Me sorprendió que el procedimiento para modificar la Constitución es muchí¬simo más ágil que el de España: aquí basta con que el Congreso Nacional Soberano apruebe por mayoría cualificada, en dos legislaturas consecutivas, cualquier modifica¬ción que se proponga. Hay algunos artículos que son intocables (aquí los llaman los “pétreos”), como son la forma republicana del Estado, los límites del territorio nacional, y la alternancia en la Presidencia de la República, de tal manera que es delito, y se castiga en la Constitución con la inhabilitación para ocupar cargos públicos durante diez años, la mera proposición de la reelección de un Presidente, y la reelección en sí misma es delito de traición a la Patria.

El Presidente del Ejecutivo propuso una modificación de la Constitución que, aunque no se ha hecho pública oficialmente, es fácil de deducir en qué podría consistir: no confiando en que el órgano constitucionalmente competente para aprobar su modificación fuera a aprobársela, comenzó a propugnar la sustitución del Congreso, elegido por el pueblo, por una Asamblea Nacional Constituyente que no está prevista en la Constitución.

Honduras tampoco fue noticia de importancia internacional cuando se fragmentó, en la práctica, la soberanía nacional, entre un Legislativo elegido por el pueblo en todos y cada uno de sus miembros, y un Ejecutivo elegido por el pueblo en la sola persona de su Presidente, que después designa y aparta libremente de sus cargos a los miembros de su Gobierno.
Honduras no fue noticia cuando el Presidente de la República se encontró insti¬tucionalmente solo, enfrentado al Congreso, a la Corte Suprema de Justicia, a la Fiscalía, a la Procuradoría (es lo que en España llamaríamos la Abogacía del Estado), al Tribunal Supremo Electoral (equivalente a la Junta Electoral Central), al Tribunal de Cuentas, y al Defensor del Pueblo, que aquí se llama el Comisionado para los Derechos Humanos.

La segunda demostración del interés de ustedes por este asunto será si se bajan la edición digital de algún periódico de Honduras (extensión.hn) de la semana pasada: el que ustedes prefieran, que yo no quiero hacer propaganda de ninguno de ellos en con¬creto. El debate estaba ya abierto, muy bien abierto, en el interior de la Nación, pero a nadie le importó en el extranjero. El Presidente se defendía de la oposición de la prensa (“cuarto poder”, aunque no está reconocido por ninguna constitución del mundo, proba¬blemente porque no hace falta reconocerlo explícitamente), diciendo que está en manos de la oli¬garquía —de la “oligarquía criolla”, se llegó a decir alguna vez, con el riesgo, grave, a mi parecer, de convertir en racista un problema político en un país hasta ahora ejemplar para el resto del mundo por su sorprendente integración racial y el mestizaje—. Y, frente a los otros poderes del Estado, elegidos de acuerdo con una Constitución también aprobada por el pueblo soberano, enfrentó a una cierta noción de “pueblo”, constituido, en la práctica, por los partidarios de su persona, ni siquiera de la Institución.

La consigna ha sido en estos últimos meses que hay que sustituir la democracia representativa por una democracia participativa, en la que, en vez de intervenir el pue¬blo soberano en la política mediante los cauces admitidos por la ley, se reconociera como válida una participación inorgánica y asamblearia. El primer paso público para esta participación inorgánica era una “encuesta” nacional, sin control del censo electoral ni del organismo constitucionalmente legitimado para hacer tal género de consultas, convocada para el pasado domingo, y regulada, a última hora, por un Decreto Presidencial aprobado la víspera.

Después de la salida del país del Presidente depuesto, ha insistido en las distintas televisiones que le han dado generosa acogida en que la encuesta no era “legalmente vinculante”. Previamente había sido rechazada como ilegal por los otros dos Poderes del Estado.

Y, en la madrugada del domingo, la Corte Suprema de Justicia ordenó la salida del país del Presidente de la República, encomendando a las Fuerzas Armadas la ejecución de la orden dictada por uno de los poderes civiles del Estado.

