Compostela en los relatos de peregrinos y viajeros

Compostela en los relatos de peregrinos y viajeros
Cimborrio de la catedral Manuel Ríos

España es país rico en literatura odepórica, la que narra las observaciones y vicisitudes vividas en un viaje. En función de los intereses y de la sensibilidad del viajero, estos relatos incluyen todo tipo de información. En el caso del Camino de Santiago, estas narraciones son numerosas y resultan curiosas a los ojos del siglo XXI, valiosa contribución que muestra desde la propia experiencia cómo era la peregrinación en los diferentes momentos históricos. Por razones de espacio, me ceñiré a Compostela. Prescindiré de la aportación del «Calixtino», siempre a mano del curioso, especialmente su libro V, el «Liber peregrinationis», en aras de dar cabida a colaboraciones personales varias, contradictorias en ocasiones y siempre limitadas en su número. Y abundando en la misma pretensión, enriquecer estas notas, incluiré también el testimonio de viajeros no peregrinos.

Compostela, ciudad santa de la mano de Santiago, se convierte en puerta a la que llaman seres de toda condición, en objeto de curiosidad, en lugar de expiación de los pecados más abyectos y escondidos, en puerto de esperanza ante el temor al fuego eterno de hordas de sufridos pecadores en busca de consuelo y de perdón cuando reflexionan en torno a la certeza de la muerte y al misterio del más allá. Y algunos peregrinos y viajeros nos legan sus percepciones, sus vivencias, su experiencia.

Urna de Santiago en la cripta / Manuel Ríos

Según el «Calixtino», los romeros se aseaban en el regato de Lavacolla. Hasta aquí, los peregrinos se comportaban de modo semejante a cómo lo hacen las dovelas que integran el arco románico, apretados unas contra otros, empujando. Narra la crónica, sin embargo, que, tras la limpieza, los grupos de peregrinos se estiraban y sus miembros, corriendo a galope tendido, se disputaban ser el primero en alcanzar la cima del monte do Gozo, no solo por divisar Compostela, las torres de la basílica, la meta, sino también porque el ganador se hacía acreedor del título de «rey de la peregrinación», lo que le proporcionaba disfrutar de privilegios en la ciudad, y otros, como el cambiar su nombre por Roy o por Leroy y transmitirlo a sus descendientes. Escribe Guillermo Manier, sastre picardo, en 1726: «Habiéndola descubierto [la catedral], lancé mi sombrero al aire, dando a conocer a mis camaradas, que venían detrás, que veía la torre. Todos, al llegar a mí, confesaron que yo era el rey».

Ya en la ciudad («Compostela» o «San Yago» le dice el soldado polaco Erich Lassota de Steblovo, al servicio de Felipe II, en 1581), encontramos en los relatos visiones muy personales: «… entramos en la sacratísima ciudad de Compostela…», consigna Jerónimo Münzer entre 1494 y 1495. Lassota de Steblovo escribe que «… la ciudad en sí misma es bastante considerable de edificios muy antiguos, casas e iglesias; la industria y comercio no faltan allí, y la vida es barata también». Y la percepción de un viajero también extranjero, anónimo por temor a la Inquisición, que en 1765 estima que «La capital [de Galicia] es Santiago de Compostela, ciudad famosa por el sepulcro de ese santo apóstol, que es la fuente de la riqueza de ese país por la enorme superstición no solamente de los españoles, sino de todos los otros católicos de Europa, que van allí desde muy lejos a hacer peregrinaciones de devoción, de escándalo y de holgazanería».

El profeta Daniel (Pórtico de la Gloria) / Manuel Ríos

Rosalía pontifica rebosada de sentido de la realidad: « Los hombres pasan tal como pasa / nube de verano. / Y las piedras quedan…, y cuando yo muera, / tú, catedral, / tú, parda mole, pesada y triste, / cuando yo no sea, tú aún serás». Resulta evidente que Münzer no bebió en la fuente correcta cuando escribe: «El templo fue construido por Carlomagno, rey de los francos y emperador de Alemania, que lo costeó con los expolios y el botín que tomó a los sarracenos…». En cambio, es preciso al narrar que «Hay en la iglesia cuarenta y cinco canónigos: siete de ellos creados por el pontífice […]; llámanse cardenales de Santiago y son los únicos del capítulo a quienes se permite decir misa en el altar mayor. Del mismo privilegio gozan el arzobispo y los obispos, pero no se concede a ningún otro sacerdote. El estipendio de los canónigos es de setenta ducados, salvo alguna excepción». Y Lassota de Steblovo: «En primer lugar, la iglesia de Santiago es un hermoso, magnifico y suntuoso edificio, con admirables columnas, rejas, capillas y altares; tiene dos bóvedas o iglesias, una encima de otra, y arriba, en el interior, una galería, por la cual se puede dar la vuelta a toda la iglesia». Erich es minucioso y detallista en la escritura de su diario; respecto del altar mayor, destaca que «En este altar no pueden celebrar sus misas sacerdotes u obispos, sino solo los cardenales, y por esta razón el cabildo siempre se compone de siete cardenales y de un arzobispo». Y también se refiere al coro: «Enfrente del altar mayor hay un coro, con una hermosa verja alrededor; la última columna a la izquierda de la verja es bronce, y dentro hueca, donde el cayado de Santiago, armado de un largo y puntiagudo hierro, está metido; los peregrinos cuidan bien de asirlo por debajo». El noble Jacobo Sobieski, polaco que recorre Europa como complemento a su formación, alcanza Compostela en 1611 y destaca que «Este arzobispado es muy rico, y tiene numeroso clero. Los canónigos se visten como cardenales, de color encarnado, y son en número de siete».

