Rumbo a Uganda

La dulce mirada de las cebras

La dulce mirada de las cebras
Cebras en Uganda.

Cae la noche y ponen una película sobre una pared del campamento: «Gorilas en la niebla», con Sigourney Wever. Estoy agotado y me quedo dormido antes de terminar, aunque me encanta la idea de que proyecten pelis relacionadas con Uganda. Mañana echan «Las minas del Rey Salomón».

Por fin llega el segundo grupo de expedicionarios a Entebbe. Ya estamos los 150 que componemos Rumbo al Sur 2018, entre expedicionarios, monitores, equipo de organización, equipo audiovisual, equipo de material, cocineras, conductores y prensa.

Mientras se instalan voy con Bécares, el periodista de El Mundo, a buscar a la tercera periodista del equipo: Ana Antón, del periódico El Independiente. Con ella he compartido también varias aventuras en la Ruta Quetzal. De la que nunca me olvidaré fue de la extenuante ascensión a Kuelap en Perú, una ciudadela de los temibles indígenas Chachapoyas, donde llegamos a la cima de los 3.000m de milagro y con las piernas reventadas.

Cuando todos estábamos destrozados y con un aspecto lamentable, Ana aparecía perfecta, limpia y femenina, y nos preguntábamos cómo era posible que lo consiguiese, pero siempre lo hacía. Por eso sus compañeros la llamamos «Timotei», porque por muy dura que fuese la marcha, parecía que se acababa de lavar el pelo. Es divina.

Recogemos el campamento para dirigirnos al sur, a Mbarara, a ver otro proyecto de cooperación para los niños ugandeses.

Antes me despido del lago Victoria bañándome en sus aguas junto a las cariñosas garzas blancas, y el pájaro azul, un avión inmenso que se encuentra incrustado en la playa al lado del campamento. Me cuenta Isaac, un trabajador de la zona, que es un avión derribado hace tiempo.

Montamos en nuestro querido bus de Star Trek, pilotado por Musa Mosheni, un ugandés muy educado y espabilado, y arrancamos sin demora.

En el interior no cabe ni un mosquito. En la parte de delante, donde hay solo ocho asientos, vamos Musa y su copiloto al que llamamos «Mbappé»; los monitores Borja Chávarri, Rocío Ruíz e Irene Hüber, la médico Mar Lombera, el jefe de monitores Pablo Martos, las expedicionarias Irati y Eva, y los periodistas Ana Antón, Bécares y yo. Y todo eso con un calor agobiante, amplificado por un suelo ardiente por la alta temperatura del potente motor.

El viaje es una experiencia en sí misma, como pensaba Kavafis, porque una vida entera surge al borde de la carretera. Mercadillos constantes con comida y bebida, desde cestos llenos de mangos a vacas abiertas por la mitad y acosadas por moscas y marabús. Pero también pueden vender desde relojes o zapatos a gorilas de madera.

El tráfico es caótico. Pasan motos pequeñas por todos lados, monocilíndricas de 125cc, con tres personas o cargadas hasta arriba con pirámides de cosas interminables. Alguna lleva una sombrilla para evitar el sol. También hay muchas bicicletas y motocarros. Los adelantamientos son lo más peligroso. Que se lo digan a Musa.

Los niños pululan incesantemente por las aceras de tierra y las mujeres llevan trajes de colores chillones en constante movimiento por la brisa que, cada vez más débil, nos acompaña.

Comparto asiento delantero triple con Irati Aguirrezabala, una guipuzcoana tímida que estudia electromecánica; Eva Castaño, que tiene una esclerosis profunda y no para de hablarme sobre lo maravilloso que es vivir en Alcudia, Mallorca, y bucear por sus aguas transparentes llenas de animales marinos; y la doctora Mar Lombera, que me hace preguntas sobre mi libro «30 años de aventuras con Miguel de la Quadra-Salcedo», que me llena de ilusión que lo haya leído. Ambos hemos compartido muchas vivencias ruteras.