En mala hora se le ocurrió a la Corte Suprema hacer ejecutar su orden por medio de una de las instituciones del Estado, como son las Fuerzas Armadas. Ahí sí fue noticia Honduras, y lo sigue siendo de primera plana en los medios de comunicación de todo el mundo: el escándalo mundial ha sido la intervención del Ejército, y lo que resulta inad¬misible, y hasta políticamente incorrecto, es aceptar como un hecho cierto que el Ejér¬cito de una nación haya cumplido una orden de uno de los tres poderes civiles del Estado, replegándose seguidamente a sus cuarteles. Posteriormente se ha dado la explica¬ción (que quizá sea cierta) de que, haciendo salir del país al Presidente, se puede salva¬guardar mejor su vida y sus derechos que ingresándole en un centro penitenciario.

No fue noticia, en cambio, el que días antes el jefe del Poder Ejecutivo hubiera ordenado la intervención del Ejército en un actividad que previamente había sido declarada ilegal por el Poder Judicial, y que, destituyera, fuera de las atribuciones que tiene reconoci¬das por la Ley, al Jefe del Estado Mayor Conjunto, por negarse a cumplir aque¬lla orden. Fue noticia muy marginal que, a la mañana siguiente, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declarara la ilegalidad de la destitución y repu¬siera en su cargo al Jefe del Estado Mayor. No fue noticia que, en la televisión hondu¬reña, el Jefe del gobierno acusara al Poder Judicial de haber dado así un Golpe de Estado.

Hay que reconocer que la situación es jurídicamente complicada. Ninguna constitución de las que admiten la independencia entre los tres poderes del estado, y tampoco la hondureña, tienen establecido un procedimiento detallado de cómo hay que sal¬vaguardar el orden constitucional cuando es precisamente uno de los poderes del estado el que se alza tan abiertamente en contra de los otros dos: nadie ha previsto que suceda.

Ahora el pueblo está dividido, como no puede ser menos, aunque en dos partes que no son iguales. No puedo tomar partido por ninguna de las dos, dada mi condición política de residente; pero me haría gravemente cómplice de atentar contra la verdad si ocultara la contradicción radical que experimento entre lo que veo en la calle y lo que me en¬cuentro en algunos medios de comunicación a mi alcance.

Ayer hubo manifestaciones en Tegucigalpa, tanto a favor del nuevo Presidente como a favor de la vuelta del anterior; y todas ellas diciendo que eran en defensa de la Constitución y de la demo¬cracia. Hubo una diferencia: sólo en las de un signo se dieron actos de vandalismo, mientras que las otras transcurrieron pacífica y festivamente. Víc¬timas de ese vanda¬lismo han sido bancos (a última hora de la mañana no se encontraba abierta ayer nin¬guna sucursal bancaria de mi barrio de Tegucigalpa), el hospital psi¬quiátrico (era verda¬deramente patético ver en un noticiario de la televisión, al anochecer de ayer, a una en¬ferma quejándose de que le habían interrumpido por la fuerza el trata¬miento que preci¬saba para su depresión), el servicio de urgencias de otro hospital, y numerosos estable¬cimientos de comida rápida, de franquicia estadounidense.

Al anochecer, lanzaron tres artefactos explosivos, contra la Corte Suprema de Justicia, el Ministerio Público (Fiscalía) y una emisora de radio. Pregúntense quién.
Dos personas que habían intervenido en una de las manifestaciones, me comentaban después, indignadas, que el corresponsal de una televisión extranjera estaba empeñado en hacerles aparecer ante las cámaras como una manifestación del signo contrario.