Münzer admira el Botafumeiro: «Hubo una maravillosa celebración con procesión, se lanzó al aire el Botafumeiro en el crucero…», y recoge esta curiosa observación respecto de las donaciones: «Presenciamos dos entierros [en una capilla de la catedral]: delante del féretro llevaban un pellejo de vino, dos sacos llenos de pan, dos cuartos delanteros de buey y dos carneros, que son los derechos del párroco, mediante cuyo pago va, sin duda, mejor despachado el difunto; que es lo cierto que aun cuando los clérigos ponen suma diligencia en el coro, así como en los demás oficios de su ministerio, no dejan por ello de poner otra tanta en la ganancia».

La mujer adúltera (fachada sur de la catedral) / Manuel Ríos

Lassota de Steblovo se refiere a la Compostela: Tras la confesión y comunión, «… entregan a cada uno una carta o pasaporte impreso en pergamino, con insignias atadas del cardenal superior, por la cual se pagan dos reales; añaden también una pequeña papeleta de confesión, por la cual se paga un cuarto».

La confesión de Nicola Albani, realizada en la santa catedral entre 1743 y 1745, dura cuatro horas y veinte minutos, y escribe el peregrino que, tras ella, «Se me iluminaron el corazón y la mente y me sentí como si hubiese entrado en el cielo, de modo que las piernas y el cuerpo entero me temblaban…».

¿Y las reliquias, tan apreciadas en aquellos siglos? El barón checo Leo de Rosmithal conoce Compostela entre 1465 y 1467 y narra así su experiencia, dura experiencia en conjunto: «Ofreciéronnos enseguida un asiento en una capilla pequeña y allí nos enseñaron la cabeza de Santiago el Menor, un trozo de la Santa Cruz y de la corona de espinas, y otras muchas reliquias notabilísimas». Pocos años después, en 1484, Nicolás de Popielovo consigna que «se me enseñó la cabeza de Santiago el Menor, así como de otros santos y algunos restos de Santiago el Mayor, cuyo túmulo existe en la misma iglesia. He tocado también con mi propia mano el hierro del bastón que le sirvió en sus viajes, y que tendrá un palmo de largo». Casi un siglo más tarde, Erich Lassotta de Steblovo recoge que «Las reliquias se guardan en la sacristía, en un hermoso y grande armario, enseñándolas cada día a dos peregrinos». Y tras relacionar unas cuantas, sintetiza:«… y otras muchas que resulta imposible enumerar».