Veo casas miserables, con techos de hojalata, al lado de chalets casi cuadrados algo más adentro del asfalto. Hay una gran diferencia entre ricos y pobres.
A lo lejos se forma un gran tapón. La policía está parando los carros porque pasa el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, con una larga comitiva de coches negros.

Paramos en un sitio muy especial, en la mitad del mundo. Una escultura circular ubica el meridiano del Ecuador. Cruzamos en un solo paso del norte al sur de la Tierra. Es un momento único para la expedición y los camarógrafos y fotógrafos aprovechan para inmortalizarlo. Me despisto para comprar unos pendientes con dibujos africanos para mis hijas.

Animales salvajes

Llegamos a nuestro primer destino, el Parque Nacional del lago Mburo en plena sabana africana. Es nuestro primer gran contacto con la naturaleza, después del lago Victoria, donde se supone que veremos todo tipo de animales salvajes.

Miramos con inquietud adelante y a los lados buscando ver alguno, pero no los vemos. De repente, divisamos unas cebras y nos da un vuelco el corazón. El bus se inclina hacia la izquierda porque todos nos movemos para observarlas. La sensación de ver tan de cerca esos equinos a rayas blancas y negras, o negras y blancas, es alucinante.

Con el descubrimiento de estos animales libres, que tienen todos dibujos diferentes en sus cuerpos, se abre el melón y empiezan a aparecer manadas de enttees, una especie de bueyes con unos cuernos que parecen de elefantes pero hacia arriba. Diviso un antílope muy especial, el kop, que simboliza el país junto a la grulla coronada en el precioso escudo de la bandera de Uganda.

Vamos internándonos y ya no paramos de ver monos macacos, impalas, gacelas thomson y todo tipo de pájaros. Esto es el paraíso.

El problema es que cae la tarde y ya no nos da tiempo a ir a Mbarara. Telmo decide que montemos el campamento en medio de la sabana. Nada más parar me voy a dar una vuelta con Borja Chávarri, monitor del grupo 5, y descubrimos una manada de cebras y facocheros conviviendo plácidamente cerca de una charca. Nos miran fijamente y nos marcan la distancia de seguridad. Si la sobrepasamos, que lo hacemos, salen corriendo. Pero antes conseguimos unas fotos estupendas.

Ya es de noche y Pablo Martos prepara una marcha nocturna a la luz de la luna. No utilizamos los frontales excepto cuando nos lo pide el equipo de audiovisuales que va filmando desde la furgoneta. Me encanta cuando iluminan con los faros desde atrás y aparecen nuestras sombras alargadas sobre la ladera. Es como la iluminación de las películas del cine expresionista alemán de los años 20.

Pasamos por una pequeña aldea con casas de adobe y todos nos saludan amablemente. Está lleno de cabritas. Es un pueblo de pescadores que realizan su trabajo en el lago Kachera, donde decenas de luciérnagas nos saludan volando a nuestro lado.

Nos avisan del peligro de que haya hipopótamos cerca y Telmo pita retirada. Son unos animales muy territoriales y rápidos, a pesar de su volumen, que atacan en unos segundos y son los que más muertos causan en África, y no quiere ningún riesgo.

A pesar de todo, el equipo audiovisual se acerca con un lugareño que acaba de verlos muy cerca de allí y ven a cuatro hipos enormes a pocos metros. Suben a un termitero y consiguen fotografiar a esos enigmáticos animales. Toda una proeza.
Volvemos al improvisado campamento. Como tenemos que ir en silencio para no asustar a los animales que van cruzando por nuestro camino, es un momento espléndido para analizar lo que estamos haciendo. Llevamos tan solo tres días y parece que ha pasado un mes. Apenas dormimos, vivimos las aventuras con tanta intensidad que los días se hacen eternos.

Pienso en los estilizados kop, en los descomunales cuernos de los enttee, en la agilidad de los monos, y en la dulce mirada de las cebras.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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