He tenido que ver, por un canal de televisión extranjero, cómo estaban interrumpidas en Honduras las transmisiones de televisión por cable, sin comprender razonablemente cómo podría estarlo viéndolo yo en mi receptor si fuera cierto. He tenido que oír, por ese mismo canal, que están interrumpidas las comunicaciones por teléfono, y ayer, a las tres de la mañana, recibí una llamada desde Venezuela, para preguntarme si era cierto que aquí habían secuestrado a un obispo católico; pude desmentirlo, pero desmiento también que a aquella hora estuviera cortado mi teléfono. Acabo de recibir (7:44 del 1 de julio) una llamada de Madrid; ayer hice o recibí llamadas de Argentina, Colombia, España, Méjico y Venezuela; me ha funcionado en estos días el fax con Ecuador y Estados Unidos. Y, aunque la televisión extranjera, líder de la comunicación, que se puede ver aquí a todas horas, dice que tenemos cortada la conexión a internet, tengan ustedes la seguridad que no les envío este testimonio de lo que estoy viendo y viviendo por el galeón de las Indias, ni por una paloma mensajera transoceánica.

Por internet oí el domingo (madrugada ya del lunes ahí), en una emisora española de radio, que en Honduras había convocada una huelga general, y, cuando amaneció, no sólo vi que la gente se dirigía a su trabajo con normalidad, sino que los amigos hondureños a los que les pregunté por la pretendida huelga, me dijeron que no tenían la menor idea. En la edición digital de un diario español de amplia difusión se veía una fotografía del relevo de la guardia ante el edificio del Estado Mayor, y en el pie de la foto se leía que era el Ejército patrullando en Tegucigalpa. Y desde que llegué a Honduras, no he visto un solo tanque por las calles.

No solo me tengo que frotar los ojos y los oídos para intentar convencerme de que la verdad es lo que me adoctrinan los medios de comunicación, y que el equivocado soy yo con lo que veo y vivo en este país en el que ya llevo varios meses, sino que com¬prendo perfectamente la información de la que habrán podido disponer las instituciones internacionales que están jugando con el porvenir de Honduras: desde una conferencia de prensa del Presidente depuesto, al llegar a Costa Rica en ropa de dormir, porque no le dejaron los militares que le secuestraron sacar nada de sus ropas, y que, cuando ha llegado a presentarse ante otras cámaras de televisión ya lucía la preciosa corbata con la que estábamos acostumbrados a verle en las grandes ocasiones, a la seguridad que nos ha dado el Presidente de otra República del Caribe (que no tiene fronteras terrestres con Honduras) de que va a venir personalmente a derrocar al actual Presidente de la Repú¬blica; desde las instituciones que, en Nueva York o Washington han decretado un blo¬queo internacional que deja chico al de la Cuba castrista, a la noticia, recientemente desmentida por el actual Gobierno de la República, de que en Honduras, con un ejército formado por profesionales voluntarios, se está reclutando por la fuerza a menores de edad para llevarles a luchar a la frontera con Nicaragua. Y todo ello, para venir a suplantar la soberanía de la Nación y su orden constitucional por una o varias intervenciones o intromisiones extranjeras. Pero eso sí, en nombre de la democracia: de una democracia parcial, que no reconoce como igualmente elegidos por el pueblo a los que lo han sido en la misma fecha, según lo hayan sido para el Ejecutivo, o para un Legislativo re¬ducido a un mero adorno. Y si luego ejercitan bien o mal sus funciones, en esta democracia impuesta desde fuera no importa. Y si hay algún medio establecido para corregir los posibles desvíos, o incluso abusos incurridos en el ejercicio del poder, no se aplican si se trata del que ha sido elegido para el poder más privilegiado del estado; mientras que los de los otros dos poderes civiles son golpistas.

Gracias a la información que se está difundiendo de lejos, no me han faltado amigos que me han ofrecido enviarme el billete para salir del país; gracias a lo que estoy viviendo de cerca, he podido agradecérselo, y decidir quedarme en mi puesto.

No pretendo que me crean: sólo les desafío a que vengan a comprobar, sobre el terreno, si les miento. Pero, por favor, antes de venir, descárguense de Internet, por lo menos, la Constitución de la República de Honduras, no vaya a ser verdad, cuando estén ya aquí ustedes, que la intervención extranjera que nos están imponiendo a los que estamos en Honduras —tanto a los ciudadanos hondureños como a los extranjeros residentes—, haya conseguido, para entonces, lo que, ya, nos da como un hecho consumado la televisión por cable.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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