Estoy seguro de que, a lo largo del tiempo, millones de seres humanos nos hemos formulado una pregunta recurrente: ¿Reposa Santiago en Compostela? Y nuestros cronistas, también. Münzer echa mano de la fe: «Se cree que él está enterrado con dos de sus discípulos bajo el altar mayor, uno a su derecha y otro a su izquierda. Nadie ha visto sus restos, ni siquiera el rey de Castilla cuando en el año del Señor de 1487 estuvo allí de visita. Solamente lo creemos por la fe, que es la que nos salva a los míseros mortales». Otros llegan al soborno, como es el caso del renano Arnold von Harff, que escribe entre 1496-98: «Por medio de muchas propinas he intentado conseguir que me enseñasen el santo cuerpo. Me contestaron que aquel que no está completamente convencido de que el santo cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor se encuentra en el altar mayor y que desconfía de ello y después se le enseña el cuerpo, en el instante se vuelve loco como un perro rabioso». No falta quien lo niegue de modo taxativo, caso del médico inglés y excartujo Andrew Boorde, que vista Compostela en 1532 y escribe: «Yo estuve en Compostela, como estuve en muchos lugares de este mundo para conocer la verdad de muchas cosas, y te aseguro que en Compostela de España no está ni un cabello ni un hueso de Santiago; solamente, según se dice, su bordón y la cadena con la que estuvo atado en la prisión, y la hoz o el hacha, que está colocada en medio del altar mayor y que, como se dice, segó o cortó la cabeza de Santiago el Mayor, por cuya razón se produjo el traslado al citado lugar». Las dudas alcanzan a personas de toda condición. Unamuno y Sánchez-Albornoz también se lo plantearon. Escribe don Miguel en 1912 que «Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia, donde en los siglos de más ingenua y más sencilla fe cristiana se creía estaba el cuerpo del apóstol Santiago…»; y finaliza el relato: «Porque un hombre moderno, de espíritu crítico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor esté en Compostela. ¿Qué cuerpo es, pues, el que allí se venera y cómo y por qué se inició ese culto?». Y él mismo se responde en otro artículo del mismo año: «Y de Prisciliano puede decirse que aun no ha muerto, y quién sabe si su sepultura, disfrazada por la ortodoxia, no sigue siendo lugar de atracción de peregrinos». Don Claudio Sánchez-Albornoz sostiene lo que todos suscribimos: « … las peregrinaciones a Compostela sirvieron de maravilloso vínculo de enlace de España con Europa»; también: «La polémica que Santiago suscita todavía constituye por ello una muestra imborrable de que sigue viviendo entre los españoles…»; y afirmaciones para la reflexión, como cuando establece que «… la realidad histórica indestructible es que Santiago fue hechura de España y no España obra de Santiago», o cuando saca a Prisciliano a la palestra: «¿Santiago?, ¿Prisciliano? Cabe dudar de que cualquiera de ellos esté enterrado en la cripta de la catedral de Compostela. Porque nada garantiza que el ‘Hijo del Trueno’ predicara en España ni que su cuerpo fuese transportado por mar hacia la bellísima tierra de Galicia; y nada tampoco que el gran heresiarca -si a la postre lo fue el fugaz obispo de Ávila- fuera llevado a sepultar en el ‘Campo de la Estrella’. La leyenda que acredita el supuesto primero es casi ocho siglos posterior a la muerte del Apóstol. Y tiene un tufillo anticlerical, muy siglo XIX, la suposición de que procedan del hereje las santas reliquias veneradas en Santiago».

Para Valle-Inclán, que tan bien conoció la ciudad, «… la oración de mil años renace en el tañido de sus cien campanas». No es el único al que cautivan. Lassotta de Steblovo narra haber visto en una de las torres de la catedral «… dos campanas grandes […] partidas, porque, se dice, al tocarlas se asustaban muchas mujeres embarazadas por el sonido inaudito, y hacían mal parto o abortaban».

El viejo Hospital Real seduce a todo ser humano mínimamente sensible, no solo como obra artística, sino también por el impagable servicio que prestó a miles y miles de peregrinos. Leemos en el relato de Lassotta de Steblovo: «Cerca de la iglesia hay un magnífico y rico hospital en que los peregrinos, pagando o sin pagar, están cuidados según su clase y calidad». Sebald Örtel, de Nuremberg, visita la ciudad en 1521-22 y escribe: «… y di a los pobres del hospital un ducado, y recorrimos todo el hospital: yo nunca vi uno más espléndido». Sobieski se explaya con la institución: «El hospital, fundación de los reyes castellanos D. Fernando y Doña Isabel, merece admiración: es una obra magnífica y suntuosa, hecha de piedra, dotada de grandes recursos y fondos, que tiene siempre a su disposición. Tiene propia y muy costosa botica, médicos, cirujanos, y puede, indudablemente, rivalizar con los más primorosos hospitales del Cristianismo». El prelado Christoph Gunzinger lo destaca desde su perspectiva, en 1654: «También el Hospital Real es un inmenso e imponente edificio, con muy artísticas fuentes de las que mana de forma natural una buena y abundante agua. Sobre todo lo demás, la hermosa y gran capilla, que está construida de tal forma que todos los encamados, sean los que sean, pueden oír y ver la santa misa a un tiempo desde todas las salas de enfermos y desde todas las camas, tanto del piso superior como del inferior». Y para finalizar el párrafo, recojo el testimonio de A. Jouvin, de 1672: «… es estimado el más grande, el de mejor renta y el mejor construido de toda España».

Históricamente, el Hospital Real acapara todas las miradas, pero no es menos cierto que otras instituciones compostelanas se vuelcan igualmente con el peregrino. Manier se siente desbordado por la generosidad compostelana : «… comer al convento de San Francisco […], a las once en punto; dan allí buen pan, sopa y carne. A las doce habíamos comido, en segundo lugar, la sopa del convento de los benedictinos de San Martín, donde dan bacalao, carne y excelente pan, lo que es raro en esta provincia. A la una, en Santa Teresa, convento de religiosas, que dan pan y carne. A las dos, en los jesuitas, dan pan. A las cuatro, en el convento de Santo Domingo, fuera de la ciudad, por donde habíamos entrado, dan sopa, que sirve como cena. Después de eso, nos fuimos a acostar al hospital, en buenas camas…».

De Puente la Reina a Santiago
Imagen editada por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter: @boiro10 / Email: depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com

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